25-08-2022, 04:16 PM
Dado que este hilo iba a abrirse antes o después, he decido dar un pasito adelante con la intención de dejar un puñado de reflexiones previas a la conversación que pueda surgir. Podemos usar este hilo como sitio de comentario común de las dos series o no volver a usarlo en absoluto. No obstante, ahora que la Casa del Dragón ha arrancado y a la otra le quedan solo unos días para hacerlo, me apetece pararme a pensar un poco en ellas.
Lo primero que sentí hacia ambas fue rechazo, sobre todo porque parecen hechas solo por ansia de dinero. Ya, ya lo sé. Esto es un negocio y ganar pasta es lo que se busca, pero, cuando Peter Jackson o el equipo que se puso al frente de Juego de Tronos empezaron a trabajar en sus respectivas obras, le pusieron alma y trataron de hacer honor al material que adaptaban, al menos hasta que la cosa se les fue de las manos. Uno sentía que había verdadera pasión por lo que estaban haciendo.
De momento, no veo eso en ninguna de las series que nos ocupan. En su lugar, sí que veo mucha atención al algoritmo, a las cuotas, al mensaje social, a querer cogérsela con papel de fumar para contentar a una minoría ruidosa en redes sociales (que esconde algo más grande detrás). Y, sobre todo, a querer, y cito textualmente, «reinventar» el material de origen, que ninguna maldita necesidad tenía de ser reinventado, en mi opinión.
Dicho lo cual, hablo un poquito de las dos series y dejo de daros la chapa.
La Casa del Dragón
Visto y meditado el primer capítulo, y vuelto a ver, me sigue pareciendo un muy buen arranque de serie, que nada tiene que envidiar a su producto madre en lo que a factura se refiere. El hecho de que tenga menos personajes juega a su favor a la hora de seguirla, pero también limita su vida a largo plazo y da menos margen de maniobra a la cosa folletinesca que es la esencia de la saga. Porque algo que sí he notado en el primer visionado y que se potencia en un segundo es que el capítulo piloto carece de efecto sorpresa. No hay un «las cosas que hago por amor» que te deje con el culo torcido. Todo se ha servido bastante masticado. Sabemos quién pinta para «malo», quién pinta para «buena», que se viene una guerra civil anticipada ya en la introducción, cuando nos dicen que lo único que puede acabar con los Targaryen son los propios Targaryen. Ahora está por ver cómo se desarrolla la historia. Espero que no tarde en abandonar el camino de la previsibilidad.
También se atisba sin mucho esfuerzo que vamos a tener protagonista con conato de relación más o menos lésbica, que todos los hombres blancos y heteros están presentados de forma negativa menos el dorniense (que no es estrictamente blanco y hetero), y que esta va a ser una serie de mujeres en un mundo de hombres. No tengo ningún problema con nada de todo eso, siempre y cuando esté bien llevado. Que nadie sea ni bueno ni malo, sino gris. Que no se me pongan panfletarios. Si de paso se mantienen en un perfil bajo en lo que se refiere a declaraciones de actores activistas, mejor que mejor. Yo vengo aquí a entretenerme, no a que me enciendan la sangre.
Y eso me lleva a hablar de…
Los Anillos de Poder
De las dos, es la que más rechazo me causa de largo por una cuestión de fondo. Lo que he visto es muy bonito y espectacular, pero no me remite a Tolkien en ningún momento. Me remite a la pátina visual de Peter Jackson, que no es lo mismo. Y me huele al fanfic más caro de la historia. No es ya solo que los propios creadores hayan admitido que se van a sacar de la chistera lo que les parezca. Es que algunas cosas que se han mostrado van directamente en contra de la esencia de la obra original en general y de los personajes en particular. Te miro a ti, Galadriel.
Las declaraciones de los actores no están ayudando mucho. Morfydd Clark, que interpreta a la reina elfa que acabo de mencionar, ha admitido en entrevistas que no ha leído nada de Tolkien, pero asume que su obra necesitaba más personajes femeninos y debía ser modernizada. Es decir, sin saber de qué está hablando, se cree legitimada para cambiarla. El comentario destila necedad y arrogancia. Y parece hecho con el fin de calentar al fan de toda la vida para provocar reacciones. No me extrañaría que fuera una estrategia de publicidad.
Viggo Mortensen se leyó los libros a pesar de que fue contratado a última hora para entrar el la trilogía de Jackson, y se preparaba los guiones mientras se empapaba de la obra original. De hecho, cuando preparaba el papel de Alatriste, no solo se leyó todos los libros, sino que se vino de mochilero a España para perderse por los pueblos y encontrar al personaje. Un día, sin venir a cuento, llamó por teléfono a Pérez-Reverte para decirle: «Aturo, Diego es de León». El autor no tuvo huevos de contradecirle, porque en ese momento Mortensen había encontrado a su Alatriste. Es la diferencia entre un profesional que hace su trabajo y una muchacha que recita frases promocionales escritas en agencia.
Pero el premio se lo lleva Sophia Nomvete, que encarna a una princesa enana negra creada para la ocasión, a la que le ha caído y le está cayendo lo que no está escrito por decir lo siguiente:
Para las nuevas generaciones, esta es su versión de Tolkien, esto es lo que verán mis hijas de las obras de Tolkien. Espero que muchas personas vean esta fantasía y puedan relacionarse con ella. Esto es un reflejo del mundo en el que vivimos, hay muchos y somos diferentes y aceptaremos y descubriremos, nos despegaremos, aprenderemos, educaremos y seremos educados.
Resalto estas dos últimas palabras porque, como espectador, lo último que quiero es que alguien pretenda «educarme». Ya me educo yo solo desde que, en primero de EGB, en mi primera clase de Religión, el padre Virgilio, insigne dominico, me calzó una hostia nada más preguntar por qué debíamos aprender solo el mito de Adán y Eva como origen de la creación, cuando él mismo acababa de decir que no teníamos que tomarlo en serio porque solo era «una forma de contarlo». Me quedó muy claro. «Haz lo que yo digo, no lo que yo hago».
Mientras escribo, me doy cuenta de que mi desprecio hacia todo tipo de adoctrinamiento viene de mi experiencia directa, de mi infancia, de saber que siempre va a haber alguien intentando llevarnos al redil que toque en ese momento, con tal de medrar al precio que sea. Y odio encontrarme eso en la industria del entretenimiento, porque debería ser una válvula de escape.
Todo el recelo que me produce esta serie viene de ahí. Puede que como pasarratos acabe mereciendo la pena, pero, hasta ahora, todo parece indicar que ni siquiera va a intentar ser una adaptación. Eso, sumado a que la campaña promocional ha estado más centrada en recalcar la inclusión que en mostrar aspectos atractivos de la ficción en sí, me predispone en contra. La voy a ver por puro morbo. Igual hasta me gusta, aunque me molesta que me fuerce a hacer un ejercicio de disociación entre lo que el título promete y lo que el contenido parece capaz de ofrecer.
Y ya está. Me he quedado a gusto. De momento lo dejo aquí. Pido perdón por la chapa y que gane la mejor.
Lo primero que sentí hacia ambas fue rechazo, sobre todo porque parecen hechas solo por ansia de dinero. Ya, ya lo sé. Esto es un negocio y ganar pasta es lo que se busca, pero, cuando Peter Jackson o el equipo que se puso al frente de Juego de Tronos empezaron a trabajar en sus respectivas obras, le pusieron alma y trataron de hacer honor al material que adaptaban, al menos hasta que la cosa se les fue de las manos. Uno sentía que había verdadera pasión por lo que estaban haciendo.
De momento, no veo eso en ninguna de las series que nos ocupan. En su lugar, sí que veo mucha atención al algoritmo, a las cuotas, al mensaje social, a querer cogérsela con papel de fumar para contentar a una minoría ruidosa en redes sociales (que esconde algo más grande detrás). Y, sobre todo, a querer, y cito textualmente, «reinventar» el material de origen, que ninguna maldita necesidad tenía de ser reinventado, en mi opinión.
Dicho lo cual, hablo un poquito de las dos series y dejo de daros la chapa.
La Casa del Dragón
Visto y meditado el primer capítulo, y vuelto a ver, me sigue pareciendo un muy buen arranque de serie, que nada tiene que envidiar a su producto madre en lo que a factura se refiere. El hecho de que tenga menos personajes juega a su favor a la hora de seguirla, pero también limita su vida a largo plazo y da menos margen de maniobra a la cosa folletinesca que es la esencia de la saga. Porque algo que sí he notado en el primer visionado y que se potencia en un segundo es que el capítulo piloto carece de efecto sorpresa. No hay un «las cosas que hago por amor» que te deje con el culo torcido. Todo se ha servido bastante masticado. Sabemos quién pinta para «malo», quién pinta para «buena», que se viene una guerra civil anticipada ya en la introducción, cuando nos dicen que lo único que puede acabar con los Targaryen son los propios Targaryen. Ahora está por ver cómo se desarrolla la historia. Espero que no tarde en abandonar el camino de la previsibilidad.
También se atisba sin mucho esfuerzo que vamos a tener protagonista con conato de relación más o menos lésbica, que todos los hombres blancos y heteros están presentados de forma negativa menos el dorniense (que no es estrictamente blanco y hetero), y que esta va a ser una serie de mujeres en un mundo de hombres. No tengo ningún problema con nada de todo eso, siempre y cuando esté bien llevado. Que nadie sea ni bueno ni malo, sino gris. Que no se me pongan panfletarios. Si de paso se mantienen en un perfil bajo en lo que se refiere a declaraciones de actores activistas, mejor que mejor. Yo vengo aquí a entretenerme, no a que me enciendan la sangre.
Y eso me lleva a hablar de…
Los Anillos de Poder
De las dos, es la que más rechazo me causa de largo por una cuestión de fondo. Lo que he visto es muy bonito y espectacular, pero no me remite a Tolkien en ningún momento. Me remite a la pátina visual de Peter Jackson, que no es lo mismo. Y me huele al fanfic más caro de la historia. No es ya solo que los propios creadores hayan admitido que se van a sacar de la chistera lo que les parezca. Es que algunas cosas que se han mostrado van directamente en contra de la esencia de la obra original en general y de los personajes en particular. Te miro a ti, Galadriel.
Las declaraciones de los actores no están ayudando mucho. Morfydd Clark, que interpreta a la reina elfa que acabo de mencionar, ha admitido en entrevistas que no ha leído nada de Tolkien, pero asume que su obra necesitaba más personajes femeninos y debía ser modernizada. Es decir, sin saber de qué está hablando, se cree legitimada para cambiarla. El comentario destila necedad y arrogancia. Y parece hecho con el fin de calentar al fan de toda la vida para provocar reacciones. No me extrañaría que fuera una estrategia de publicidad.
Viggo Mortensen se leyó los libros a pesar de que fue contratado a última hora para entrar el la trilogía de Jackson, y se preparaba los guiones mientras se empapaba de la obra original. De hecho, cuando preparaba el papel de Alatriste, no solo se leyó todos los libros, sino que se vino de mochilero a España para perderse por los pueblos y encontrar al personaje. Un día, sin venir a cuento, llamó por teléfono a Pérez-Reverte para decirle: «Aturo, Diego es de León». El autor no tuvo huevos de contradecirle, porque en ese momento Mortensen había encontrado a su Alatriste. Es la diferencia entre un profesional que hace su trabajo y una muchacha que recita frases promocionales escritas en agencia.
Pero el premio se lo lleva Sophia Nomvete, que encarna a una princesa enana negra creada para la ocasión, a la que le ha caído y le está cayendo lo que no está escrito por decir lo siguiente:
Para las nuevas generaciones, esta es su versión de Tolkien, esto es lo que verán mis hijas de las obras de Tolkien. Espero que muchas personas vean esta fantasía y puedan relacionarse con ella. Esto es un reflejo del mundo en el que vivimos, hay muchos y somos diferentes y aceptaremos y descubriremos, nos despegaremos, aprenderemos, educaremos y seremos educados.
Resalto estas dos últimas palabras porque, como espectador, lo último que quiero es que alguien pretenda «educarme». Ya me educo yo solo desde que, en primero de EGB, en mi primera clase de Religión, el padre Virgilio, insigne dominico, me calzó una hostia nada más preguntar por qué debíamos aprender solo el mito de Adán y Eva como origen de la creación, cuando él mismo acababa de decir que no teníamos que tomarlo en serio porque solo era «una forma de contarlo». Me quedó muy claro. «Haz lo que yo digo, no lo que yo hago».
Mientras escribo, me doy cuenta de que mi desprecio hacia todo tipo de adoctrinamiento viene de mi experiencia directa, de mi infancia, de saber que siempre va a haber alguien intentando llevarnos al redil que toque en ese momento, con tal de medrar al precio que sea. Y odio encontrarme eso en la industria del entretenimiento, porque debería ser una válvula de escape.
Todo el recelo que me produce esta serie viene de ahí. Puede que como pasarratos acabe mereciendo la pena, pero, hasta ahora, todo parece indicar que ni siquiera va a intentar ser una adaptación. Eso, sumado a que la campaña promocional ha estado más centrada en recalcar la inclusión que en mostrar aspectos atractivos de la ficción en sí, me predispone en contra. La voy a ver por puro morbo. Igual hasta me gusta, aunque me molesta que me fuerce a hacer un ejercicio de disociación entre lo que el título promete y lo que el contenido parece capaz de ofrecer.
Y ya está. Me he quedado a gusto. De momento lo dejo aquí. Pido perdón por la chapa y que gane la mejor.
Soy una puta, pero una puta muy cara.


