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The Politics and the Life
#21
Yo desde el primer visionado de "Agachate maldito" sentí que Leona había plasmado a la perfección mi propia visión de la política y la condición humana.

  El ser humano es egoísta por naturaleza y por su propia naturaleza cuando llega a una posición de poder se corrompe y acaba ejerciendo la misma tirania y crueldad que combatía cuando lideraba o formaba parte de una revolución. 

  Leone lo sabía, se atrevió a decirlo en una película y por eso mismo a esa película le cayeron palos por todas partes, porque en la política el dogma principal es "O estás conmigo o estás contra mí". "Agachate maldito" no se casa con nadie, reparte para los dos lados y por eso los dos lados la odiaron.

   Lo mismo que le pasa a Pérez Reverte cuando habla de la guerra civil, lo mismo que le pasó a Spielberg cuando habló del conflicto palestino en "Munich"....porque la gente no quiere grises, quieren el blanco y negro, el discurso de "los buenos contra los malos", en los que ellos por supuestos representan a "los buenos".
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#22
Es extraño Peckinpah que junto a la escena del diálogo de "Agachate maldito", no hayas incluido esta otra de otro maravilloso gran film, igual de lúcido y amargo.


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#23
IV. Sociedades secretas y teorías de la conspiración

A veces los astros se alinean.

Escribía la siguiente entrada de esta serie que tenía marcada en mi escandallo cuando lo de Argentina y el mundial empezó a ponerse tróspido. Que si partido robado. Que si conspiración con el FBI de por medio para robarle el mundial a Messi. Que si recogida de firmas y manifestaciones para repetir la final, por la actuación «polémica y corrupta» del árbitro.

El caso es que el suceso me hizo replantearme esta parada del viaje. La pregunta no dejaba de darme vueltas en la puta cabeza: ¿Por qué los seres humanos preferimos una mala explicación sencilla antes que una buena explicación compleja?

Vivimos tiempos extraños. Hoy basta con abrir YouTube para descubrir que los Illuminati gobiernan el mundo, que la masonería provocó la Revolución Francesa, que el Club Fuego Infernal celebraba misas satánicas o que existe una conspiración judía internacional para dominar el planeta, mientras las estrellas de Hollywood se meten adrenocromo, extraído de la sangre de bebés sacrificados, para estar siempre bellos.

¿Hay un ápice de verdad en algo de todo eso?

Sí.

¿Es cierto el relato?

Casi nunca.

Así que, en lugar de limitarme a nombrar unas cuantas sociedades secretas, en esta entrada voy a desgranar algunas de las teorías de la conspiración más populares de la actualidad. La idea es que se vea el patrón. Porque, sí, es común para todos los casos. Y eso dice algo de cómo funcionan nuestros cerebros.



Vamos a seguir el mismo método en todos los ejemplos.

Primero veremos el relato.

Después, los datos.

Y es que, por mucho que  a algunos les joda, tanto en política como en historia, dato mata relato.

La conspiración jesuítica

Mediados del siglo XVIII. Una misteriosa organización gobierna Europa. Sus miembros se infiltran en las cortes europeas, manipulan la conciencia de los reyes desde el confesionario, controlan la educación de las élites, conspiran contra los gobiernos y obedecen ciegamente un Papa Negro que mueve los hilos del mundo desde las sombras. Allí donde hay una crisis política, una guerra o una revolución, aparece la sospecha de que este terrible grupo está detrás.

Fundada en 1540 por Ignacio de Loyola, la Compañía de Jesús es una orden religiosa muy distinta de las medievales. No son monjes encerrados en monasterios. Son intelectuales, profesores, misioneros, confesores, diplomáticos y científicos. Su gran arma es la educación. En menos de dos siglos construyen cientos de colegios repartidos por Europa, América y Asia. Muchos hijos de la aristocracia estudian con ellos. Eso les da una influencia enorme. Y una cantidad todavía mayor de enemigos. Protestantes —los consideran la punta de lanza de la Contrarreforma—, jansenistas —los acusan de laxitud moral , ilustrados —los ven como enemigos del pensamiento libre— y las más peligrosas de todas: las monarquías absolutas.

Estas últimas empiezan a molestarse porque los jesuitas obedecen al papa antes que al rey. Y se produce un cortocircuito mental. «Espera un momento. ¿Cómo puede existir dentro de mi reino una organización influyente, cuyos miembros obedecen a un superior extranjero?». Eso, para un rey ilustrado, era casi intolerable.

Portugal. 1758. José I sufre un atentado del que sale con apenas unas heridas leves. Su primer ministro, Sebastião José de Carvalho e Mello (marqués de Pombal), aprovecha el contexto para acusar a destacados nobles y relacionar indirectamente a algunos jesuitas con la conspiración. Hoy los historiadores no consideran demostrado que la Compañía de Jesús organizara el atentado. Pero políticamente fue un regalo. Pombal expulsa a todos los jesuitas de Portugal en 1759. Confisca sus bienes. Destruye su prestigio. Y publica una enorme campaña propagandística.

España hace exactamente lo mismo. En 1766 sucede el Motín de Esquilache. La población protesta. Hay disturbios. ¿Quién tiene la culpa? Carlos III acaba aceptando la idea de que los jesuitas han agitado el motín. ¿Existen pruebas sólidas? No. La mayoría de los historiadores actuales consideran que el motín tuvo causas sociales, económicas y políticas mucho más complejas. Pero el resultado fue espectacular. En 1767 Carlos III expulsa a unos 6.000 jesuitas de todos los territorios españoles. Literalmente de la noche a la mañana. Uno de los mayores destierros colectivos de la historia española.

Francia tampoco tarda. Los jesuitas ya estaban siendo atacados por los philosophes ilustrados. A eso se añade un escándalo financiero protagonizado por el jesuita Antoine de Lavalette en las Antillas, cuyas deudas acaban afectando a la orden. Resultado: expulsión.

El papa Celemente XIV termina cediendo. En 1773 suprime oficialmente la Compañía de Jesús. No porque creyera necesariamente en todas las acusaciones, sino porque la presión diplomática era enorme. Es decir... Europa consigue que la propia cabeza de la Iglesia cierre la orden más poderosa del catolicismo. Narrativamente, esto es oro para los siglos posteriores. Porque desde fuera parece una confesión de culpabilidad. «Si el Papa los ha cerrado... algo habrán hecho».

Empiezan a circular libros donde se les atribuye absolutamente todo. Magnicidios. Revoluciones. Manipulación de reyes. Control de la educación. Gobierno del Vaticano. La organización muere. El «mito jesuita» se convierte en inmortal.

Las conspiraciones más exitosas no inventan enemigos de la nada. Escogen enemigos reales. Influyentes. Discretos. Difíciles de comprender desde fuera.

La conspiración satánica

Seguro que ya lo has oído. Existe una aristocracia que adora al Diablo desde hace siglos. Celebran orgías. Practican sacrificios de animales y humanos. Controlan la política de los países más fuertes de Occidente. Aleister Crowley, Anton Szandor La Vey, Hollywood, Epstein, Puff Daddy, las élites modernas...

Ahora veamos de dónde sale todo esto.

Durante el siglo XVIII proliferan toda clase de clubes científicos, sociedades filosóficas, academias privadas, asociaciones literarias, órdenes más o menos caballerescas y… clubes libertinos. No todas estas organizaciones tienen relación entre sí. Pero comparten algo: se reúnen al margen de las instituciones tradicionales. Antes de 1700, si alguien quería entrar en sociedad tenía que participar en uno de estos espacios: la corte, la Iglesia, el Ejército, los gremios y las universidades. Ya está. No había nada más. La suma formaba un aparato político y social sólido bastante inmutable.

Surgen los Hellfire Club. Sí, he dicho «los», porque no hubo un solo Club Fuego Infernal, sino varios; primero en Inglaterra, después en Irlanda y de ahí a los X-Men y a Stranger Things. Además, tienen una serie de características que van a llegar para quedarse: entrada restringida, rituales de ingreso, sensación de pertenecer a una élite, libertad para discutir ideas prohibidas y un fuerte componente social —de Alta Sociedad—.

El primer Hellfire Club lo funda en Londres sir Philip Wharton, duque a la sazón, en 1719. Su propósito es satírico y provocador. Se burla de las sociedades religiosas y morales de la época, y sus reuniones mezclan bebida, teatro, parodia religiosa y toneladas de irreverencia. La fama de «diabólico» viene sobre todo del nombre y del gusto por escandalizar. Curiosamente, Wharton también está relacionado con la masonería, lo que ayuda a alimentar la fórmula masones + libertinos + sociedades secretas + satanismo que aparecen una y otra vez en la narrativa conspirativa.

No obstante, el de Wharton no es el Hellfire Club más famoso de la teoría de la conspiración. Ese privilegio lo tiene el fundado por sir Francis Dashwood en Medmenham Abbey allá por 1750. Entre sus miembros hay parlamentarios, nobles e incluso figuras cercanas al poder. Piensan que la Iglesia Católica ya no es la referencia absoluta, en parte porque son anglos, y a ellos el cristianismo se la bufa, así que no consideran sagrada la tradición católica y van a transgredirla tanto como puedan. Tan es así, que su sede más conocida es un monasterio cisterciense abandonado, el cual da acceso a las famosas Hellfire Caves. El escenario constituye toda una declaración de intenciones.

Imagina a un grupo de nobles ilustrados pensando: «¿Oye, Archibald, y si montamos una sociedad secreta, nos vestimos de monjes, bebemos hasta perder el apellido y follamos como putos babuinos mientras escandalizamos a toda Inglaterra?». El tema era ese.

Durante sus años en la Pérfida Albión (1757-1775), Benjamin Franklin traba amistad con Dashwood. Las fuentes históricas indican que estuvo presente en algunas reuniones hacia 1758. El problema es que los registros del club fueron destruidos en 1774, así que gran parte de la lista de miembros es reconstrucción histórica y especulación. Y, siendo Franklin quien era, tampoco extraña que se pasase por allí. Científico, impresor, diplomático, masón, provocador consumado y dueño de un sentido del humor bastante gamberro, el tío no sabía parar. Se sabe que, mientras experimentaba con cometas durante tormentas eléctricas, escribió una carta aconsejando a un amigo que tuviera amantes mayores, porque eran más discretas, más agradecidas y le ponían mucho más entusiasmo a la cópula. Eso para que veas cómo iba el percal.

—¿Qué ha hecho hoy, señor Franklin?
—Bueno… He demostrado que la electricidad y el rayo están relacionados.
—Oh, notable. Muy notable. ¿Y algo más?
—Pues, ya que lo menciona, he cenado con unos aristócratas disfrazados de monjes en una abadía. Hemos comido, bebido y jodido con furcias hasta caer inconscientes. Ellas y nosotros.
—Entiendo.

El Hellfire Club utilizaba iconografía demoníaca más como una broma blasfema que como una religión alternativa. Su lema era: Fais ce que tu voudras.

«Haz lo que quieras».

La frase procede de Gargantúa y Pantagruel, no de ninguna tradición satánica. Y siglos después Aleister Crowley la va a retomar para su orden hermética de la Aurora Dorada, fuente de la que mana casi todo el satanismo moderno.

Un reciclado de otro reciclado, vaya.

¿Eran satanistas los miembros del Hellfire Club?

Probablemente no.

Nuestro concepto de satanismo todavía no había nacido. En el siglo XVIII, llamar a alguien «adorador del Diablo» muchas veces equivalía a decir: «Ese individuo se ríe de la religión y vive entregado al placer». El marqués de Sade era un follaraz de la pradera, un libertino, un tío bastante cabrón que estaba regular de la cabeza. Pero no adoraba a R’Lyeh ni degollaba vírgenes delante de un altar consagrado al Maligno. No sé si me explico.

El uso de iconografía demoníaca funcionaba más como una broma blasfema que como forma de fundar una religión alternativa.



La conspiración Illuminati

Esto lo sabe hasta el más tonto. Los Illuminati crean la Revolución Francesa. Infiltran la masonería. Nunca desaparecen. Siguen gobernando el mundo. George Washington. El dólar. El ojo. La pirámide. Todo forma parte del mismo plan.

Solo que la cosa no fue tan así.

Tras la Revolución francesa, Augustin Barruel y John Robison escriben un par de libros muy influyentes. Memorias para servir a la historia del jacobinismo (1797-1798) y Proofs of a Conspiracy against all the Religions and Governments of Europe (1797).

El primero era un jesuita francés. Sostenía que la Revolución no había sido un accidente histórico, sino la culminación de un plan trazado durante décadas con precisión militar. Según su relato, los filósofos ilustrados —Voltaire, Diderot, Rousseau— destruyen la religión y la autoridad moral. La masonería difunde esas ideas mediante una red internacional. Los Illuminati de Baviera aprovechan esa infraestructura para dirigir la revolución política. Para él la Revolución es una conspiración contra el cristianismo y la monarquía.

El segundo era un científico escocés, profesor de filosofía natural y exmasón reconocido. Su argumento se parece mucho al de Barruel, aunque con una diferencia importante. Robison no culpa a toda la masonería. Sostiene que los Illuminati habían infiltrado muchas logias masónicas europeas y las utilizaban para extender sus objetivos revolucionarios.

Pero ¿quiénes eran los Illuminati?

1 de mayo de 1776, Ingolstadt (Alemania). Adam Weishaupt, profesor de Derecho Canónico, funda los Iluminados de Baviera. Al principio ni siquiera se llaman «Iluminados», sino «Perfectibilistas», porque su objetivo es el perfeccionamiento moral e intelectual del individuo. Weishaupt es un hombre muy influido por la Ilustración. Se opone al monopolio intelectual que, a su juicio, ejercen la Iglesia y el absolutismo bávaro. Pretende formar una élite ilustrada capaz de reformar la sociedad desde dentro y defiende ideales típicos de la Ilustración: libertad de pensamiento, educación racional, lucha contra la superstición, crítica al absolutismo, limitación de la influencia política de la Iglesia, formación de una élite moral capaz de transformar la sociedad.

Como ha sido educado por jesuitas —¡Jesuitás, ajá!—, su sociedad tiene una estructura casi idéntica. Está dividida en grados: novicio, minerval, minerval Iluminado, grados superiores… Todo ese rollo masónico y esotérico que tan dura se la pone a un nazi, ya sabes. Cada miembro conoce solo a su superior inmediato. Se utilizan nombres en clave —Weishaupt era Espartaco: inserte su chiste aquí—, claves cifradas e informes periódicos sobre la conducta de los miembros. Este aspecto anticipa una forma de organización revolucionaria que encontramos en algunos partidos revolucionarios del siglo XIX.

Y, para liar más la madeja de la conspiración, el tío ingresa en una logia en 1777. Cuando comprende que la masonería ofrece una magnífica red de reclutamiento, no pretende destruirla, sino utilizar muchas de sus logias para extender su propia orden. Gracias a ello, el crecimiento es rapidísimo durante pocos años.

¿Cuánto crecieron?

Alcanzaron entre 1.500 y 2.000 miembros, una cifra muy considerable para una sociedad clandestina del siglo XVIII. Se ha estimado que SPECTRE, la organización ficticia creada por Ian Fleming, podría tener entre 600 y 2.500 miembros, sumando el núcleo dirigente (10 / 20 personas), los mandos intermedios (50 / 200 jefes), los operativos permanentes (500 / 2.000 espías, asesinos, saboteadores, etc.) y los colaboradores ocasionales (mafias locales, contrabandistas, funcionarios corruptos, banqueros…). Vamos, que nada mal.

Entre los Iluminados hubo funcionarios, nobles, profesores y algunos intelectuales destacados, si bien la pertenencia de ciertos nombres famosos —como Mozart— sigue siendo discutida. Goethe, autor de Fausto, sí aparece citado con bastante frecuencia entre los vinculados a la orden, por cierto. Goete era un Iluminati, tú. Flipa.

¿Por qué desaparecieron?

Entre 1784 y 1785, el Gobierno de Baviera prohibió todas las sociedades secretas. Se incautó abundante documentación. Weishaupt fue expulsado. La organización dejó de existir pocos años después. Y aquí empieza el verdadero fenómeno histórico. El origen del mito de la conspiración mundial. Pese a que no existe evidencia sólida de que unos supuestos Iluminados dirigieran la Revolución Francesa, o de que la masonería europea estuviese controlada por una entidad superior iluminada y todopoderosa.

La Revolución tuvo causas bien documentadas de las que hablé el otro día —crisis financiera, tensiones sociales, malas cosechas, conflictos políticos, difusión de ideas ilustradas y errores de la monarquía— que no requieren una dirección secreta única para hacerla estallar o para explicarla. Aun así, la idea de que los Iluminados de Baviera no habían desaparecido tuvo una influencia acojonante durante todo el siglo XIX y pasó a autores como Vicente de la Fuente, que la asumieron en gran medida como explicación histórica. Luego llegó a los fascismos del siglo XX. Y ahora la tenemos en internet y en algunos partidos políticos de nuevo cuño, que vuelven a usar historias rancias para repetir viejos esquemas de creación de enemigos.

Franco. Hitler. Mussolini. Pillan mucho de aquí.

No digo que Barruel y Robison conduzcan inevitablemente al fascismo. Digo que proporcionan un corpus aparentemente respetable que puede ser reutilizado como autoridad por movimientos posteriores. Es decir, ofrecen un «depósito intelectual» del que otros pueden extraer legitimidad. «Esto ya lo denunciaron un jesuita francés y un prestigioso científico escocés hace más de cien años. Y nadie los escuchó».



El siguiente paso lógico…

La conspiración masónica

La masonería mueve todos los gobiernos. Hace presidentes. Controla revoluciones. Dirige a Napoleón. Controla Estados Unidos. Controla Francia. Controla España. Sigue controlando el mundo por medio de la Agencia 2030. ¿Qué va a pasar con los niños? ¡¿Es que ya nadie piensa en los niños?!

La masonería real.

La fecha que todos los historiadores toman como el comienzo de la masonería especulativa es el 24 de junio de 1717. Se supone que cuatro logias londinenses se reúnen en la taberna Goose and Gridiron y fundan la Gran Logia de Londres y Westminster, que más tarde será la Gran Logia de Inglaterra. Ese momento marca el paso desde las antiguas corporaciones herederas de los constructores medievales —masonería «operativa»— a una fraternidad filosófica abierta a personas que ya no son albañiles.

En 1723, el pastor presbiteriano James Anderson publica las Constituciones de Anderson, que fijan gran parte de la identidad de la masonería moderna. Ya no hablamos de simples clubes. Hablamos de una organización internacional con estructura y reconocimiento mutuo entre países. Un individuo puede sentirse «hermano masón» antes que súbdito de un rey.  Eso es revolucionario incluso antes de que empecemos a hablar de política. Date cuenta de un detalle: la masonería es transnacional incluso antes de que el concepto de nación tal y como la conocemos se haya establecido.

Benjamin Franklin —Otra vez él… Hum…— consigue el apoyo de Francia para la Guerra de Independencia de los Estados gracias a sus contactos en la masonería. Viaja a París en 1776, el mismo año en que se fundan los Iluminados de Baviera —Hum…—. Frecuenta la célebre logia Les Neuf Sœurs («Las Nueve Hermanas»), una de las más prestigiosas de la ciudad. Por allí había pasado gente como Voltaire —Hum…—, Jean Sylvain Bailly y un chingo de miembros de la Academia de Ciencias francesa. Datos, no relato.

¿Conspirachió? Pues ya que cada cual decida, yo qué sé. Para mí, no. Caldo de cultivo interesante, pero ya.
El caso es que la masonería ya era importante antes de la Revolución Francesa, pero entre finales del XVIII y mediados del XIX alcanza una influencia enorme. La logia se convierte en el gran espacio de sociabilidad de las élites ilustradas y liberales. Y podemos hablar de dos grandes etapas para ella.

-1770-1790: expansión ilustrada. Aristócratas. Militares. Intelectuales. Funcionarios. Entran en la masonería y esta se convierte en una red internacional. Es decir, la logia es el espacio político alternativo, y está abierto incluso para quien el espacio tradicional permanece cerrado.

-1790-1830: su momento culminante. Revolución francesa. Guerras napoleónicas. Independencias americanas. Revoluciones liberales. Muchísimos dirigentes pertenecen a logias o se mueven en ambientes masónicos.

¿Napoleón Bonaparte? No existen registros de su iniciación formal en ninguna logia. Peeerooo… su padre, sus tres hermanos —incluido José— y muchos de sus generales y ministros sí eran masones activos. Durante su imperio, protegió y fomentó la masonería, transformándola en una red de apoyo mutuo para sus oficiales y un vehículo para difundir sus ideales. Fue gracias a Napoleón que la masonería se extendió por Europa. Él la transformó de una sociedad secreta, como era hasta entonces, en casi una religión oficial del Estado. Además, unificó todas las logias francesas en el Gran Oriente de Francia, al frente del cual puso a su hermano José.

¿Significa eso que «la masonería hizo las revoluciones»? A mi modesto entender, no necesariamente. Más bien me parece que las logias funcionaban como lugares donde se conocían militares, abogados, periodistas, comerciantes y políticos: la logia era una escuela de organización, no necesariamente un cuartel general revolucionario. Era la Deep Web de entonces. De hecho, después de Napoléon, se convierte más en una «red estatal mundial en la sombra» que en ninguna otra cosa.

Por eso, entre 1830-1850 los masones empiezan a perder influencia entre los sectores revolucionarios. Cobran más protagonismo organizaciones específicamente políticas: carbonarios, Jóvenes Italia, Jóvenes Europa, Blanquistas, sociedades republicanas, células clandestinas. La masonería continúa existiendo, pero ya no monopoliza la sociabilidad política.

Después de 1850 la logia no desaparece de la Historia, ni mucho menos. Sigue teniendo enorme peso: Francia. Italia. España. Portugal. América Latina. Pero deja de ser el gran laboratorio organizativo que había sido durante la Ilustración. Los partidos modernos, los sindicatos y las asociaciones legales ocupan gran parte de ese espacio. La conversación está en otro sitio.



La conspiración esotérica

Si las conspiraciones del siglo XVIII necesitaban sótanos con velas, aristócratas aburridos y nombres de banda de Heavy Metal como Fuego Infernal, las del cambio de siglo XIX al XX deciden subir la apuesta: meten continentes perdidos, maestros ocultos, civilizaciones desaparecidas y una pizca de «sabiduría ancestral». En el centro de este cóctel esotérico encontramos a Helena Blavatsky, una mujer capaz de mezclar hinduismo, ocultismo, ciencia de la época y una imaginación desbordante hasta crear un universo donde Atlántida, Lemuria y las razas raíz convivían en una especie de gran saga cósmica antes de que existiera la fantasía épica.

Os presento a la Sociedad Teosófica.

Fundada en 1875 por Helena Petrovna Blavatsky, junto con Henry Steel Olcott y William Q. Judge, la teosofía es un gazpacho espiritual, mágico y mítico que mezcla hinduismo y budismo reinterpretados desde Occidente. A la mezcla, añade muchas cosas más: neoplatonismo, gnosticismo, ocultismo occidental, reencarnación y karma, evolución espiritual de la humanidad, la existencia de «Maestros» o «Mahatmas» que guiarían secretamente el progreso humano. Es el germen de toda la New Age actual, de todas las sectas, de todas las pseudoreligiones y pseudociencias que se te puedan ocurrir. Tu cuñado el del Reiki. El satanismo moderno. El Asatrú. La Cienciología de Tom Cruise. Todo mama de aquí.

¿Cuál es la idea más dañina de la teosofía? El concepto de las «razas raíz».

Para Blavatsky, la humanidad no evolucionaba solo biológicamente, sino espiritualmente. Proponía que habían existido varias grandes etapas de la humanidad, llamadas razas raíz (root races), cada una asociada a un continente mítico y a un grado de desarrollo espiritual.

Más o menos eran estas:

Primera raza: casi etérea, sin cuerpo físico como el nuestro.
Segunda raza: comienza a materializarse.
Tercera raza: los lemurianos.
Cuarta raza: los atlantes.
Quinta raza: la humanidad actual, llamada «aria» en su terminología.

A lo mejor te suena un poco el rollo a la obra de Robert E. Howard y H. P. Lovecraft. Y es que sí, efectivamente, también maman directamente de esta teta. Pero, igual que unos usaron sus ideas para escribir relatos Pulp de puro entretenimiento, otros tomaron el concepto de «raza aria» —que ya circulaba entre los filólogos del siglo XIX para referirse a la familia indoeuropea— para decir «la raza aria somos los alemanes, y eso nos hace superiores a todos los demás».

Y ya tenemos el chocho formao.

Tema demasiado denso para tratarlo aquí, en una entrada que ya es densa de por sí. De modo que lo dejo en mera mención. ¿Para qué? Para mostrar que las ideas supuestamente elevadas y espirituales pueden transformarse en cosas muy jodidas.

La mayoría de los teósofos eran pacifistas, universalistas espiritualistas y partidarios de la fraternidad universal Y, sin embargo... deja herramientas intelectuales que otros reutilizan para pasar del ocultismo al nazismo. Guido von List. Lanz von Liebenfels. La ariosofía. Himmler. Las SS. La Ahnenerbe.

Igual que Barruel proporciona un lenguaje para futuras conspiraciones políticas, la teosofía proporciona un lenguaje para futuras conspiraciones raciales. Raza aria, mis cojones.

La conspiración judía mundial

Y llegamos al final del recorrido, porque si me pongo a hablar también de reptilianos y la Tierra Plana me termina por petar la sesera.

Después de siglos buscando sociedades secretas en sótanos, logias y cuevas iluminadas con velas, la imaginación conspirativa del cambio de siglo decidió que hacía falta algo más ambicioso: una conspiración capaz de explicar absolutamente todo. Así nacieron los Protocolos de los Sabios de Sion, un fraude presentado como el plan maestro de una élite judía mundial para dominar la política, la economía y la cultura. Era una historia falsa, pero tenía todos los ingredientes de un gran relato conspirativo: un enemigo invisible, un plan de generaciones y la promesa de que detrás del caos del mundo había alguien moviendo los hilos. Una especie de novela de espías... con la diferencia de que algunos se la tomaron demasiado en serio.

Los Protocolos de los sabios de Sion son un panfleto antisemita fabricado a finales del siglo XIX. Se publican por primera vez en 1903, en el periódico ruso Znamaya. Pretenden ser las actas secretas de una reunión de líderes judíos que planean dominar el mundo —control de la prensa, la banca, las revoluciones, la moral pública, etc.—. Poco después aparecieron en un libro de Serguéi Nilus (1905), un místico ultraconservador. La hipótesis más aceptada es que fueron elaborados en círculos vinculados a la Ojrana, la policía secreta del zar, para desacreditar a liberales, revolucionarios y, sobre todo, a los judíos.

No existe ninguna evidencia de que esas reuniones ocurrieran jamás. De hecho, este bulo concreto ha sido desacreditado varias veces. En 1921 el periodista Philip Graves, del The Times de Londres, demostró que grandes partes de los Protocolos estaban copiadas casi palabra por palabra de un libro francés Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de Maurice Joly (1864). Ese libro no hablaba de judíos. Era una sátira política contra Napoleón III.

Después de la Revolución rusa, emigrados blancos llevaron el texto a Europa y Estados Unidos. El caso más importante fue Henry Ford. Financió la difusión de los Protocolos. Publicó artículos antisemitas reunidos en The International Jew. Millones de personas tuvieron contacto con esas ideas. Más tarde se retractó públicamente, pero el daño ya estaba hecho.

Y luego llega Hitler.

Los nazis utilizaron los Protocolos como «prueba» de la supuesta conspiración judía mundial. Aunque algunos dirigentes sabían que el origen del documento era dudoso, les resultaba útil como herramienta propagandística.



Epílogo. ¿Por qué creemos estas historias?

La psiología moderna tiene infinidad de argumentos para explicarlo. Yo te voy a dar solo seis:

1. Nuestro cerebro busca patrones hasta donde no los hay. Evolucionó para detectar regularidades. Era más barato equivocarse viendo un patrón inexistente que ignorar uno real. Si un cazador escuchaba un ruido entre los arbustos tenía dos opciones: pensar que era el viento o pensar que era un depredador. Si se equivocaba en la primera, perdía un poco de energía. Si se equivocaba en la segunda, podía morir. Ese sesgo recibe el nombre de patternicity (detección excesiva de patrones) y ha sido popularizado por el historiador de la ciencia Michael Shermer. Shermer resume la idea con una frase muy conocida: Creer que dos cosas están relacionadas cuando no lo están es un mecanismo adaptativo, no una enfermedad.

 2. Vemos agentes detrás de los acontecimientos. No basta con encontrar patrones. Queremos encontrar alguien responsable. Este fenómeno se conoce como hiperdetección de agencia (Hyperactive Agency Detection Device, HADD), desarrollado especialmente por el antropólogo cognitivo Justin L. Barrett. Nuestro cerebro tiende a pensar: «Si algo importante ha ocurrido, alguien lo ha provocado». Esto explica desde la creencia en espíritus hasta muchas teorías conspirativas. Una crisis económica. Una pandemia. Una revolución. En lugar de aceptar miles de causas pequeñas, buscamos un único autor.
 
3. Preferimos una historia coherente antes que una explicación correcta. Daniel Kahneman explica en Thinking, Fast and Slow que nuestro sistema funciona mediante relatos rápidos y coherentes. No soporta demasiado bien el azar, la incertidumbre o las explicaciones con veinte causas distintas. Utiliza una expresión magnífica: WYSIATI. What You See Is All There Is. Es decir: «Construimos una explicación utilizando únicamente la información disponible, aunque sepamos que falta muchísima». Una conspiración ofrece exactamente eso. Una explicación completa con principio, villanos, intención y desenlace. Nuestro cerebro adora ese formato.
 
4. Necesitamos reducir la incertidumbre. En 1994, los psicólogos Arie W. Kruglanski y Donna Webster desarrollaron el concepto de Need for Cognitive Closure. Algunas personas toleran muy mal quedarse con un «no lo sabemos». Necesitan una respuesta. Da igual que sea imperfecta. La incertidumbre genera ansiedad. Una teoría conspirativa elimina esa ansiedad inmediatamente. Ya hay un culpable. Ya existe una explicación. La historia vuelve a tener sentido.
 
5. Preferimos explicaciones proporcionales. Otro fenómeno muy importante es el sesgo de proporcionalidad. Ha sido estudiado, entre otros, por Karen M. Douglas y sus colaboradores. Tendemos a pensar que grandes acontecimientos necesitan grandes causas. Por eso cuesta aceptar cosas como: Un disparo cambia el siglo XX, un virus que modifica la economía mundial o una mala cosecha que ayuda a desencadenar una revolución.
 
6. El sesgo de confirmación. Buscamos información que confirme nuestras ideas. Ignoramos la que las contradice. Fue estudiado experimentalmente por el psicólogo Peter Wason en los años sesenta. Internet multiplica este fenómeno. Cada vídeo recomienda otro. Cada foro enlaza otro. Cada comunidad refuerza las creencias anteriores. No hace falta mentir. Basta con seleccionar.
 
Yo no diría que preferimos una mala explicación sencilla porque seamos irracionales. Diría que nuestro cerebro evolucionó para sobrevivir, no para entender cosas como la historia o la política. Durante cientos de miles de años fue mucho más útil detectar un patrón inexistente que ignorar uno real; atribuir una intención a un ruido en el bosque que asumir que era el viento; construir una historia coherente que quedarse paralizado por la incertidumbre. El mundo moderno es muchísimo más complejo que la estepa paleolítica. Hoy seguimos utilizando el mismo «cerebro de mono» para explicar fenómenos hipercomplejos. Y ese cerebro sigue prefiriendo un relato sencillo, con un enemigo claro y una causa única, antes que una explicación llena de matices, azar e incertidumbre.

Las sociedades secretas existen. Las conspiraciones también. Los golpes de Estado también —que se lo pregunten a Mister BIgote—. Las infiltraciones también. Los servicios secretos también. El problema aparece cuando convertimos siglos de historia en la obra de un único titiritero. Porque la realidad rara vez funciona así. Lo excepcional es que una sola organización consiga controlar la historia durante generaciones.

Las teorías de la conspiración se comportan como los virus. No desaparecen: mutan. Cambian de huésped, cambian de nombre y de lenguaje, pero conservan gran parte de su material genético.

Quizá esa sea la verdadera lección.

Las ideas sobreviven mucho más tiempo que las organizaciones que las crean. Los métodos sobreviven a las ideologías. Las herramientas pasan de unas manos a otras. Cambian los nombres. Cambian las banderas. Cambian los enemigos. Pero la arquitectura de la conspiración permanece.
Y por eso seguimos hablando de los Illuminati doscientos cincuenta años después de que dejaran de existir. El poder suele ser una maraña de intereses que cooperan, compiten y chocan entre sí. Las teorías de la conspiración transforman esa maraña en un único cerebro omnisciente porque esa historia resulta mucho más fácil de entender. Las conspiraciones existen, pero no constituyeran la explicación general del funcionamiento de la historia y del mundo.

Aunque Milei pretendiese usar la victoria del mundial para colarles a los argentinos la reforma de una ley que le va a permitir vender La Patagonia a los amigos de Netanyahu.

¡Muahahahahahaha!

Unas pocas pelís

Mandaga de la buena.

El mensajero del miedo (John Frankenheimer, 1962)
Soldados manipulados, lavado de cerebro y una conspiración política que mezcla Guerra Fría, paranoia y control mental. El enemigo no está fuera, sino dentro del propio sistema. Y el proyecto MK Ultra fue real. Que lo sepas. Y el remake de Jonathan Demne no está nada mal.

Acción ejecutiva (David Miller, 1973)
Una de las primeras películas de ficción que aborda de frente la hipótesis de una conspiración organizada detrás del asesinato de John F. Kennedy. Presenta a un grupo de poderosos empresarios y figuras de la élite que planifican el magnicidio porque consideran que Kennedy amenaza sus intereses. Hija directa de su época. No intenta resolver un misterio, sino reflejar una sensación colectiva: la pérdida de confianza en las instituciones después de Vietnam, Watergate y los grandes escándalos políticos de los años 60 y 70.

La conversación (Francis Ford Coppola, 1974)
Un experto en vigilancia descubre que una grabación aparentemente rutinaria puede esconder algo mucho más oscuro. El poder no necesita fantasmas: basta con micrófonos. Al comisario Villarejo se le pone dura cada vez que la ve.

El último testigo (Alan J. Pakula, 1974)
Un periodista investiga el asesinato de un político y descubre una red de manipulación mucho mayor. La sensación constante de que hay estructuras invisibles detrás de los acontecimientos públicos. Es buena, la condenada.

Los tres días del Condor (Sidney Pollack, 1975)
Un investigador de la CIA vuelve a su oficina y descubre que todos sus compañeros han sido asesinados. De pronto, el cazador se convierte en presa. Mi frase favorita de Max Von Sidow puto ever: «Yo nunca pregunto por qué. A veces pregunto cómo. Siempre, por cuánto».

Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976)
Basada en la investigación periodística del caso Watergate. La prueba de que no todas las conspiraciones pertenecen al terreno de la ficción. Siempre me pregunté qué mecanismo psicológico llevó al delator a ponerse el mote de Garganta Profunda. Tendría presente a Linda Lovelance, supongo.

Están vivos (John Carpenter, 1988)
Un trabajador corriente descubre unas gafas especiales que revelan la «verdadera realidad»: detrás de los mensajes publicitarios, los medios y la cultura de consumo se oculta una élite alienígena que controla la sociedad. Hoy hay peña que se la toma en serio y ha construido canales de YouTube sobre ese pilar. Explica a un tío así lo que es la sátira, si tienes huevos.

JFK: Caso abierto (Oliver Stone, 1991)
La película de conspiración por excelencia. Stone mezcla investigación histórica, ficción y especulación alrededor del asesinato de Kennedy. No importa solo la respuesta; importa la fascinación por la idea de que la historia oficial oculta algo.

Conspiración (Richard Donner, 1997)
Un taxista obsesionado con teorías conspirativas descubre que una de ellas podría ser cierta. Juega con la frontera entre paranoia y realidad. Y Tito Mel ya estaba ahí to vigilante contra los judíos, como buen paladín.

El informe Pelícano (Alan J. Pakula, 1993)
Una estudiante de Derecho escribe una teoría sobre unos asesinatos políticos y descubre que quizá ha acertado demasiado. La conspiración como choque entre ciudadanos normales y poderes enormes.

Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999)
Una de las representaciones modernas más influyentes del mito de la élite secreta. Una sociedad cerrada de poderosos, rituales, máscaras y privilegios. La fascinación por el «círculo interior» al que nadie tiene acceso.

Lo que esconde Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018)
Un joven de Los Ángeles investiga la desaparición de una mujer y empieza a encontrar símbolos, códigos, mensajes ocultos y conexiones entre la cultura popular, la industria del entretenimiento y las élites. Es una película sobre la obsesión por encontrar patrones. Y tróspida como la vida misma.

—Peck, ¿por qué llevas una túnica negra con el calor que hace?
—Calla. Tengo prisa. He quedao con una gente.
—Se te ve el culo cuando corres. ¿No llevas nada debajo?
—¡Qué te calles, coño!
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#24
(23-07-2026, 05:43 PM)Peckinpah escribió: La pregunta no dejaba de darme vueltas la cabeza: ¿Por qué los seres humanos preferimos una mala explicación sencilla antes que una buena explicación compleja?

    Por que es más pegadiza y por tanto más fácil de extenderse entre el público. El episodio del monorail de los Simpson siempre me gustó mucho porque lo explica genial: un poco de labia, mucha caradura y un eslogan pegadizo y tira p´alante. Y la gente lo compra aunque es una forma de timo tan antiguo como el tocomocho.

Gracias como siempre por el tocho.  Smile
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#25
(23-07-2026, 06:23 PM)Raziel Monsalud escribió:
(23-07-2026, 05:43 PM)Peckinpah escribió: La pregunta no dejaba de darme vueltas la cabeza: ¿Por qué los seres humanos preferimos una mala explicación sencilla antes que una buena explicación compleja?

    Por que es más pegadiza y por tanto más fácil de extenderse entre el público. El episodio del monorail de los Simpson siempre me gustó mucho porque lo explica genial: un poco de labia, mucha caradura y un eslogan pegadizo y tira p´alante. Y la gente lo compra aunque es una forma de timo tan antiguo como el tocomocho.

Gracias como siempre por el tocho.  Smile
   Bueno en el caso de los conspiranoicos lo de que prefieran la explicación más sencilla no es aplicable.
 
   Pongamos por ejemplo uno de.los temas preferidos por esa gente: El asesinato de Kennedy. Acordaros de la película (Nunca mejor dicho) que montaba Oliver Stone en su film mostrándolo común golpe de Estado de gente cercana al propio Kennedy, mediante un magnicidio en un lugar público, que según nos cuenta, no solo requirió la participación de un gran número de organizaciones muchas de ellas poco compatibles entre sí: La CIA, el FBI, el servicio secreto la inteligencia militar anticastristas, la mafia, el lobby armamentístico...solo falta Spectre con Bloefeld a la cabeza, golpe de Estado que según nos cuenta que se hizo a través de un atentado que requirió una logística de la hostia tanto de personas como de medios materiales.

  Pero claro uno se pregunta si a la hora de quitar de medio a Kennedy era necesaria una maquinaria tan compleja, con el peligro de que uno de sus muchos engranajes falle y el concurso de tanta gente que magnífica la posibilidad de que alguien se chive y se vaya todo a la mierda. Se sabe que Kennedy sufría de fuertes  dolores de espalda y que tomaba medicación, posiblemente opiáceos. ¿No hubiera sido mucho más fácil adulterar dicha medicación y luego decir que ha sido un infarto o cualquier otra causa natural?. Total los conspiranoicos son los primeros en afirmar que la gente encargada de hacerle autopsia estaban en el ajo luego no iban a desmentir esa explicación oficial.

  Hace día hablaba con un comspiranóico sobre el aniversario de la muerte del general Sanjurjo y de como facilitó el liderazgo de Franco en el bando nacional.  No tuve más remedio qué preguntarle si de verdad creía que sabotear un avión para que falle al despegar le parecía más eficiente y seguro de asesinar a alguien, sin posibilidad de que el azar dicte su supervivencia, frente a otros métodos como el citado envenenamiento o pegarle un tiro o tirarle una granada cuando visita el frente y luego decir que ha sido una bala o proyectil  procedente del bando enemigo
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#26
   

   

   

2.222

Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#27
@Peckinpah Hala, solucionado, ya no tienes reputación capicua.
[Imagen: source.gif]
@rafaelgg la "ideación" que se montan los conspiranoicos puede ser más o menos elaborada pero en esencia el asunto es ofrecer algo digerible a la gente que compra estas ideas, bien sea porque les viene bien para su ego, les da alguien a culpabilizar de sus males, un asidero en la locura del mundo en que vivimos y por tanto simplificar la existencia que todos sabemos por experiencia que es terriblemente compleja.
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#28
V. La revolución aprende de la derrota (1820-1870)

Tras el paréntesis conspiranoico del post anterior, retomo el hilo donde lo dejé. Hoy visto la bata de escritorio, saco la pipa de pensar y me pongo más serio.

Previously:

Si la Revolución Francesa había demostrado que el Antiguo Régimen podía caer en cuestión de meses, la Europa surgida del Congreso de Viena parecía decidida a demostrar lo contrario. Las monarquías restauradas habían aprendido de sus errores. La experiencia de 1789, del Terror y de las guerras napoleónicas había convencido a reyes y ministros de que las revoluciones no podían combatirse solo en el campo de batalla: había que impedir que nacieran. La censura, la vigilancia policial, la persecución de las sociedades políticas y la cooperación internacional entre las potencias absolutistas pretendían cerrar cualquier grieta por la que pudiera volver a colarse el espíritu revolucionario.

Sin embargo, las ideas no desaparecieron. Cambiaron de refugio. Allí donde la política abierta resultaba imposible, florecieron las logias, las sociedades patrióticas, los carbonarios y las conspiraciones militares. La revolución descendió al subsuelo y aprendió a respirar en la clandestinidad.

Now:

1815. El Congreso de Viena ha restaurado tronos, redibujado fronteras y perseguido a los revolucionarios, pero no ha conseguido devolver Europa a 1788. Las ideas han echado raíces y, lo que es aún más importante, los hombres que han sobrevivido a la tormenta comienzan a extraer lecciones de sus fracasos.

Los primeros intentos de romper el nuevo orden llegan muy pronto. En 1820, el coronel Rafael del Riego encabeza en España un pronunciamiento destinado, en principio, a enviar tropas hacia América para sofocar las independencias de las colonias. En lugar de embarcar, aquellas tropas se sublevan exigiendo la restauración de la Constitución de Cádiz de 1812. Fernando VII se ve obligado a jurarla, inaugurando el llamado Trienio Liberal. Casi al mismo tiempo, movimientos semejantes estallan en el Reino de las Dos Sicilias, en Portugal y en el Piamonte. Parece que la llama revolucionaria vuelve a extenderse por Europa.

En 1821, Austria interviene militarmente en Nápoles y en el Piamonte. En 1823, un ejército francés —los Cien Mil Hijos de San Luis— cruza los Pirineos con el respaldo de la Santa Alianza para restaurar el poder absoluto de Fernando VII. El Trienio Liberal termina con una rapidez casi tan sorprendente como ha comenzado. Las revoluciones de 1820 han demostrado que es posible derribar temporalmente un gobierno; también, que las grandes potencias europeas están dispuestas a intervenir para impedir que ese cambio se consolide.

La Revolución de 1789 había sido una explosión. Las revoluciones posteriores van a ser el fruto de un largo proceso de aprendizaje. Cada derrota deja menos ingenuidad y una organización más sofisticada para los que vienen detrás. El siglo XIX puede leerse como la historia de una revolución que, generación tras generación, va aprendiendo a conspirar, a comunicar, a movilizar y a esperar. Asimila una serie de lecciones vitales para transformar la política mundial.

Vamos a verlas una por una.

Primera lección (1820): sublevarse no es suficiente

La revolución todavía piensa como en 1789. Basta con un pronunciamiento. Basta con un pequeño grupo decidido. Basta con que el Ejército cambie de bando y el sistema caerá. En España, Nápoles y Portugal ocurre exactamente eso.

El problema es que los gobiernos europeos también han aprendido. La Santa Alianza interviene. Los movimientos son derrotados. Sobreviven algunos de sus dirigentes. Y estos extraen una conclusión:

«No basta con derribar un gobierno. Hay que conquistar una nación».

Durante la Revolución Francesa todavía era posible imaginar que bastaba con tomar un edificio, cambiar un gobierno o proclamar una constitución para transformar un país. Después de 1820 esa ilusión era papel mojado. Los revolucionarios descubrieron que el enemigo ya no era un monarca aislado, sino un sistema internacional de monarquías capaces de coordinarse, compartir información y acudir en ayuda unas de otras.

La revolución dejó de concebirse como un golpe brillante destinado a cambiar el poder en unos pocos días. Comenzó a entenderse como una tarea mucho más larga y compleja. Ya no bastaba con convencer a un puñado de oficiales o con tomar una capital. Había que crear una base social, construir redes de apoyo, mantener viva la propaganda, preparar dirigentes y sobrevivir durante años, incluso décadas, a la derrota. La conspiración seguía siendo necesaria, pero empezaba a revelarse insuficiente.

En cierto modo, 1820 marca el final de una forma de entender la revolución. El pronunciamiento militar —tan característico de la política española del siglo XIX— seguirá apareciendo una y otra vez, pero dejará de verse como una solución definitiva. Cada fracaso obligará a ampliar el horizonte. Si una revolución puede ser sofocada en cuestión de meses, quizá el verdadero campo de batalla no sea el palacio real, sino la sociedad misma.

Lo importante no es que las revoluciones de 1820 hayan fracasado; lo importante es lo que aprenden quienes sobreviven a ellas. Los exiliados españoles en Londres conviven con italianos, franceses, polacos y alemanes. Comparten experiencias, comparan errores y empiezan a pensar que todos has estado luchando contra distintas manifestaciones de un mismo orden europeo. De esos contactos nacerán nuevas organizaciones, nuevas estrategias y una generación de revolucionarios mucho más consciente de que la improvisación heroica ya no basta.

Segunda lección (1830): la opinión pública importa tanto como las armas

Las revolución ya sabe que un ejército puede obligar a un rey a ceder... durante un tiempo. También sabe que esa victoria es frágil si el resto de la sociedad permanece como simple espectadora. Los revolucionarios comprenden entonces que conquistar el poder es una cosa y conseguir que eche raíces es otra muy distinta.

Diez años después, la Revolución de Julio de 1830, en Francia, ofrece una respuesta. ¿El detonante? La decisión de Carlos X de restringir la libertad de prensa, disolver la Cámara recién elegida y modificar el sistema electoral mediante las llamadas Ordenanzas de Saint-CloudNo es una simple disputa entre políticos. Es un intento de gobernar ignorando una realidad nueva: la existencia de una opinión pública cada vez más influyente.

La respuesta no es un pronunciamiento militar, sino una movilización urbana. Ahora son los periodistas quienes denuncian las ordenanzas; impresores quienes siguen publicando periódicos clandestinos; estudiantes, artesanos y obreros quienes levantan barricadas en las calles de París. Durante las llamadas Tres Jornadas Gloriosas (27, 28 y 29 de julio de 1830), la ciudad se convierte en un inmenso escenario político. Las armas siguen siendo importantes, pero ya no bastan por sí solas. Hay que conquistar también el relato.

Ésta es la gran novedad de 1830. La revolución redescubre que una imprenta puede resultar tan decisiva como un arsenal. Un periódico puede preparar el terreno para una insurrección mucho antes de que suene el primer disparo. Un panfleto puede movilizar a miles de personas sin necesidad de dar una sola orden militar. La política entra definitivamente en la era de la comunicación.

Durante el siglo XVIII, las sociedades secretas habían aprendido a ocultarse. Ahora descubren que también necesitan hacerse visibles. Ya no basta con reunirse entre unos pocos iniciados; es necesario convencer a quienes nunca asistirán a una logia ni prestarán un juramento. La revolución comienza a hablar un lenguaje que cualquier ciudadano pueda comprender.

La noticia de la revolución parisina se propaga con una velocidad desconocida apenas unas décadas antes. Bruselas se levanta contra el dominio neerlandés, dando origen a la independencia de Bélgica. En Polonia estalla una nueva insurrección contra el Imperio ruso. En diversos estados italianos y alemanes crecen las agitaciones liberales y nacionalistas. Las revoluciones siguen teniendo causas locales, pero empiezan a compartir un mismo imaginario europeo. Por primera vez, la opinión pública trasciende las fronteras.

El revolucionario deja de pensar en conspirar y empieza a pensar en persuadir. La revolución comprende que una victoria militar puede ser efímera, mientras que una idea aceptada por una parte importante de la sociedad puede sobrevivir incluso a la derrota. A partir de entonces, la batalla ya no se libra sólo en las calles o en los cuarteles; también se libra en las imprentas, en los cafés, en las universidades y en cualquier lugar donde se formen opiniones.

1820 enseñó que un golpe de mano no bastaba para hacer una revolución. 1830 demuestra que tampoco basta con conspirar. Antes de conquistar el poder, es necesario conquistar la imaginación de la sociedad. Esa será la misión que Giuseppe Mazzini intentará convertir en un programa político.

Tercera lección (1831): la conspiración necesita convertirse en movimiento

Las dos primeras lecciones dejaron una enseñanza amarga. Los conspiradores habían demostrado valentía, disciplina e incluso capacidad para derribar gobiernos durante un breve periodo, sí. Pero también habían descubierto el límite de su estrategia. Si bien una conspiración podía prender la chispa, no podía mantener el fuego por sí sola. Bastaba la intervención de un ejército extranjero, la detención de unos pocos dirigentes o la pérdida del apoyo militar para que todo el edificio se viniera abajo. La revolución había aprendido a organizarse en secreto, pero aún no sabía cómo sobrevivir a plena luz del día.

Entonces aparece un joven genovés llamado Giuseppe Mazzini.

Mazzini representa un punto de inflexión comparable al que había supuesto la Revolución Francesa para la política europea. No inventa la revolución, ni la nación, ni las sociedades secretas: comprende que la conspiración no puede ser el destino final del revolucionario, sino solo una etapa transitoria. Si la revolución quiere transformar la sociedad, debe dejar de hablar solo a los iniciados y aprender a hablar a todo un pueblo. La crítica de Mazzini a la Carbonería es tan respetuosa como demoledora. Admira el valor de sus miembros, pero considera que la organización ha acabado enamorándose de su propio secreto. Hay demasiados juramentos, demasiados grados, demasiados rituales y demasiado tiempo dedicado a conspirar entre conspiradores. Una revolución encerrada en sótanos, por heroica que sea, está condenada a convertirse en una minoría permanente.

En 1831 funda La Joven Italia, y con ella propone un modelo distinto. La organización sigue siendo clandestina allí donde la represión lo hace necesario, pero el objetivo ya no es reclutar una élite reducida, sino educar políticamente a toda una generación. Por primera vez, la palabra «juventud» adquiere un significado político de enorme alcance. Los jóvenes dejan de ser los futuros ciudadanos de la nación y pasan a ser los encargados de construirla.

Esta es la gran innovación de Mazzini. La revolución deja de entenderse como un golpe de mano cuidadosamente preparado por unos pocos privilegiados. Se convierte en una tarea pedagógica. Hay que escribir periódicos, publicar manifiestos, organizar círculos de debate, mantener correspondencia entre exiliados, crear símbolos compartidos y convencer a miles de personas de que pertenecen a una misma comunidad nacional. La organización ya no debe limitarse a ocultar revolucionarios; debe producir ciudadanos.

La propia biografía de Mazzini refleja esta transformación. Pasó gran parte de su vida en el exilio, perseguido por distintos gobiernos europeos y condenado repetidas veces a muerte en ausencia. Sin embargo, su influencia no dejó de crecer. Desde Londres mantuvo una inmensa red de correspondencia que conectaba italianos, polacos, franceses, suizos, alemanes e incluso españoles. La revolución empezaba a pensar en términos europeos. Las fronteras seguían existiendo para los Estados; cada vez menos para los revolucionarios.

En ese contexto nacieron iniciativas como La Joven Europa, una federación de movimientos nacionales inspirados en un principio común: cada pueblo tenía derecho a construir libremente su nación, pero ninguna nación alcanzaría plenamente su destino sin la libertad de las demás. Era una idea extraordinariamente moderna. La revolución dejaba de concebirse como una sucesión de conspiraciones nacionales y comenzaba a verse como una red internacional de causas hermanas.

El pensamiento de Mazzini tiene una dimensión casi religiosa. Aunque profundamente creyente, su lenguaje traslada al terreno político conceptos tradicionalmente asociados a la religión: misión, sacrificio, deber, redención y fraternidad. La patria deja de ser únicamente un territorio o una dinastía; se convierte en una comunidad moral con una tarea histórica que cumplir. No es casual que muchos de sus seguidores hablasen de la nación con un fervor que recordaba al de una fe.

La tercera gran lección del siglo XIX quedaba así formulada. Una revolución no podía limitarse a conspirar contra el poder existente. Necesitaba construir una comunidad capaz de sostener el cambio cuando llegara el momento decisivo. Las armas podían abrir una puerta. Solo un movimiento podía mantenerla abierta.

Cuarta lección (1848): el entusiasmo sin organización se agota

En la primavera de 1848 parece que Europa entera se haya puesto de acuerdo para hacer la revolución. En cuestión de semanas, París, Viena, Berlín, Milán, Budapest, Praga y decenas de ciudades más se llenan de barricadas, manifestaciones y asambleas populares. Reyes y ministros huyen, se aprueban constituciones, se proclaman libertades y los viejos regímenes comienzan a tambalearse. Nunca un mismo impulso político se había propagado con semejante rapidez por todo el continente.

Para muchos contemporáneos, aquello parece el triunfo definitivo de la revolución. En cambio, va a ser el comienzo de una nueva derrota... y de una nueva lección.

Las revoluciones de 1848 comparten un rasgo extraordinario: por primera vez existe una auténtica cultura política europea. Los exiliados de 1820 y 1830 han tejido redes de contacto; los periódicos difunden noticias a una velocidad inédita; los panfletos cruzan fronteras; estudiantes, periodistas, abogados y artesanos hablaban un lenguaje político sorprendentemente parecido. La revolución ya no es un fenómeno francés. Es europea.

Sin embargo, esa fuerza esconde una debilidad.

Todos quieren derribar el viejo orden.

Muy pocos coinciden en qué debe sustituirlo.

Liberales, republicanos, nacionalistas, socialistas, demócratas y obreros combaten a menudo tras las mismas barricadas, pero persiguen objetivos distintos e incluso incompatibles. La unidad nace del rechazo al enemigo común… y desaparece en cuanto surge la pregunta decisiva: «¿Y ahora qué?».

Pues que ahora… el entusiasmo empieza a desvanecerse.

En Francia, la revolución de febrero da paso a profundas divisiones sociales y desemboca en las sangrientas Jornadas de Junio, cuando el propio gobierno republicano reprime con dureza el levantamiento de los obreros parisinos. En el Imperio austríaco, las reivindicaciones nacionales chocan entre sí: húngaros, checos, italianos, croatas y otros pueblos reclaman derechos que no siempre pueden conciliarse. En los estados alemanes, el Parlamento de Fráncfort debate el futuro de una Alemania unificada mientras los príncipes recuperan poco a poco la iniciativa. Antes de terminar 1849, la mayor parte de las revoluciones han sido derrotadas o absorbidas.

¿Por qué?

No fue solo una cuestión militar. Tampoco bastan para explicarlo las traiciones de algunos dirigentes o la intervención de los ejércitos. Lo que faltaba era algo más profundo: una organización capaz de mantener unidas fuerzas políticas muy diferentes una vez desaparecía la euforia inicial. Y todavía seguimos así. En España, la izquierda es mayoría, pero está tan separada por una cuestión de «grados de pureza ideológica» que se sabotea a sí misma de mil maneras distintas desde el principio de los tiempos.

Hasta entonces, la revolución había aprendido a conspirar, a movilizar y a despertar la opinión pública. Ahora descubría otra realidad: la movilización espontánea tiene un límite. Las multitudes pueden ocupar las calles durante días o semanas, pero ningún movimiento vive indefinidamente del entusiasmo. Cuando llegan el cansancio, las discrepancias y los problemas cotidianos, sólo sobreviven las organizaciones capaces de dar continuidad a la acción política. 

Muchos revolucionarios comprendieron que las barricadas eran el principio de una revolución, no su culminación. Hacían falta periódicos estables, asociaciones permanentes, sistemas de financiación, cuadros dirigentes, canales de comunicación y mecanismos para resolver conflictos internos. En otras palabras, la revolución necesitaba instituciones propias antes incluso de conquistar el Estado.

La revolución comienza a parecerse menos a un relámpago y más a una obra de ingeniería. A partir de ese momento, la pregunta ya no será cómo iniciar una revolución, sino cómo hacerla perdurable. Esa búsqueda marcará el resto del siglo XIX y preparará el terreno para nuevas formas de organización política, mucho más disciplinadas y permanentes que las conocidas hasta entonces.

Quinta lección (tras 1848): la revolución debe crear cuadros, redes y memoria

Las derrotas de 1848 fueron devastadoras. En apenas dos años, el gran incendio revolucionario que había recorrido Europa parecía extinguido. Los viejos gobiernos recuperaron el control, las constituciones fueron limitadas o derogadas, muchos dirigentes marcharon al exilio y miles de militantes acabaron en prisión. Una vez más, la fe reaccionaria parecía haber vencido.

Pero la historia volvía a repetirse. La derrota militar no significó el final de la revolución. Significó el comienzo de una nueva fase de aprendizaje.
1848 había demostrado que el entusiasmo popular podía agotarse. Los años siguientes enseñaron que una revolución solo podía sobrevivir si era capaz de conservar su experiencia. Ya no bastaba con héroes dispuestos a morir en una barricada. Hacían falta personas capaces de mantener viva la organización cuando las barricadas habían desaparecido.

A partir de este momento, el protagonismo pasa lentamente del insurrecto al organizador. El revolucionario deja de ser solo un hombre de acción para convertirse también en un constructor de estructuras. Aparecen dirigentes dedicados casi por completo a tareas que rara vez ocupan un lugar destacado en los relatos épicos: editar periódicos, recaudar fondos, coordinar el exilio, mantener correspondencia internacional, formar nuevos militantes, crear asociaciones legales allí donde es posible y clandestinas donde no lo es. La revolución empieza a descubrir el valor de los cuadros. Es decir, personas preparadas no solo para combatir, sino para enseñar, organizar, sustituir a los dirigentes caídos y garantizar la continuidad del movimiento. La improvisación deja paso a la formación. La experiencia se convierte en un recurso demasiado valioso como para perderla con cada derrota.

Al mismo tiempo, las redes internacionales adquieren una importancia creciente. Londres, Bruselas, Ginebra o París dejan de ser solo ciudades a las que exiliarse y se transforman en centros de intercambio político. Allí coinciden italianos, polacos, alemanes, húngaros, rusos y españoles. Comparten imprentas, traducen manifiestos, organizan campañas de solidaridad y aprenden unos de otros. La revolución comienza a funcionar como una comunidad transnacional mucho antes de que existan las organizaciones internacionales modernas.

Pero quizá el cambio más profundo sea otro: la construcción de la memoria revolucionaria.

Cada derrota deja de ser un fracaso que conviene olvidar. Se convierte en un patrimonio colectivo. Los caídos pasan a ser mártires; las insurrecciones derrotadas, fechas de conmemoración; los manifiestos, textos de referencia; las canciones, los símbolos y las banderas mantienen viva una identidad común incluso cuando toda posibilidad inmediata de victoria ha desaparecido.

Las religiones sobreviven durante siglos porque conservan la memoria de sus orígenes mediante relatos, rituales y conmemoraciones. Las revoluciones empiezan a hacer exactamente lo mismo. Construyen un calendario, un panteón de héroes, una tradición compartida y una narrativa capaz de dar sentido a las derrotas. Morir por la causa deja de ser un fracaso personal para convertirse en una contribución a una historia más grande que el individuo.

Todo ello tiene una consecuencia decisiva. La revolución deja de depender de una generación concreta. Ahora puede transmitir su experiencia a la siguiente. Los jóvenes de 1860 ya no empiezan desde cero. Heredan décadas de aprendizaje acumulado: conocen los errores de 1820, las enseñanzas de 1830, el ejemplo de Mazzini y las lecciones de 1848. Cada generación recibe un legado organizativo mucho más rico que la anterior.

Esa es la gran transformación de la segunda mitad del siglo XIX. La revolución deja de ser un acontecimiento para convertirse en una institución informal. Ya no vive solo en las calles; vive también en la memoria, en las redes personales y en las organizaciones que sobreviven entre una insurrección y la siguiente. Cuando, pocos años después, estalle la Comuna de París, sus protagonistas no partirán de una hoja en blanco. Heredarán medio siglo de experiencias, éxitos y fracasos. Las barricadas volverán a levantarse, pero quienes las construyan ya no serán los mismos revolucionarios de 1789. Serán herederos de una tradición que ha aprendido, paso a paso, a sobrevivir a sus propias derrotas.



Unas pocas pelis

Senso (Luchino Visconti, 1954)
La guerra contra Austria. El Risorgimento. Muy útil para comprender el clima político que hereda el mazzinianismo, aunque nos vayamos a unas décadas después de 1848.

Los miserables (1934, 1858, 1998 o 2012)
Elige un poco la versión que quieras. La insurrección de junio de 1832. No es 1848, pero sí el mejor retrato del paso del idealismo romántico a la barricada. Perfecta para ver todo lo hablado en esta entrada: opinión pública, estudiantes, barricadas, fracaso, nacimiento del mártir político. O te lees el libro, que es casi que mejor.

Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976)
No trata este período histórico. Pero sí explica mejor que casi ninguna película cómo se construye una identidad política generación tras generación. Ideal para entender la memoria revolucionaria.

—¿Fumas, camarada Peck?
—Sip.
—Esa parece una pipa excelente. ¿Es una Dunhill, tal vez?
—Tienes buen ojo, camarada. Brezo de alta calidad. La preferida de Churchill, Tolkien y Montgomery. La llaman la Rolls Royce de las pipas.
—Bah. Yo no fumo. He liberado mi cuerpo de los vicios burgueses. Las pipas son reliquias del pasado.
(Peck mira su pipa con nuevos ojos. Se siente culpable).
—¿Entonces qué hago, la tiro?
(El camarada sin nombre niega con la cabeza).
—Sería un desperdicio. Entrégasela al Comité.
—¿Para qué?
—Para que nadie caiga en la tentación. El camarada secretario se hará cargo de ella.
—El camarada secretario fuma. Y tiene una pipa de mierda.
—Exacto. Pero él no disfruta: cumple una función histórica. Estudia los efectos negativos de los vicios burgueses sobre el proletariado.
—Entiendo.
(Se produce un pausa. Peck tira la pipa a la hoguera).
—A la mierda. Dejo de fumar.
—Excelente. Eso es conciencia revolucionaria.
—Nah. Es que... si se la entrego al comité, la va a acabar disfrutando otro. Y eso sería de lo más burgués.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#29
VI. La Comuna de París: el primer ensayo del poder revolucionario

«¿Cuándo ha gobernado la izquierda? —preguntaba @hunk39 el otro día—. La izquierda de verdad». Bueno. Tengo respuesta para eso. Pero no te va a gustar.

En 1871.

Dentro de los muros de París.

No «la izquierda», el pueblo. La gente de la calle. Hombres y mujeres de casi cualqueir edad. Todos a una. Sin reyes. Sin dictadores. Sin repúblicas, congresos ni parlamentos. Solo personas unidas con un propósito común y gestionándose a sí mismas.

Ese proyecto se llamó la Comuna.

Duró setenta y dos días y terminó en una de las masacres de civiles más grandes de su tiempo.



Del fracaso de 1848 al Segundo Imperio (1848-1852)

En Francia, la Revolución de Febrero de 1848 pone fin al reinado de Luis Felipe de Orleans y da paso a la Segunda República. Por primera vez se implanta el sufragio universal masculino, un avance político de enorme trascendencia. El femenino, no. No jodamos. Bastante es que dejamos votar a hombres de la más baja estofa. Tampoco nos subamos a la parra. El caso es que, pese a todo, millones de franceses que jamás habían participado en una elección podían ahora decidir el rumbo del país.

Bajo la bandera de la Segunda República viven dos revoluciones distintas. La burguesía liberal quiere consolidar las libertades políticas, garantizar el derecho de propiedad y evitar el regreso del absolutismo. Los obreros parisinos, en cambio, creen que la revolución solo tiene sentido si aborda también la desigualdad social, el desempleo y las durísimas condiciones de vida provocadas por la industrialización. Ambos grupos han combatido juntos contra la monarquía y no tardan en descubrir que no comparten el mismo proyecto.

La cosa solo tarda cuatro meses en reventar.

Junio de 1848. El cierre de los Talleres Nacionales —un programa de empleo impulsado por la República para aliviar el paro— desencadena una insurrección obrera en París. Durante cuatro días, la ciudad vuelve a cubrirse de barricadas. Esta vez el enemigo no es un rey, sino la propia República nacida de la revolución. El gobierno responde con una dureza extraordinaria. Bajo el mando del general Louis-Eugène Cavaignac, el ejército aplasta el levantamiento. Los combates causan miles de muertos y heridos; a ellos se suman miles de detenidos y deportados.

Mal empezamos.

Aquellas Jornadas de junio destruyen la ilusión de una revolución unitaria. La burguesía francesa, impresionada por la violencia de las calles, comienza a temer más una nueva revolución social que un posible regreso del autoritarismo. «Hostias, Pierre. A ver si los proletarios estos nos van a sacar los higadillos. Mira con qué mala hostia nos tiran». El orden se convierte en una necesidad. Si implica el riesgo de otra guerra civil y el enemigo soy yo, a lo mejor resulta que eso de la libertad no es tan importante.

En ese clima irrumpe un fulano muy peligroso.

Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador Napoleón I e hijo de Luis Bonaparte, antiguo rey de Holanda. Durante años ha sido visto como un aventurero con un apellido ilustre. Ha protagonizado dos intentos fallidos de golpe de Estado, pasado por la cárcel y vivido exiliado en Inglaterra. Sin embargo, posee un activo político incomparable: el apellido Bonaparte. En teoría, es sobrino y heredero legítimo del Petit Cabrón. Estudios de ADN realizados en 2014 demostraron que ni era familia de Bonaparte ni compartía genes con él. Diferencias genéticas totales. Cosas de la vida.

Sea como fuere, en diciembre de 1848, los franceses lo eligen presidente de la República. Porque, a ver, que tengamos derecho a votar… no implica que sepamos hacerlo con dos dedos de frente, y cuando se vota con los huevos y no con la cabeza pasan cosas. Para millones de campesinos y pequeños propietarios, el nombre de Napoléon Bonaparte evoca orden, estabilidad, prestigio nacional y el recuerdo —idealizado— de una Francia fuerte y respetada. Muchos no votan tanto al hombre como al mito —«El nombre que ya conoces», que decía Eddie Murphy en Su distinguida señoría—. Mientras los partidos republicanos están divididos y enfrentados entre sí, Luis Napoleón ofrece una promesa sencilla: reconciliar el legado de la Revolución con la autoridad de un poder fuerte.

No sé si captas la cosa.

La revolución lleva casi un siglo luchando contra el poder personal de los monarcas… solo para acabar depositando sus esperanzas en un autócrata que promete mantener el orden. La búsqueda de libertad y el deseo de estabilidad no siempre caminan en la misma dirección. A veces acaban confluyendo hacia el populismo. ¿Te suena?

Luis Napoleón no tarda en quitarse la careta. Aunque la Constitución vigente impide al presidente presentarse a un segundo mandato consecutivo termina su mandato y, en lugar de abandonar el poder, decide conservarlo por la fuerza. El 2 de diciembre de 1851 —fecha elegida para evocar tanto la coronación de Napoleón I como la victoria de Austerlitz— ejecuta un golpe de Estado que ahora sí que sí. Disuelve la Asamblea Nacional, suspende las garantías constitucionales y convoca un plebiscito para legitimar sus actos. Un año después, tras una nueva consulta popular, proclama el Segundo Imperio y adopta el nombre de Napoleón III.

Dictatorem habemus, nene.

La Segunda República ha durado menos de cuatro años.

Napoleón III: El «sobrino» que quiso convertirse en leyenda

El régimen del Segundo Imperio difiere notablemente del anterior. Si Napoleón I había sido, ante todo, un conquistador, Napoleón III quiere presentarse como un modernizador. Durante su reinado, Francia experimenta una transformación económica sin precedentes. Se impulsa la construcción de miles de kilómetros de ferrocarril, crecen la banca y la industria, se amplían los puertos, se fomenta el comercio y se promueven grandes proyectos de infraestructura. El país entra de lleno en la revolución industrial europea.

El símbolo más visible de esa modernización es la transformación de París. Bajo la dirección del prefecto Georges-Eugène Haussmann, la ciudad medieval comienza a desaparecer. Barrios enteros son demolidos para abrir grandes bulevares rectilíneos, plazas monumentales, parques, alcantarillado moderno y una red viaria mucho más amplia. La capital adquiere el aspecto elegante que todavía hoy la caracteriza.

Aquellas reformas responden a múltiples objetivos. Mejoran la higiene de una ciudad propensa a las epidemias, facilitan el comercio y la circulación, embellecen la capital y proyectan al mundo la imagen de una Francia moderna. Pero también tienen una dimensión política difícil de ignorar. Las estrechas callejuelas del viejo París habían demostrado una y otra vez ser un terreno ideal para levantar barricadas. Los nuevos bulevares permiten mover tropas y artillería con rapidez y dificultan la defensa improvisada de los barrios populares. «Si me la volvéis a liar en las calles, os vais a cagar».

Napoleón III gobierna mediante una combinación característica de autoridad y legitimación popular. Recurre con frecuencia a los plebiscitos para presentar sus decisiones como expresión directa de la voluntad nacional. Este recurso le permite sortear las instituciones representativas y establecer una relación casi personal con el electorado. Uno de los primeros ejemplos claros de cesarismo democrático: un régimen que busca su legitimidad no tanto en un Parlamento fuerte como en la apelación directa al pueblo a través de un líder carismático.

Durante casi veinte años, el sistema parece funcionar. Francia prospera, recupera prestigio internacional y vive un largo periodo de estabilidad. Sin embargo, esta depende en gran medida del prestigio personal del emperador, de la prosperidad económica y del éxito en política exterior. Mientras esos pilares permanecen firmes, el Segundo Imperio parece inexpugnable.

Y entonces llega Bismark.

Mientras el emperador consolida su régimen, al este del Rin está surgiendo una potencia destinada a alterar el equilibrio político del continente: Prusia.

La guerra franco-prusiana: el error de cálculo

Desde hace años, el canciller Otto von Bismarck persigue un objetivo que muchos consideran imposible: la unificación de Alemania bajo liderazgo prusiano. Su estrategia no descansa en grandes discursos sobre la libertad de los pueblos, sino en una combinación de diplomacia, cálculo y fuerza militar. La célebre expresión «sangre y hierro», pronunciada en 1862, resume bien su forma de entender la política. Para Bismarck, los grandes problemas de Europa no se resuelven mediante declaraciones solemnes, sino mediante decisiones frías y, si es necesario, la guerra.

Tras derrotar a Dinamarca en 1864 y a Austria en 1866, Prusia ha eliminado a sus principales rivales en el mundo germánico. Solo queda un obstáculo para culminar la unificación: convencer a los estados alemanes del sur —Baviera, Württemberg, Baden— de que comparten un destino común con Berlín. Una guerra defensiva contra Francia puede proporcionar ese sentimiento de unidad nacional.

A Napoleón III le preocupa el ascenso prusiano. Una Alemania unificada alteraría profundamente el equilibrio de poder europeo y reduciría la influencia tradicional de Francia. Además, el emperador sufre un progresivo deterioro de su salud y su prestigio político comienza a resentirse. Una victoria rápida puede reforzar su posición tanto dentro como fuera del país.

Todavía nadie da el paso. Pero una guerra es golosa para ambas partes. Solo falta una chispa que la prenda. Y llega en el verano de 1870.
El trono de España ha quedado vacante tras la Revolución Gloriosa de 1868 —la próxima entrada va a estar centrada solo en España; prometido—. Entre los candidatos figura Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, miembro de la misma dinastía que gobierna Prusia. Francia interpreta esa candidatura como una amenaza estratégica: si un Hohenzollern ocupa también el trono español, el país estará rodeado por una misma casa reinante al norte y al sur.

Leopoldo retira su candidatura. En teoría, la crisis ha terminado. Pero Bismarck ve una oportunidad. El rey Guillermo I de Prusia informa por telegrama de una conversación diplomática mantenida en la localidad balnearia de Ems. El mensaje es correcto y relativamente conciliador. Bismarck decide editarlo antes de hacerlo público. Suprime algunas fórmulas de cortesía y reorganiza el texto de tal modo que transforma la respuesta del rey en una reacción que resulta insultante para Francia.

Tenemos chocho montao.

La prensa francesa interpreta el llamado Telegrama de Ems como una humillación nacional. La prensa alemana lo presenta como una nueva muestra de arrogancia francesa.

El 19 de julio de 1870, Francia declara la guerra a Prusia.

Napoleón III deja París para marchar al frente de sus tropas. Confía en una campaña breve y victoriosa. Calcula que el prestigio del ejército francés, heredero de las glorias napoleónicas, bastará para imponerse antes de que los estados alemanes actúen coordinadamente. No tiene ni puta idea de que Bismark lo planeó todo hace meses.

Prusia moviliza tropas con una rapidez desconocida hasta entonces gracias a su eficiente sistema ferroviario y a una planificación meticulosa del Estado Mayor dirigido por Helmuth von Moltke el Viejo. En pocas semanas, los ejércitos alemanes demuestran una superioridad organizativa y logística de tres pares de cojones. La guerra moderna ya no depende del valor de los soldados o del talento de un general, sino de la capacidad industrial, del transporte ferroviario, de las comunicaciones y de una administración capaz de coordinar cientos de miles de hombres. Le da a Francia las suyas y las del pulpo.

El 1 de septiembre de 1870, en la batalla de Sedán, el ejército imperial queda cercado. Napoleón III es capturado junto con decenas de miles de soldados. Al día siguiente envía un breve mensaje al rey Guillermo I:

«No habiendo podido morir en medio de mis tropas, me entrego a Vuestra Majestad».

Con esa rendición termina el Segundo Imperio.

La noticia llega a París, que siente que Napoleón III ha abandonado y humillado a su patria. El 4 de septiembre se proclama la Tercera República. ¿El cambio de régimen pone fin a la guerra? Por supuesto que no. Mientras el emperador marcha al cautiverio, los ejércitos prusianos avanzan hacia la capital.

El sitio de París, la ciudad que aprendió a sobrevivir sola

19 de septiembre de 1870. Comienza el sitio de París.

Durante más de cuatro meses, la ciudad queda aislada del resto de Francia. Las tropas prusianas rodean la capital formando un anillo de acero de casi cincuenta kilómetros de diámetro. Ferrocarriles, carreteras y líneas telegráficas quedan cortados. Al principio, muchos confían en que el asedio será breve. París dispone de importantes fortificaciones y de abundantes reservas. Un gran ejército francés acudirá pronto a romper el cerco, ¿verdad?

¿Verdad?

Nope.

Ni pronto, ni nunca.

Las reservas de alimentos comienzan a agotarse. Primero desaparecen los productos frescos. Después la carne. Más tarde, los caballos, indispensables hasta entonces para el transporte urbano y de piezas de artillería, terminan en los mercados y en las mesas de los ciudadanos. Cuando el invierno se hace más duro, perros y gatos empiezan a ser sacrificados. Incluso algunos animales del Jardín Zoológico de París acaban vendidos como alimento. La imagen de los elefantes Castor y Pólux convertidos en filetes para los restaurantes de lujo queda grabada en la memoria de toda una generación como símbolo de una ciudad que consume, literalmente, los últimos restos de su normalidad.

Mientras tanto, la vida cotidiana se transforma por completo. El carbón escasea. El frío penetra en las viviendas. Los bombardeos prusianos recuerdan constantemente que el enemigo sigue allí, esperando.

París no se rinde.

Con el ejército regular casi desaparecido, el peso de la defensa recae cada vez más sobre la Guardia Nacional, una milicia ciudadana que llega a reunir cerca de doscientos mil hombres. Muchos de ellos son obreros, artesanos o pequeños comerciantes que han empuñado un fusil para defender sus barrios. Eligen a buena parte de sus mandos y desarrollaban un fuerte sentimiento de autonomía respecto al Gobierno instalado en el Ayuntamiento. Hay un «ellos» y un «nosotros».

Poco a poco, la Guardia Nacional deja de ser solo una fuerza militar. Se convierte en una comunidad política. Cada barrio organiza comités, distribuye alimentos, vigila las calles, debate la situación y elige representantes. Allí donde el Estado es incapaz de responder con eficacia, los propios vecinos resuelven sus problemas cotidianos. Sin proponérselo, París está aprendiendo que organizar la vida colectiva desde abajo es posible. Durante el sitio, los parisinos han vivido durante meses en una situación excepcional. Han comprobado que pueden administrar recursos, coordinar milicias, mantener servicios básicos y crear formas de representación propias.

Tras más de cuatro meses de hambre y bombardeos, el Gobierno de la Tercera República acepta un armisticio con Prusia el 28 de enero de 1871. Las condiciones resultan humillantes. Francia debe pagar una enorme indemnización de guerra y permitir que tropas alemanas desfilaran por parte de la capital.

Los parisinos de a pie se sienten traicionados.

Dicen que, a eso de que los prusianos entren en la capital, mis cojones.

Puede que el Gobierno se haya rendido, pero ellos no.

La Comuna: la revolución intenta gobernar

Se produce entonces una grieta en la realidad. Por un lado, el Gobierno oficial de Francia ha terminado su guerra con el enemigo exterior. Por otro, los prusianos sigue asediando una capital que se lía a tiros con ellos cada vez que quieren tomar posesión de ella. Llevan tanto tiempo abandonados a su suerte que ya no reconocen autoridad alguna. La guerra ha terminado, pero no, pero sí, pero no.

El nuevo Gobierno de la República, presidido por Adolphe Thiers, decide instalarse en Versalles, lejos de una población a la que considera demasiado radical y armada. París, por su parte, ve con creciente desconfianza a unos dirigentes que, a ojos de muchos ciudadanos, han capitulado ante Prusia y abandonado a la gente después de meses de hambre y sacrificio.

Thiers sabe que solo hay una forma de recuperar el control de este polvorín. Con la colaboración de Prusia y la financiación de la banca judía de los Rothchild —¡Conspiración!—, financia la creación de un nuevo Ejército Nacional, compuesto por gente de lo más jodida. Veteranos licenciados, mercenarios, criminales y reos extraídos de las cárceles.

El plan es entrar en París de noche y recuperar los más de doscientos cañones que la Guardia Nacional conserva en las colinas de Montmartre y otros barrios populares. Aquellas piezas de artillería han sido financiadas en gran parte mediante suscripciones ciudadanas durante el asedio, y muchos parisinos las consideraban patrimonio de la ciudad, no del Estado. Sin armas, estos cabrones no me disparan a los prusianos, estos pueden entrar en París, firmamos todo lo que haya que firmar y seguimos adelante. Coño ya.

Madrugada del 18 de marzo de 1871.

La operación comienza antes del amanecer.

Cuando los soldados intentan enganchar los cañones para retirarlos, los vecinos están esperando y empiezan a concentrarse. Mujeres, ancianos, niños. Rodean a las tropas. Esos cañones pertenecen al pueblo y no te los llevas, Gaspar. Se producen discusiones. La tensión crece. Los oficiales ordenan abrir fuego contra los civiles.

Y en estas que muchos de los soldados dicen que nones. Algunos incluso confraternizan con la población. El intento de recuperar la artillería se convierte, en pocas horas, en el hundimiento de la autoridad gubernamental sobre París.

Dos generales, Claude Lecomte y Jacques Léon Clément-Thomas, son capturados y asesinados por grupos de insurgentes. Mientras tanto, Thiers ordena la retirada de las tropas leales y abandona la capital para reorganizar sus fuerzas en Versalles.

Por segunda vez en pocos meses, París despierta sin gobierno.

Y esta vez los revolucionarios están preparados.

Durante el asedio han aprendido a organizar barrios, coordinar milicias, administrar recursos y debatir colectivamente los problemas de la ciudad. Aquella experiencia improvisada se convierte ahora en una estructura política real.

El 26 de marzo se celebran elecciones municipales independientes.

Dos días después queda oficialmente constituida la Comuna de París.

El nombre no es casual.

«Comuna» evoca las antiguas ciudades medievales que habían conquistado amplios márgenes de autogobierno frente al poder feudal en el pasado. Sus dirigentes quieren presentarse menos como un gobierno revolucionario dispuesto a conquistar Francia que como una ciudad libre que reclamaba el derecho a gobernarse a sí misma.

La Comuna reúne sensibilidades muy distintas. En ella conviven jacobinos herederos de 1793, republicanos radicales, seguidores de Louis-Auguste Blanqui, socialistas influidos por Pierre-Joseph Proudhon, miembros de la Primera Internacional cercanos a Karl Marx y militantes próximos a las ideas de Mijaíl Bakunin. Una vez más, los revolucionarios comparten un enemigo común, pero no un proyecto único de sociedad.

A pesar de esas diferencias, la Comuna emprende un ambicioso programa de reformas.

-Se proclama la separación entre la Iglesia y el Estado.

-Se suprime el presupuesto destinado al culto.

-La enseñanza pública comienza a orientarse hacia un modelo laico.

-Los cargos públicos deben ser elegidos y pueden ser revocados por quienes los han elegido.

-Los funcionarios perciben salarios similares a los de un trabajador cualificado, con el propósito de impedir que la política se convierta en una profesión privilegiada.

También se aprueban medidas sociales de gran alcance. Se suspenden temporalmente los pagos de alquileres atrasados acumulados durante el asedio, se prohíbe el trabajo nocturno en las panaderías y se impulsa la entrega de algunos talleres abandonados a cooperativas de trabajadores.

Muchas de estas decisiones tienen un carácter experimental. La Comuna apenas va a disponer de tiempo para aplicarlas plenamente. Sin embargo, revelan una idea peligrosa de cojones: la revolución ya no aspira solo a derribar un régimen, sino a reorganizar la vida cotidiana.

Peligrosa no solo para un rey, o el presidente de un gobierno. Para los burgueses acomodados. Para la banca. Para todo dios.

Durante casi un siglo, la tradición revolucionaria ha perfeccionado las técnicas para conquistar el poder: conspiraciones, sociedades secretas, propaganda, redes internacionales, comités y movilización popular. Ahora, La Comuna pone a prueba todo ese aprendizaje. Y descubre que gobernar exige habilidades diferentes.

Administrar una ciudad es mucho más complicado que conquistarla. Hay que garantizar el abastecimiento de alimentos. Hay que organizar hospitales. Hay que recaudar impuestos. Hay que mantener los servicios públicos. Hay que tomar decisiones rápidas en medio de una guerra. Y, sobre todo, hay que hacerlo mientras un ejército enemigo nos rodea y otro, que para más cojones es de los nuestros, se reorganiza a pocos kilómetros de distancia.

Las divisiones internas agravan el problema. Algunos comuneros defienden un gobierno fuerte y centralizado, inspirado en el Comité de Salvación Pública de 1793. Otros temen que aquello traicione los ideales por los que habían luchado. Mientras debaten sobre la naturaleza del nuevo poder revolucionario, Thiers reconstruye pacientemente el ejército de Versalles con ayuda de miles de prisioneros franceses liberados por los prusianos. 

«Por supuesto que sí, Monsieur. Llévese a unos cuantos de los suyos. La cosa se ha descontrolado de un modo inaudito. Es preciso un golpe de autoridad, si me permite la observación».

La Semana Sangrienta: la revolución y el rostro del Estado moderno

21 de mayo de 1871. Las tropas versallescas encuentran una puerta mal defendida cerca de la Puerta de Saint-Cloud. El ejército penetra en la ciudad sin casi oposición inicial. Comienza la Semana Sangrienta.

Lo que sigue es una guerra urbana de una violencia pocas veces vista en la Europa del siglo XIX.

Cada barrio se convierte en una fortaleza improvisada.

Se combate edificio por edificio.

Escalera por escalera.

Habitación por habitación.

Las barricadas, que durante décadas han simbolizado el romanticismo revolucionario, se enfrentan ahora a un ejército profesional dotado de artillería, mejor logística y mando unificado al estilo prusiano. A medida que las tropas avanzan hacia el este de París, la resistencia se hace cada vez más desesperada. Los comuneros incendian numerosos edificios públicos, entre ellos el Palacio de las Tullerías, el Palacio de Justicia, parte del Palacio Real y el Ayuntamiento de París. Aquellos incendios responden a motivaciones diversas: impedir el avance enemigo, destruir símbolos del antiguo poder o evitar que determinados edificios sean utilizados como posiciones militares. Desde entonces, la imagen de una capital envuelta en llamas quedará asociada para siempre a la memoria de la Comuna.

   

Cuando la resistencia comienza a derrumbarse, la represión deja de distinguir entre combate y castigo.

Los soldados reciben la orden de avanzar sin detenerse.

Los prisioneros se acumulan por miles.

En muchos casos ni siquiera se intenta averiguar quién ha combatido realmente. Basta con llevar un uniforme de la Guardia Nacional. Tener las manos ennegrecidas por la pólvora. Ser señalado. En numerosos puntos de la ciudad comienzan las ejecuciones sumarias. Los detenidos son alineados contra muros, tapias de cementerios o fachadas de edificios. Pelotones enteros abren fuego.

Los cadáveres quedan donde han caído durante horas, mientras la limpieza sigue por otros puntos de la ciudad. Los pelotones fusilan, recargan y se van a otra pared. Mujeres, ancianos, niños son asesinados por cualquier cosa, como llevar un cubo de agua a alguien señalado como combatiente. Dar de beber al sediento, mis cojones también.

La cosa se prolonga durante días.

Uno de los lugares más conocidos es el Muro de los Federados, en el cementerio de Père-Lachaise, donde centenares de comuneros son fusilados en las últimas horas de la resistencia. Con el tiempo se convertirá en uno de los grandes lugares de memoria de la izquierda europea.

La violencia no termina cuando cesan los disparos en caliente.

Comienza la depuración sistemática.

Las calles se llenan de columnas de prisioneros escoltados por soldados. Son conducidos a parques, patios, cuarteles o descampados improvisados como centros de clasificación. Allí se realizan interrogatorios en los que bastan unos minutos —a veces, segundos— para mandar a alguien al paredón. La decisión puede depender del testimonio de un oficial, de la denuncia de un vecino —porque no todos los encerrados en la ciudad sitiada eran partidarios de la Comuna— o del aspecto físico del detenido. Los considerados peligrosos son separados del resto. Poco después serán ejecutados.

En algunos lugares, las mitrailleuses —armas de repetición precursoras de la ametralladora moderna— se utilizan para abatir grupos de prisioneros, aunque la mayor parte de las ejecuciones se realizan mediante pelotones de fusilamiento. El objetivo ya no es vencer militarmente a La Comuna, sino destruir su capacidad de volver a existir.

Las cifras siguen siendo objeto de debate entre los historiadores.

La propaganda de ambos bandos exageró o minimizó los números según sus intereses.

Las investigaciones actuales suelen situar el número de muertos durante la Semana Sangrienta y la represión inmediata entre 10.000 y 20.000 personas, aunque algunos estudios han defendido cifras superiores. A ellas se añadieron decenas de miles de detenidos, miles de condenas y varios miles de deportaciones a Nueva Caledonia, donde muchos supervivientes pasarían años de destierro.

Y así es como llegamos a uno de los grandes puntos de inflexión de la historia revolucionaria.

La revolución se enfrentaba ahora al Estado moderno.

Y el Estado moderno era mucho más eficiente.

También más letal.

La derrota de La Comuna no fue solo el final de un experimento político. Demostró que las barricadas, por sí solas, habían dejado de ser suficientes. El equilibrio entre Revolución y Estado acababa de cambiar para siempre.



Epílogo

La Comuna enseñó tanto a los revolucionarios como a sus adversarios. Los primeros comprendieron que necesitaban organizaciones aún más sólidas, cuadros mejor formados y estrategias de largo plazo. Los segundos descubrieron que la combinación de fuerza militar, burocracia eficaz y control del espacio urbano podía sofocar incluso una insurrección profundamente arraigada.

Así, la Semana Sangrienta cerró la era de las grandes revoluciones románticas nacidas en las barricadas y abrió el camino hacia una nueva política, mucho más organizada, más ideológica y también más consciente de la capacidad destructiva del Estado moderno.

También pone fin al primer acto de esta loca historia en la que me he embarcado.

Una peli y un libro

Aunque La Comuna de París es uno de los acontecimientos históricos y políticos de la historia de la humanidad, no existen películas comerciales que traten el tema. Sí que hay varios libros. No obstante, me voy a limitar a recomendar uno de cada.

La Comune (París, 1871)
Rodada como si un documental moderno estuviera cubriendo los hechos en vivo desde el minuto uno. De más de cinco horas de duración. Con toneladas de documentación histórica y actores mezclados con ciudadanos corrientes. A veces puede verse en filmotecas o actos organizados. Tienes la primera parte aquí, en perfecto español.

Masacre. Vida y muerte en la Comuna de París de 1871 (John Merriman)
Si solo puedes leer un libro sobre el tema, que sea este. Y no digo más.

Un comunero herido espera junto a una tapia. Frente a él, un joven soldado del ejército de Versalles prepara el pelotón.
—¿Sabes por qué lucho? —le dice con la espalda apretada en los ladrilos.
Niega con la cabeza el otro, sin ateverse a mirarlo.
—Porque quiero cambiar el mundo.
El muchacho se gira hacia él y baja el fusil un instante.
—Yo también.
—Entonces... ¿por qué estás ahí enfrente?
Una breve mirada del soldado a sus compañeros. Solo eso.
—Porque me dijeron que tú querías destruirlo.
Silencio.
Los dos comprenden que la conversación ha terminado mucho antes de que suene la descarga.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#30
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#31
VII. España y las guerras carlistas (1833-1873)

¿Qué estuvo pasando en España durante los casi cincuenta años que separan la Restauración de la Comuna de París, Peck?

Nada. Solo tres guerras carlistas y un cambio de gobierno cada pocos años… de esos que acaban con su poco de derramamiento de sangre. Porque, puesto a matar, el español de verdad, el que se viste por los pies, prefiere hacerlo sin salir de casa. Cuando no vienen los Cien Mil Hijos de San Luis a masacrarnos, ya nos masacramos nosotros solitos sin ayuda de nadie.

¿Por qué?

Al principio, por problemas de sucesión.

Y luego ya… por pura mala hostia y rencor acumulado durante años, aunque motivos políticos no faltaran o faltasen.

Si hacemos una cuenta simple, nos damos cuenta de que son cuarenta años de levantamientos, pronunciamientos y campaña militar viene, campaña militar va. Eso abarca como mínimo un par de generaciones de españolitos enfrentados a otros españolitos y, quieras que no, deja cierta huella psicológica y emocional en la población de un país, incluso el más abierto. Por desgracia, España nunca ha sido el más abierto en nada. Así que la huella todavía la seguimos arrastrando.

Pero no nos adelantemos. Mejor vamos paso a paso.



La Primera Guerra Carlista (1833-1840)

Si alguna vez te has preguntado de dónde vienen las dos españas pero no has llegado a una conclusión clara al respecto, deja que te ayude.

De aquí.

De aquí mismo.

En 1830, Fernando VII se empieza a oler que no le queda mucho de vida. No tiene hijo varón, y estamos bajo la Ley Sálica, que impide a las mujeres acceder al trono. Así que, para asegurar la continuidad de su estirpe, aprueba la Pragmática Sanción —vive Dios que el nombre era tan apropiado como descriptivo—, que anula dicha ley y permitirá que su hija Isabel —recién nacida de su cuarta esposa: María Cristina de Borbón— reciba la corona tras su muerte.

El infante Carlos María Isidro, hermano de Fernando, tiene cuarenta y cinco años. Había sido el heredero al trono hasta ese preciso momento. Como que se había hecho a la idea de que iba ser el califa en lugar del califa, que diría Iznogud.

Y empiezan las intrigas.

Los partidarios de Carlos denuncian que la Pragmática Sanción es ilegal. Acusan a María Cristina de pelandrusca. Dicen que se ayunta con el guardia de corps Agustín Fernando Muñoz —motivo por el cual se refieren a ella como «La Muñoza»—, que acumula riquezas ilegítimas para cuando se las tenga que llevar al exilio, que traiciona los principios del absolutismo al aliarse con los liberales —masones— para mantenerse en el poder.

Los Liberales están deseando acabar con la monarquía. Y, si no pueden hacerlo, al menos quieren asegurarse de que la controlan desde cerca. La ocasión para proteger el régimen constitucional se la están poniendo a huevo. Así que apoyan a Isabel II y a su madre. Cuando los otros se lo afean, ellos afirman que tan solo se está restaurando la tradición castellana anterior a los Borbones. Y dime tú qué hay más español que Carlos IV coño. Bueno, vale. Los afrancesados le obligamos abdicar en 1808, cuando llegó el corso cabrón, pero cállate la boca, coño.

Ya tenemos a España partidita en dos.

Carlistas contra Liberales.

Los primeros representan la tradición monárquica, el catolicismo, los fueros, el orden antiguo. Los segundos, las ideas reformistas, la centralización, el constitucionalismo, el Estado moderno. Y en esas andamos, conspiración va, maniobra de la masonería viene, hasta que, a principios de 1833, oliendo que a Fernando le quedan meses, Carlos se retracta y dice que nones, que eso de la Pragmática Sanción es una chorrada y que no traga. Él será rey de España o no será nada.

En marzo de 1833, recibe la orden de abandonar España para fijar su residencia en los Estados Pontificios. Está previsto que zarpe del puerto de Cádiz, pero una epidemia de cólera lo impide y su comitiva tiene que desviarse a Lisboa. Ya en Portugal, se apoya en sus vínculos familiares con la dinastía reinante y se apalanca allí. Ni deja la península, ni regresa a Madrid para jurar fidelidad a Isabel. Su hermano le confisca los bienes y le envía una fragata con 400.000 reales, que le serán entregados una vez haya zarpado, para que se vaya de una puta vez. El jodido no solo no zarpa, sino que anuncia a los principales gobiernos europeos su decisión firme de no renunciar al trono. Por ahí —por Lisboa, digo— anda el obispo Joaquín Abarca, que había sido desterrado tiempo antes y tenía muy mala leche.

Cisco montado.

Fernando estira la pata el 29 de septiembre de 1873 a los cuarenta y ocho años —los que cumplo yo dentro de dos meses, me cago en la puta—. Carlos emite el Manifiesto de Abrantes el 1 de octubre. En él declara que sube al trono como Carlos V por sus dos santos cojonazos. El primer levantamiento civil en favor de los carlistas se produce al día siguiente, en Talavera de la reina.  El 6 de octubre el general Santos Ladrón de Cegama proclama a don Carlos rey en Tricio (La Rioja). Se les unen la princesa de Beira, el general Cabañas y otros muchos españoles. Se organizan fuerzas a las órdenes de Vicente González Moreno y Rafael Maroto Yserns.

Empiezan los combates y las tropas isabelinas obtienen varias victorias, casi siempre de la mano del coronel Manuel Lorenzo Oterino, salmantino que se había destacado como soldado en 1815, cuando la independencia venezolana. Hace prisionero al general De Cernaga en la batalla de Los Arcos (Navarra), lo que le vale el rango de mariscal de campo y lo lleva a asumir el mando de la División de Vanguardia del Ejército del Norte. Se incorpora en Logroño y marcha hacia Vitoria el 20 de noviembre.

Apenas un mes antes, el 25 de octubre, Isabel II, que solo tiene tres añitos, es proclamada reina en Madrid con su madre como regente. Se pública un decreto de desarme general para los carlistas, que dicen que verdes las han segado. Esto aumenta las tropas carlistas por un efecto rebote, porque Francia, Reino Unido y Portugal apoyan la causa de la reina. Y el españolito de a pie les tiene a todos ellos un paquete que te rilas la pata abajo. «Será un hijo de puta, pero es mi hijo de puta», ya sabes.

La guerra va a durar siete años y dejará unos 150.000 muertos, aproximadamente. Sus principales escenarios van a ser el País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña y el Maestrazgo —lo que viene a ser Teruel, Valencia y Castellón—, donde el apoyo carlista era especialmente fuerte. Los vascos de entonces, uña y carne con la monarquía absolutista más rancia de España. Lo que son las cosas, ¿eh? Figuras como la de Tomás de Zumalacárregi, brillante estratega experto en guerra de guerrillas o Ramón Cabrera, conocido como el Tigre del Maestrazgo, fueron de las más destacadas. El primero murió en 1835, durante el sitio de Bilbao. El segundo va a vivir para dar bastante batalla durante la segunda guerra carlista.

Tras una guerra de desgaste sin un vencedor claro, el conflicto termina con la firma del Convenio de Vergara entre el general liberal Baldomero Espartero (1839) —el del caballo de los huevos como balones, si conoces la estatua— y Rafael Maroto. El acuerdo permite la integración de buena parte del ejército carlista en el isabelino, y, aunque Cabrera va a seguir luchando un poco más en su zona, la derrota definitiva le llega en 1840.

Carlos María acaba exiliado en 1839 y en 1845 abdica en su hijo Carlos Luis, con la enfermiza intención de que se case con su prima Isabel en el futuro. No va a pasar. Muere en Trieste, entonces el imperio austríaco, en 1855.

España y los pronunciamientos (1840-1868)

Lo que sigue a la Primera Guerra Carlista son unos años de puro surrealismo.

Cada poco tiempo viene otro golpe.

No siempre violento, pero molesto, qué leches.

El propio Espartero, el héroe nacional del momento tras la firma de lo de Vergara, se levanta contra María Cristina porque, una vez tiene el poder legitimado, la regente se apoya sobre todo en los liberales moderados para gobernar, y él, que es del ala progresista, se encabrona. Quiere más derechos para el pueblo, más peso para las Cortes y menos para la Corona.

Se declara en contra de la Ley de Ayuntamientos de 1840, que permite al Gobierno nombrar a los alcaldes de las ciudades, restando así autonomía a los poderes locales. Hay levantamientos progresistas el verano de ese mismo año en varias ciudades. María Luisa le ordena a Espartero que los sofoque y él se niega. La regente no tarda en comprender que su posición no es sostenible y se exilia a Francia. Espartero toma el poder como nuevo regente hasta 1843, año en el que él mismo tiene que exiliarse por pasarse de autoritario. Tanto moderados como progresistas le hacen varios pronunciamientos, le dan estopa un par de veces en batalla y acaba captando la indirecta.

Entre los generales más destacados que derrotaron a Espartero está Ramón María Narváez. Las cortes declaran a Isabel II mayor de edad a los trece años para evitar una nueva regencia. Pero… ¿quién ocupa el puesto de «regente en lugar del regente»? Exacto. Narváez se va a mantener como presidente del Consejo de Ministros desde 1844 hasta 1854. Su periodo se va a conocer como la Década Moderada —Espartero era progresista, repito—, y se destaca por declarar la Constitución de 1845 —que refuerza el poder de la Corona—, el Concordato con la Santa Sede —que normaliza las relaciones con la Iglesia tras las desamortizaciones— y la, tachín tachín, creación de la Guardia Civil.

Es en esta década cuando se da la Segunda Guerra Carlista, que solo dura tres añitos y en realidad no cambia nada (1846-1949). El gobierno de Narváez empieza a acumular descontento no por ella, sino porque se multiplican los casos de corrupción y se produce una crisis económica por una serie de circunstancias encadenadas, lo que desemboca en…

La Vicalvarada

El 28 de junio de 1854, el general Leopoldo O’Donnell se subleva en Vicálvaro, cerca de Madrid. Su pronunciamiento fracasa militarmente y este reacciona lanzando el Manifiesto de Manzanares, ayudado por un joven Antonio Cánovas del Castillo, el tipo que años después va a restaurar la monarquía borbónica. ¿Te parece que no tiene puto sentido? Con razón. Porque, de momento, el manifiesto promete reducir impuestos, combatir la corrupción, convocar nuevas Cortes y reformar el sistema político… todo ello respetando la monarquía. Un picadito capaz de atraer tanto a moderados como a progresistas.

La cosa prende. Aparecen juntas revolucionarias en varias ciudades. Se ven barricadas. Hay levantamientos populares. ¿Y quién vuelve del exilio para salvar a Isabel II?

The. Fucking. Espartero. Rises. Again.

Estaba en Londres. Así que, Baldomero, pies para que os quiero, que tienes que volver del retiro para formar gobierno por petición de su majestad la reina. Vuelve a casa el 28 de julio y es recibido como la selección tras ganar el mundial. Él y O’Donnell se abrazan ante la multitud y comienza el Bienio Progresista (18554-1856), que se va al carajo porque, aprovechando unas huelgas en Cataluña, O’Donell utiliza al ejército para desplazar al hijo pródigo, quien se retira de la política y la vida pública para no volver.

Llegamos a la Unión Liberal de O’Donnell (1856-1863).

Te dije que iba a ser surrealista.

Tras apartar a Espartero, O’Donnel funda la Unión Liberal, un partido de centro que intenta reconciliar a moderados y progresistas. Pese a que ya sabemos lo bien que suelen funcionar los partidos de centro en España, este llega a ser uno de los más estables del reinado de Isabel II. Y más si tenemos en cuenta que durante estos años se producen la Guerra de África (1859-1860) y las expediciones militares a Mexico, la Conchichina —no es coña, te lo juro— y Santo Domingo, que podrían haberle salido caras a O’Donnell, pero, en cambio, lo refuerzan.

Sin embargo, nada dura eternamente, y hay una desaceleración económica, la corrupción sigue creciendo —¡Donde hay masones hay ladrones!— empiezan a verse enfrentamientos dentro de la Unión Liberal y la reina le dice a O’Donnell que muchas gracias, pero que prefiere que vuelva Narváez. Este va y viene del poder varias veces entre 1864 y 1868. La cosa no termina de cuajar.

Y llega Juan Prim y Prats, marqués de los Castillejos. General. Masón. Afiliado al Gran Oriente Español dentro del Rito Escocés con grado 33 como Maestro Sublime Perfecto. Suena de la leche, pero sigo sin tener claro qué significa, más allá del hecho de que tiene un chingo de influencia y poder. Prim es moderado de toda la vida y en su día luchó en la Primera Guerra Carlista, además de haberse destacado en la de África. Intenta reformar el sistema desde dentro, pero se da cuenta de una cosa: con el craco de Isabel no es posible construir una monarquía constitucional.

No hay que cambiar el gobierno.

Hay que cambiar el régimen.

Puta niña de los cojones.

Por mediación de Prim, Progresistas y Demócratas firman el Pacto de Ostende, cuyo objetivo ya no es restituir a un Narváez o a un O’Donnel, sino derribar a Isabel II, convocar Cortes elegidas por sufragio universal —masculino, ya sabes— y decidir después qué forma va a tener el nuevo Gobierno de SsspañaQuiere Dios que O’Donnell la rosque en 1867, de modo que sus partidarios se terminan uniendo también a la conspiración de la mano del general Francisco Serrano. Quédate con su nombre.

Sin casi oposición alguna, llega la Revolución Gloriosa (1868) de Prim, que de ego iba servido. Por supuesto que hay sangre. Pero, con la ayuda de Serrano y Juan Bautista Topete, la Gloriosa vence en la batalla de Alcolea y la niña Isabel, que para entonces tiene ya casi cuarenta tacos y alguna que otra cana en la fañagüeta, se nos exilia a Francia.

La Tercera Guerra Carlista y la Primera República (1872-1876)

Tras la huida de Isabel comienza el llamado Sexenio Democrático (1868-1874), porque Prim ni quería república, ni quería absolutismo; quería una monarquía democrática. Pero con un rey en condiciones, no con una niña coñona medio retrasada. Así que toca buscar un nuevo candidato, y por ahí anda un tal Amadeo de Saboya. Mas hete aquí que Prim es asesinado el 27 de diciembre de 1871, días antes de que Amadeo llegue a España.

Sufre una emboscada con armas de fuego que le deja varios tiros en el cuerpo. Pero, como había que asegurar, lo estrangulan y le meten una mojada en el corazón, mortal de necesidad, en el lecho donde le trataban las heridas. ¿El instigador? Francisco Serrano —te dije que te quedaras con su nombre—. Al menos, según Paco Pérez Abellán, que acabó llegando a esa conclusión tras estudiar la momia entre 2012 y 2013.

Para cuando llega Amadeo, la cosa está revuelta de cojones.

Prim muerto.

Los monárquicos borbones conspirando para restaurar a Alfonso, hijo de Isabel II, en el trono.

Los republicanos rechazando la monarquía.

Los partidos que han llevado a cabo la Gloriosa, divididos.

Y, para rematar, los carlistas le declaran la guerra. Al él. A Amadeo en persona.

Total, que el de Saboya se las pira en menos de dos años y el 11 de febrero de 1873 llegamos a la Primera República.

Lo tiene mal para arraigar, porque la Tercera Guerra Carlista no termina cuando Amadeo se va, a lo que hay que sumar insurrecciones cantonales, que los 
carlistas tienen un nuevo pretendiente al trono —Carlos María de Borbón y Austria-Este, un bigardo de la leche, de estos que te dan una hostia y te visten de torero— y que este se hace con el control de Navarra, País Vasco, el interior de Cataluña y el Maestrazgo: las zonas tradicionales de preferencia carlista.

Ah, y la guerra de Cuba. Eso también.

Todo a la vez.

Venga, alegría.

España se va descomponiendo mientras la Primera República y la Tercera Guerra Carlista avanzan en paralelo. Carlos María llega a implantar una especie de Estado independiente en los territorios bajo su control, con administración, tribunales, moneda y ejército propios.

La propia república se desgasta desde dentro. Cinco presidentes en once meses. Figueras (febrero-junio de 1873). Pi y Margall (junio-julio de 1873), Salmerón (julio -septiembre de 1873), Castelar (septiembre-enero de 1873) y Pavía (enero de 1874). Entretanto, la cosa se va por completo de madre. Cartagena, Cádiz, Sevilla y Valencia se proclaman cantones independientes. El primero de todos ellos también llega a tener ejército, marina y moneda propios. La república independiente de mi casa, como quien dice.

Se acumula tal descontrol que, al final, el general Manuel Pavía entra al Congreso con tropas en enero de 1874 y disuelve las Cortes.

Adiós a la República parlamentaria.

Hola de nuevo, general Serrano.

La Tercera Guerra Carlista acaba el 28 de febrero de 1876, con la derrota y el posterior exilio del pretendiente Carlos VII. Se implanta una especie de «dictadura republicana conservadora». Una cosa que solo de leerla te peta la almendra desde un punto de vista conceptual. Y, en diciembre de ese mismo año, el general Martínez Campos proclama rey al hijo de Isabel II, que será conocido como Alfonso XII de Borbón.

Comienza la Restauración Borbónica (1874-1876).

Y volvemos a tener rey, claro que sí.

Cánovas del Castillo diseña entonces un sistema pensado para que este casi medio siglo de caos no se repita nunca_ever_puto_más. Turno de partidos. Elecciones controladas. Caciquismo. Cosas que se van a mantener hasta la Segunda República del 31.

Al menos tuvo algo bueno.

Acabó con los pronunciamientos.

Epílogo

¿Qué podemos aprender de todo el tocho de hoy?

Pues… que España siempre ha sido un cisco… y que la transición de las sociedades conspirativas a los partidos políticos funcionó regular al principio. Pese a todo, fue cuajando, y, al hacerlo, las logias, la carbonería y demás mandangas fueron perdiendo protagonismo hasta ser más o menos sustituidas por los partidos.

Parece un cambio ínfimo, pero no lo es.

La conspiración deja de ser el medio principal para hacer política y pasa a convivir con —y aquí está lo importante— mecanismos legales de participación. Si pensamos en la cantidad de gente que ha tenido que morir para conseguirlo, no tengo claro si compensa o no. Pero quién soy yo para juzgar, a fin de cuentas.

No obstante, y ya para ir cerrando, quiero hacer notar que el imaginario conspirativo no desaparece. La derecha absolutista va a seguir viendo y denunciando masonería detrás de cada revolución. La izquierda sospechará de camarillas cortesanas o de militares reaccionarios. Forma parte del relato.

¿Tiene España remedio?

Diría que no. Pero… yo qué sé, si solo sé que no sé nada.

Además, la vida no merece tantas preguntas.

Es corta.

Corta.

Corta.



Unas pocas pelis

No es que el cine se haya prodigado mucho sobre este periodo concreto. Primero, porque hablamos de España. Y segundo, porque hablamos de cine español. Pero alguna cosica hay. Rebañando del fondo del barril…

Prim (José Busch, 1930)
Una rareza del cine español que no he visto, pero me gustaría ver. La conozco porque soy persona leída, pero es que ni críticas en Filmaffinity tiene. Si te haces con ella o sabes dónde encontrarla, avisa. No seas rancio.

Crónica de la Guerra Carlista (José María Tudiri, 1988)
Recrea la Tercera Guerra Carlista desde la perspectiva de dos adversarios, para dar la visión de las dos Españas. La tienes troceadita y gratis en YouTube.

Esquilache (Josefina Molina, 1989)
Anterior cronológicamente, pero útil para entender el mundo que el siglo XIX intenta destruir. Monarquía absoluta, reformas ilustradas, resistencia popular, choque entre modernización y tradición. Los ingredientes justos y precisos. Ambientación de la leche. Reparto de la leche. Fotografía de la leche. Concha Velasco está que se sale. No sé por qué no es más conocida, la verdad.

La regenta (Fernando Méndez-Leite, 1995)
Miniserie de tres episodios que adapta la novela de Leopoldo Alas Clarín. No trata el periodo del tocho de hoy, pero sí el posterior, el de la Restauración. Además, sirve como cápsula del tiempo para ver a Aitana Sánchez-Gijón y Carmelo Gómez en sus respectivos primes. El tiempo va que jode.

Prim, el asesinato de la calle del Turco (Miguel Bardem, 2018)
Con Fracesq Orella como el general. No sabía que existía, pero me la he topado buscando para este tocho le voy a poner remedio mañana. Está gratis aquí.

Hale. Suficiente por hoy. Es mu tarde, por muy de vacaciones que esté. A momí.

Madrid. 1874. Dos veteranos, uno carlista y otro liberal, comparten vino en una taberna:
—España necesita progreso.
—España necesita volver a sus raíces.
—Ya tuvimos absolutismo, y no funcionó.
—También tuvimos revoluciones, y fue todavía peor.
—Al final nosotros cambiamos el país.
—Sí. Cada cinco años cambiáis la bandera, la Constitución, el Gobierno y de idea. No, eso último lo hacéis de un día para otro, qué diablos.
—¿Y qué proponéis vosotros?
—Que dejéis de salvar España de una buena vez. Estaba bien antes de que os dejaseis empapar por todas esas ideas extranjeras.
—¡Ja! Eso es lo que os gustaría. Pero, si no lo hacemos nosotros, ¿quién la salvará entonces?
—Supongo que nadie. Y quizá no intentar salvarla sea el único modo de lograr que dejemos de joderla entre unos y otros.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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