14-07-2026, 07:24 PM
(Última modificación: 14-07-2026, 08:00 PM por Peckinpah.
Razón: Porque el formato me ha estado jodiendo la vida durante veinte minutos. Por eso.
)
Como el último post de @Sabandija asquerosa en este hilo me ha hecho reflexionar, he tomado la decisión de dar un paso adelante y abro este espacio. En principio, no pretende ser más que una puerta que abro para posicionarme y, de paso, sugerir una forma que podemos usar para hablar de política por aquí. Siéntete libre de usarlo como te parezca. A ser posible, con responsabilidad.
Sin que a nadie se le abran las carnes para que, a ser posible, no entremos en el despelleje visceral unos con otros. No creo que se fuera a dar el caso, porque somos todos gente con una edad, un cierto grado cultural y no poca empatía. Así que por ese lado estoy bastante seguro de que vamos servidos. Pero tampoco está de más que deje las cosas claras.
Ceo que, mal planteado, un hilo así está condenado al fracaso. Y, para explicar por qué, voy a empezar sacando mi bandera.
Mi posición
Yo de joven era de izquierdas. Luego, con el paso de los años, dejé de serlo. No me he vuelto de derechas, ni abrazado el nazismo ni ningún otro -ismo. Lo que sí he hecho ha sido convertirme en un desencantado de la condición humana. Mi experiencia vital —única, personal, intransferible, tamizada por mi propio sesgo cognitivo— me ha llevado a concluir que, tal y como la entendemos hoy en día, La Política —así, como entelequia— tiene mucho que ver con la religión, el fútbol o el amor romántico: se ha convertido en una cuestión más emocional que racional; en algo que se aleja de la ideología y entronca con el tribalismo.
Como seres humanos, queremos «ser», «importar», «pertenecer», y para ello decidimos «creer». Por eso no me gusta hablar de ninguno de esos temas.
Discutir sobre cuestiones de fe suele llevar antes a la separación que a la unión. Se necesita ser muy civilizado para hablar de según qué cosas sin calentarse.
Volviendo a la política, coincido bastante con la tesis de James H. Billington y su Fuego en las mentes de los hombres: orígenes de la mente revolucionaria (1980). Solo que yo no aplico su principio solo a los revolucionarios, sino a toda la humanidad.
Resumidito: a mi limitado entender, las personas disfrazamos emociones de ideales. Y a menudo lo hacemos sin darnos cuenta. Es una de las muchas formas que nuestro cerebro tiene de engañarnos con el fin de mantenerlos vivos, funcionales y cuerdos.
Y supone, además, una trampa muy jodida. Porque si caemos en ella nos acabamos creyendo nuestra propia mentira.
Estoy con Billington cuando dice que nuestro concepto actual de política arranca en la Revolución Francesa. También lo estoy cuando dice que, después, a lo largo del siglo XIX, el mundo estuvo dominado por una suerte de «fe revolucionaria», en la que La Revolución —de nuevo, como entelequia resaltada en mayúscula inicial— dejó de ser un instrumento político para convertirse en una suerte de «redención social», con sus profetas, sus mártires, su herejes y su promesa de un mundo mejor.
La cuestión es que —y esto ya es de mi cosecha, que también tengo mis momentos de filosofía de WC—, a lo largo de todo el siglo XX esa «fe revolucionaria» ha ido generando otra «fe reaccionaria» que se le opone, y la cosa se va exacerbando, tamizando, radicalizando. Hasta que ambas corrientes acaban por confluir en la misma solución: El Totalitarismo. Y a esto sí que me opongo con todas mis fuerzas, porque no hay nada que me reviente más que el aquí se hace lo que mis huevos toreros mandan. Exprópiese. Inmigrantes caca. Mi policía política. Mis purgas. Mis Noches de los Cuchillos Largos. Añada aquí su proceso dictatorial favorito, si es tan amable.
Para el ciudadano medio, que no tiene capacidad de decisión y cuyo voto individual vale para poco más que una puta mierda en la escala general de las cosas, La Política de hoy es sobre todo una cuestión de sectarismo. A Manolo le sirve para sentirse calentito con otra gente a la que considera afín por una serie de motivos que, a la hora de la verdad, cuando la vida se pone jodida y hay que salir a pelear, a defender los derechos de cada cual o a hacerse partir la cara por el bien común, tienden a olvidarse con una facilidad pasmosa.
A la velocidad de un azucarillo sobre agua hirviendo, más concretamente. Sea Manolo de izquierdas o de derechas.
Izquierda y Derecha
La distinción entre Izquierda y Derecha nace de la Asamblea Nacional de 1789. Venimos de una Revolución Francesa que nos han contado muy por encima, escondiendo una enorme serie de aberraciones, matanzas, masacres y barbaridades de todo tipo —antes y después de la susodicha, pero sobre todo después— que se viene gestando desde hace varios años. Tantos como dieciséis.
Imagínate que, donde vives, se encadenan una serie de catástrofes. Ruina económica del país. Malas cosechas. Un gobierno inoperante. Los privilegiados viven cada vez mejor y gastan hasta lo que no hay mientras tú estás cada vez más jodido. El agua del caldero en el que vives va hirviendo poco a poco y tú te cueces en él. Hasta que se lía una pajarraca y, un día, toda la gente que conoces se ha dividido en dos bandos. Tu vecino, tu hermana, tu primo la están emprendiendo a cuchilladas con todo lo que se les pone por delante. A lo mejor, contra tu mujer, tus hijos, tus padres; tú mismo. Porque sí. Porque la cosa ha ido escalando y hasta puede que haya casos de canibalismo a consecuencia de hambrunas. Así de jodido está el tema.
Asamblea Nacional, decía. Dos bandos. Los partidarios del veto real y de una monarquía fuerte se sientan a la derecha del presidente. Los partidarios de transformar el sistema, a la izquierda. Ya tenemos el cisco montado. Va a ponerse peor durante los próximos tres siglos.
Porque, de algún modo, los de la Izquierda y los de la Derecha están más o menos por la labor de mantener un «contrato social», un statu quo, unos mínimos razonables, una suerte de orden social que siempre va a acabar jodiendo a alguna de las partes —idealmente, a las dos, para que no se produzcan abusos muy exagerados hacia ninguno de los extremos—, pero al mismo tiempo impida que las cosas acaben de forma trágica.
El concepto de Revolución, no obstante, ya ha nacido. Va a mutar. Se va a multiplicar. Y no le interesa mantener el statu quo. Le interesa reventarlo.
Siempre.
¿A dónde cojones voy con todo esto?
La posible forma de hablar de política por aquí
Me la pusieron a huevo el otro día, porque en un canal de televisión en abierto estaban pasando la película más minusvalorada de Sergio Leone, que de hecho es mi favorita. No digo la mejor, ni la más conocida, ni la más valorada por los críticos. Digo «mi favorita». Punto.
¿Qué película va a ser?
Agáchate, maldito (1971)
Lo siento. Si has llegado hasta aquí, te acabas de comer casi 1200 palabras de introducción. Te juro que no he sido capaz de hacerlo en menos y aun así siento que me dejo un trillón de cosas fuera. Pero la cosa es que he pensado lo siguiente: si te apetece, planteas el tema político que te quema en los dedetes y, para que la cosa no se quede en un parloteo baldío que te sirva de mero desahogo, puedes canalizar todo eso en una película que te haya hecho sentir algo. Así, a través de lo que has pensado, has visto y has sentido, podemos decirnos cosas que no sean «todos los rojos son unos comeniños vendepatrias de mierda» o «todos los fachas son unos ultras cavernícolas». A lo mejor, hasta nos enriquecemos un poquito entre todos.
Más que nada porque ninguna de las afirmaciones anteriores es verdad —la realidad tiene la fea costumbre de ser compleja—. Y porque por ahí no vamos a ninguna parte. O sí que vamos. A llevar el foro a la verga, concretamente.
Así que… Sergio Leone y La Revolución, nenes.
Venimos del Mayo del 68. Muchos estudiantes siguen fascinados con figuras como Fidel Castro, el Che Guevara o Mao Zedong. En Italia comienzan los Años de Plomo. Terrorismo de extrema izquierda y extrema derecha, atentados y una enorme polarización política. En ese contexto, a Pier Paolo Pasoini se lo van a cargar de una forma muy desagradable dentro de unos años, después de estrenar Saló y los 120 días de Sodoma (1975) —gran película para desmenuzar en un tocho político de estos, por cierto—.
Leone es un hombre de izquierdas, pero nunca ha militado ni es partidario de las doctrinas. Desconfía profundamente de los revolucionarios. Porque de joven ha visto cosas. Tenía quince años cuando empezó la Segunda Guerra Mundial y quince cuando terminó. Vivió en Roma la ocupación alemana, los bombardeos y la liberación. Eso lo convirtió en profundamente antibélico. Y la revolución es una llamada a la guerra.
Pasa una cosa muy curiosa con la guerra: sabes cómo y cuándo la empiezas, pero no hay forma de saber qué va a pasar a partir de ahí. Bueno, sí. Que va a haber un montón de muertos de ambos bandos. Y de eso va esta movida.
¿Por qué la Revolución Mexicana?
Porque el llamado «Zapata Western» ya existía. Durante los años sesenta aparecieron muchos westerns italianos ambientados en la Revolución Mexicana donde el héroe acababa abrazando la causa revolucionaria. Leone toma ese género... y prácticamente lo desmonta. En lugar de un héroe revolucionario, presenta dos personajes muy imperfectos:
Juan Miranda, un bandido analfabeto cuya única preocupación inicial es alimentar a su familia.
John Mallory, un antiguo miembro del IRA irlandés y experto en explosivos, que ya ha pagado un precio terrible por creer en la revolución.
Toda la película enfrenta esas dos visiones.
Juan no cree en las revoluciones. Sabe que siempre acaban beneficiando a otro.
John representa el idealismo revolucionario. Ha luchado por Irlanda. Cree que el sacrificio merece la pena. Pero los flashbacks revelan que su propia revolución terminó en traición, muerte y fracaso. La película va destruyendo poco a poco ese idealismo.
Lo interesante es que ninguno de los dos tiene toda la razón.
Juan descubre que es imposible mantenerse completamente al margen de la Historia.
John descubre que las ideas más nobles pueden desembocar en auténticas carnicerías.
Ambos lo pierden todo.
La masacre de la cueva
Llegado cierto momento, los revolucionarios escondidos en una cueva aparecen convertidos en una montaña de cadáveres. No hay heroísmo. No hay gloria. Solo consecuencias. Es la imagen que resume toda la película. Y a mí me pican los ojos cada vez que la veo. Además, está basada en un hecho real: la matanza de las Fosas Ardeatinas.
El 24 de marzo de 1944, tras un atentado de la resistencia italiana en la Via Rasella de Roma, los ocupantes alemanes, dirigidos por Herbert Kappler, ejecutaron una represalia brutal: 335 civiles y prisioneros políticos fueron fusilados en unas canteras situadas a las afueras de Roma. Después hicieron volar la entrada para ocultar los cadáveres.
Leone siempre tuvo muy presente ese tipo de represalias masivas contra personas que, en muchos casos, ni siquiera habían participado en la acción que las había provocado.
La cuestión es que el padre de Sergio, el cineasta Roberto Roberti —efectivamente, fue un nepo baby—, tuvo problemas con el régimen fascista por negarse a colaborar plenamente con él, y la familia vivió de cerca la represión durante aquellos años. Eso hizo que Leone creciera desconfiando de los discursos oficiales, fueran del signo que fueran.
Por eso en casi todas sus películas aparece la misma idea:
Los poderosos hablan de patria, revolución, honor o civilización; quienes acaban muertos son siempre los de abajo.
Lo más llamativo es que Leone no culpa exclusivamente a un bando. Esa es una constante en toda su obra. En El bueno, el feo y el malo retrata la Guerra Civil estadounidense como una maquinaria absurda donde norteños y sureños envían a miles de hombres a morir por un puente sin valor estratégico. Él mismo dijo que quería mostrar la guerra como algo «inútil y estúpido» y desconfiaba de las versiones oficiales de la historia, precisamente porque había crecido bajo un régimen que manipulaba la realidad.
¿Era Leone de izquierdas o de derechas?
Si hubiera que ponerle una etiqueta, probablemente sería la de humanista muy escéptico, que es justo lo que yo aspiro a ser. Era crítico con las injusticias sociales y simpatizaba con posiciones progresistas, pero desconfiaba de los líderes, de los partidos y de los relatos heroicos. Le interesaban más las personas que las ideologías. Él mismo explicó que la Revolución Mexicana le interesaba sobre todo como marco simbólico para contar una historia de amistad y desengaño, no como una defensa de un programa político concreto.
¿Por qué es mi favorita de las suyas? Porque siento que está llena de verdad, que la persona detrás me está contando una historia que siente de corazón, y por eso mismo me hace sentir cosas que ninguna de las otras que hizo pueden. Lo dije al principio de este tocho. La vida es una cuestión de fe. Y, puestos a considerar una, la mía es esa.
Otro día, si tal, otra peli y otra chapa. Lo más probable es que esta iniciativa se quede en solo este post, de todas formas.
Abracete.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
Tal como yo lo veo "Agáchate maldito" (que no es precisamente mi película favorita de Leone) se podría considerar como una precuela de la trilogía del dolar, al menos en lo que a actitud se refiere. En ésta al menos los protagonistas tienen algo parecido a ideales por los que guiarse. En las precedentes los personajes encarnados por Clint Eastwood y compañía pasan olímpicamente de este tema, intuyendo el espectador que ya están más que pelados por la decepción y sólo se mueven "por un puñado de dólares".
A todo esto, estupenda chapa como siempre  .
15-07-2026, 01:30 PM
(Última modificación: 15-07-2026, 08:18 PM por Peckinpah.)
@ Raziel Monsalud, ahora tengo curiosidad por saber cuál es tu favorita.
Fíjate que, hasta hace unos años, lo que más me gustaba de los westerns de Leone era precisamente esa picaresca tan de Espada y Brujería: personajes más o menos amorales (de gris a negro) que están por lo que están, aunque luego alguno haga alguna cosa relativamente "honorable".
Me está rondando la idea de escribir otra chapa sobre la Revolución Francesa, pero no doy con la peli apropiada. Hum.
Oh. Idea. Fuerzas ocultas (1943).
Soy una puta, pero una puta muy cara.
15-07-2026, 05:18 PM
(Última modificación: 15-07-2026, 05:18 PM por Raziel Monsalud.)
Si me lo hubieses preguntado hace unos años habría respondido "Érase una vez en América", pero ha pasado mucho tiempo desde que la vi y ahora soy una persona bastante diferente a aquel entonces por lo que me da mucho miedo volver a verla y que se me caiga (no por que crea que le vaya a ver las costuras sino porque dudo que vuelva a emocionarme con la amistad de los protagonistas como cuando era yo un adolescente).
Así que tiro por lo fácil y menos original: "El bueno, el feo y el malo" es una película que pertenece a ese club de obras de arte que veo en reiteradas ocasiones y no me aburren lo más mínimo a pesar de que me la sé casi de memoria. Algunos del foro comentáis que hay algún momento que se os hace pesada, no es mi caso. Aunque no es un cortometraje precisamente a mí me va como un tiro y disfruto muchísimo de la interacción entre los caraduras que la protagonizan.
15-07-2026, 07:19 PM
(Última modificación: 20-07-2026, 08:31 PM por Peckinpah.)
I. La Revolución Francesa
Ayer ya dejé establecidos dos tipos de fe política: la revolucionaria y la reaccionaria. La chapa de hoy va a centrarse en el concepto de Revolución y en la madre de todas ellas: la francesa. ¿Por qué, Peck? Porque ayer, 14 de julio, fue su aniversario y nosotros —quién sabe si con un poco de ayuda de las poderosas piernas de la Expósito— ganamos a Francia en semifinales. Nah, es mentira. Pero casualidades.
Ah, la Revolución. Esa ruptura radical con el orden establecido que busca transformar la raíz de las estructuras del poder, la política, la economía y la sociedad.
Si bien no es cierto que todas las revoluciones sean iguales, sí que necesitan tres elementos comunes para triunfar:
1. Una crisis (real o ficticia, pero cuanta más base real tenga, mejor)
2. Personas capaces de convertir esa crisis en un relato (demagogos, del griego «dēmos», «pueblo» y «agōgós», «conducir o guiar»; «conducir al pueblo»; la gente que, hablando, pastorea al pueblo)
3. Símbolos que permitan a miles de desconocidos sentirse parte de un propósito superior a ellos mismos (banderas, himnos, mártires, etc.)
Existe un problema social, un descontento, una brasa que arde. Existen también al menos tres niveles de la sociedad: los que están arriba, los que están en medio y los que están abajo. Por lo general, en una revolución, los que están en medio utilizan todos los medios a su alcance para conseguir que los de abajo los ayuden a ponerse arriba. O, al menos, tan arriba como sea posible.
¿Y cómo lo consiguen?
Fomentando el odio. El bonito, maleable odio.
¡Ciudadanos, a las armas!
Si seguimos hablando hoy en día de la Revolución Francesa es porque se supone que derrumba una manera de comprender el mundo. Durante siglos, la monarquía había sido algo más que una institución política: era el vértice visible de un orden considerado natural y, en último término, hipotéticamente destinado por el mismísimo Dios. Desde hacía siglos, la sociedad francesa estaba dividida en estamentos porque se creía que así debía ser; el rey gobernaba porque la tradición y la religión legitimaban su autoridad.
A finales del siglo XVIII, sin embargo, aquella arquitectura empezó a agrietarse. La bancarrota del Estado, las malas cosechas y el hambre hicieron visible una crisis material, pero bajo ella latía otra más profunda: cada vez más franceses habían dejado de creer que el orden heredado fuese inevitable.
Libertad. Igualdad. Fraternidad. Todo eso.
Y así es como se prepara una revolución. Afina el ojo y luego me dices si el proceso te resulta familiar.
Es el 12 de julio de 1789. París tiene hambre. Camille Desmoulins (1760-1794), probablemente el primer gran agitador francés, se sube a una mesa del Café de Foy, en el Palais-Royal, y pronuncia un discurso —según algunos historiadores, improvisado—. Dice que Jacques Necker, el ministro de Hacienda de Luis XVI, ha sido destituido. Afirma que se prepara una matanza. Llama al pueblo a armarse. Aquella intervención desencadena enormes manifestaciones. Dos días después, La Bastilla cae.
Aquí vemos un mecanismo secuencial muy moderno.
1. Noticia
2. Interpretación
3. Emoción
4. Movilización
No basta con informar al pueblo. Hay que provocar una reacción en él, ponerlo en movimiento hacia la dirección deseada. Desde el «Vive la Nation!» al «¡Se puede decir Begoño!», pasando por el «¡A las barricadas!», el «¡Paz, pan y tierra!» y cualquier otro que se te ocurra, el mecanismo es idéntico: te caliento los cojones hasta que saltas.
Por supuesto, para que esto funcione, primero tienes que haber abonado bien el terreno. Jean-Paul Marat (1743-1793) lleva tiempo publicando artículos tremendamente agresivos desde su periódico, L’Ami du peuple, en los que habla constantemente de conspiraciones, traidores, aristócratas ocultos, ministros corruptos, enemigos infiltrados. No pretende convencer a nadie mediante argumentos sólidos o razonamientos complejos. Quiere tenerte crispado, alerta y de mala hostia.
Marat es bueno en lo suyo, pero Jacques-René Hébert (1757-1794), director de Le Père Duchesne, conecta mejor con el pueblo, porque escribe con un tono más cercano a su forma de hablar. Usa lenguaje vulgar, lleno de insultos y muy grosero para los estándares de la época. Se dirige a los artesanos y los obreros. Se adapta a ellos. Una de sus citas más famosas es: «¡La patria, la puta patria! Los comerciantes no tienen ninguna».
Y luego tenemos a Robespierre (1758-1794). El líder de los jacobinos. Los que se sientan a la Izquierda. Conocido como El Incorruptible, constantemente habla de moral, virtud, pueblo, corrupción, República, enemigos internos. Plantea todo desde términos éticos, no políticos. Está por encima de ti y de todos los demás. La Revolución es su fe, lo que lo convierte, casi a todos los efectos, en un mesías.
Los mecanismos
Ya hemos visto a algunos de los demagogos. Veamos ahora las herramientas. Periódicos, obvio. Hemos nombrado unos pocos, pero en pocos años aparecen un montón de cabeceras en todo el país. Tantas, que algunas sobreviven solo unas semanas. Aparecen y desaparecen, mutan, pero se mantienen ahí a diario, cumpliendo la función fundamental de crear un fenómeno nuevo y vital para producir el cambio: la opinión pública.
¿Te suena este aforismo?: «Hace tiempo que la opinión pública es la peor de todas las opiniones». Se le atribuye póstumamente a Nicolás Chamfort (1741-1794) y se hizo pública en 1795, un año después de su muerte.
No sé si te vas dando cuenta de que casi todos los nombres que van saliendo a la palestra cascan en 1794. ¿Qué pasaría ese año? Luego lo vemos. De momento, más herramientas.
Los panfletos. Imprescindibles. Casi nadie sabe leer, pero todo el mundo se pude reír de un dibujico, una viñeta, un chiste. Se imprimen a millones, son baratos de producir y accesibles hasta para el más idiota.
Los rumores. La revolución vive de la circulación constante de relatos. Tabernas, catacumbas —en las de París vivía todo un submundo—, mercados, fiestas. Este último contexto se infravalora. Pero las fiestas revolucionarias crean comunidad, apartan a la gente de las iglesias y generan memoria y contactos personales reales. Echas un polvo. Conoces a un par de tíos que parecen legales. Te emborrachas. Te haces colega de. Acabas metido en el ambiente.
Las canciones. La Marsellesa, sí. Pero no solo. Había cientos de ellas. Y estaban vivas. Los estribillos permanecían para hacerlas reconocibles, pero el resto de las estrofas se adaptaban al momento. Algunas de ellas han llegado a nuestros días, debidamente modificadas a su momento social, como Le ça ira que versionó Edith Piaf.
Ironías de la vida. Una frase de Benjamin Franklin sirvió de inspiración para una de las canciones señeras de la Revolución Francesa, y fue precisamente el apoyo de Francia a la a Revolución de los Estados Unidos —propiciado por Franklin— lo que arruinó al Estado francés en 1788. Si te va la conspiranoia, ahí tienes para darle vueltas un rato.
Un poco de odio
No hay revolución sin enemigo, apañero. El enemigo se construye. Y va cambiando. En 1789 son los privilegiados. En 1790, los nobles. En 1791, el rey. En 1792, los emigrados (traidores de la Patria y el Pueblo), en 1793, los girondinos, los sacerdotes refractarios —ahora te cuento esa—, los vendeanos, los tibios, los acaparadores, los sospechosos y todo el que no piense como yo, cagonlaputadedios.
Aquello fue un baño de sangre que duró años. El revolucionario deja de ser un simple opositor a un régimen y pasa a verse a sí mismo como elegido, portador de la verdad, miembro de una vanguardia y, dependiendo del caso y la revolución en sí, mensajero de Dios. Porque el pueblo necesita que lo conduzcan. ¿Se te parece esto algo a la Guerra Civil Española, a la Revolución Bolchevique, a la de Villa y Zapata, a la de los Jemeres Rojos? ¿Ves rasgos comunes?
¿Izquierda, Derecha o Condición Humana?
La cosa se nos va a ir completamente de las manos en marzo de 1793. Estalla la Guerra de la Vendée. Una guerra civil local, a consecuencia de la Revolución Francesa, sí. De esto no suelen hablar ni en las películas ni en los libros de historia porque revienta un poco el relato de «Libertad, Igualdad, Fraternidad = Democracia Actual». Más que nada porque libertad nunca hubo, la igualdad no existe —existen infinitos grados de diferencia—, y la fraternidad… La fraternité, mon cul, citoyen. Fraternidad, mis cojones, vamos.
La Vendée era una región rural del este. La chispa se empieza a prender allí en 1790, cuando el Nuevo Estado Revolucionario obliga al clero a jurar fidelidad a la Nueva Constitución de la República. Sobre el papel, Dios ya no está por encima del Pueblo. Obviamente, la cosa no termina de cuajar —«fe revolucionaria» contra «fe reaccionaria», si te acuerdas de lo de ayer—. Muchos sacerdotes se niegan a pasar por el aro. Buena parte del pueblo, que se siente católica de toda la vida, se pone de su parte. La Revolución se fractura. Están los católicos y los anticatólicos, así que ya tenemos una fractura dentro de otra fractura.
La cosa empieza a embarrarse, porque se intenta establecer una leva obligatoria de 300.000 hombres para atender una guerra exterior que surge de manera muy inconveniente —ningún acontecimiento histórico sucede en un compartimento temporal estanco, pero en los libros de historia se estudian por separado temas que, a menudo, se solaparon en la vida real— y, como ya tenemos a unos partidarios de abolir el catolicismo y a otros que están por la labor de defenderlo, pues habemus chocho. Algunos, con el calentón, hasta se declaran fieles a Luis XVI, y no de unos pijos ilustrados de la capital, que para venir a tocar los huevos al campo bien se podían haber quedado en su casa, digo yo.
Para 1793 ya hay un ejército organizado y compuesto en su mayoría por campesinos locales que se oponen a la Revolución. Los insurgentes consiguen victorias sorprendentes. Llegan a conquistar varias ciudades. Durante unos meses parece posible una guerra civil a gran escala. A finales de ese año, la República reorganiza el ejército. Derrota militarmente a los vendeanos en Cholet y después en Savenay. La gran insurrección queda prácticamente destruida.
Las Columnas Infernales
Invierno de 1793-1794. El general Louis Marie Turreau pone en marcha una estrategia de devastación. Su misión consiste en recorrer la Vendée destruyendo aldeas, cosechas, ganado, refugios. Se producen incendios masivos, ejecuciones, violaciones, fusilamientos. No se perdona a nadie. Como decían en 13 asesinos, «masacre total». Además, las cárceles de Nantes —desde donde se gestiona todo el cotarro— están llenas. De vendeanos, de sacerdotes refractarios, de sospechosos de colaborar con insurrectos, de mujeres, ancianos y niños. Esto es insalubre. Vamos a pillar un tifus o algo peor. Tenemos que quitarnos a toda esta peña de encima. Y rapidito, que queda mucho por matar.
Los fusilamientos son lentos, caros; gastan munición. Traer una guillotina solo para esto resulta inviable, y también lento debido a la cantidad de gente que tenemos enchiquerada. Así que a Jean-Baptiste Carrier, el representante de la Convención de Nantes, se le ocurre una idea genial: las llamadas noyades de Nantes. Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Ahogamientos_de_Nantes
Cargamos barcazas llenas de prisioneros y las llevamos al punto más profundo del río. Atamos a los prisioneros las propias naves. Abrimos agujeros en los cascos. Las barcazas se hunden. Los prisioneros se ahogan.
Fin del problema.
Las estimaciones varían, pero la mayoría de los historiadores sitúan el número de víctimas de estos ahogamientos en torno a entre 1.800 y 4.000 personas, dentro de una represión mucho más amplia en Nantes. Un poco incómodo para un relato oficial que ha usado la Revolución como el acto fundacional de la moderna nación de Francia
Si te sirve de consuelo saberlo, Carrier termina en la guillotina.
La Revolución devora a sus hijos
Los jacobinos se decían enemigos del rey y amigos del pueblo, pero, cada vez que una parte del pueblo se declaraba en contra de alguna de las ocurrencias de Robespierre y los suyos, lo guillotinaban sin pensárselo dos veces. Eso, por alguna razón, tendió a predisponer al pueblo en su contra. Cuando la pregunta dejó de ser «quién está en contra de La Revolución» y pasó a ser «quién no es lo bastante revolucionario», todo el monte fue orégano.
Primero caen los girondinos en 1793. También son republicanos, pero más moderados que los jacobinos. Los acusan de debilidad ante el enemigo, federalismo y traición. Muchos son expulsados del país. El resto, guillotina. La mayoría habían sido partidarios radicales en 1789. El karma es un hijo de puta.
Pero la fiesta grande viene en 1794. Ese año, la guillotina trabaja a destajo —guiño-guiño, codazo-codazo—. El primero en caer es Jacques-René Hébert. El hombre de Le Père Duchesne. El portavoz de la calle parisina. Robespierre considera que su movimiento amenaza la República. Lo acusa de extremismo y lo manda guillotinar el 24 de marzo de 1794. El mismo hombre que había pedido miles de ejecuciones acaba con la cabeza por los suelos.
El 5 de abril de 1794, le toca a Georges-Jacques Danton. Danton había sido uno de los grandes protagonistas de 1792: caída de la monarquía, defensa de la República, guerra contra Europa. P'alante con todo, nano, claro que sí. Pero empieza a pedir moderación. Dice que hay que acabar con el Terror. Para Robespierre, eso equivale a poner en peligro la Revolución. Según la tradición, sus últimas palabras fueron: «No olvides mostrar mi cabeza al pueblo. Merece la pena verla». Me suena a fardada, pero, sea apócrifa o no, la cita resume perfectamente la teatralidad política de la época. Además, fue profético cuando dijo:
«Dejo todo hecho un desastre. Ninguno de ellos tiene idea de lo que es gobernar. Robespierre me seguirá; yo lo arrastro hacia abajo»
9 de Termidor del año II (27 de julio de 1794). Robespierre, calienta, que sales. El hombre que había dirigido el Terror termina acusado de querer convertirse en dictador. La Convención se vuelve contra él. Intenta movilizar a sus seguidores. Fracasa. Es detenido. 28 de julio. Guillotinado. Con él caen: Saint-Just, Couthon, otros miembros del núcleo jacobino.
¿Por qué ocurre esto?
Aquí está la clave que enlaza con el libro de Billington que mencionaba ayer. Una revolución basada en la idea de una regeneración absoluta tiene un problema: si la sociedad perfecta no llega, alguien tiene que explicar por qué. Y aparecen los enemigos. Cuando se acaban los enemigos, solo quedan los amigos, y los amigos no son yo. Si alguien tiene que quedar vivo y en el poder después de esto, por mis cojones que voy a ser yo. La Vendrée no fue un caso aislado. Solo un ejemplo paradigmático.
Unas pocas películas
Llegado a este punto de tochardo, he de decir que no existe una especie de «película definitiva sobre la Revolución Francesa». Es demasiado compleja, duró demasiados años, es muy difícil no tratarla desde un punto de vista parcial y estuvo llena de cosas sórdidas y muy jodidas, que quedan fatal cuando el Ministerio de Cultura de turno te tiene que financiar parte de la peli o su totalidad. Además, a la peña no le gustan los relatos complejos, que es exactamente el motivo por el que solo dos o tres personas se van a leer esto hasta el final. Menos mal que lo hago por terapia.
El caso es que alguna cosilla sí podemos rascar:
Danton (1983), de Andrzej Wajda
Una auténtica maravilla. Pero no trata sobre toda la Revolución. Se centra en el enfrentamiento entre Danton y Robespierre durante el Terror. Lo interesante es que Wajda, polaco, estaba pensando también en la Polonia comunista. La película plantea una pregunta muy incómoda: ¿Puede una revolución sobrevivir sin convertirse en una máquina de devorar a sus propios hijos?
Depardieu está inmenso.
La Révolution française (1989)
Se rodó para el bicentenario, dura unas seis horas (dividida en dos partes) y tuvo un presupuesto enorme. Lo mejor es que intenta ser coral. No convierte a Robespierre en un demonio ni a Luis XVI en un santo. Muestra la bancarrota del Estado, el hambre, la toma de la Bastilla, la Asamblea, la guerra, el Terror, las luchas internas entre revolucionarios. No es perfecta —hay cierta corrección política propia de finales de los ochenta—, pero sigue siendo probablemente la representación cinematográfica más equilibrada que existe. En España pasó bastante desapercibida y hoy cuesta encontrarla incluso pirata.
L'Anglaise et le Duc (2001), de Éric Rohmer
Es muy polémica. ¿Por qué? Porque cuenta la Revolución desde el punto de vista de una aristócrata que intenta sobrevivir al Terror. Muchos críticos la acusaron de ser contrarrevolucionaria. Rohmer respondió algo muy sencillo: «Solo estoy mostrando un punto de vista que normalmente no aparece». Y tenía parte de razón. No es una defensa del Antiguo Régimen, pero sí recuerda que el Terror también fue una experiencia vivida por miles de personas que no eran caricaturas de nobles perversos.
Un peuple et son roi (2018)
Tiene una virtud enorme. No sigue a los grandes personajes. Sigue al pueblo. Ves cómo piensa un panadero. Una costurera. Un soldado. Un vecino cualquiera. Eso ayuda muchísimo a comprender por qué la Revolución tuvo tanto apoyo popular. Eso sí, tiene cierta simpatía hacia el proceso revolucionario. Es como verte Libertarias. Sabes que imparcial, lo que se dice imparcial, no es.
Hale, niños. Por hoy ya sobra.
—Peck, ¿te escribes estos tochos y los subes en el mismo día?
—Sí. Estoy enfermo, lo sé.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
15-07-2026, 07:36 PM
(Última modificación: 15-07-2026, 07:37 PM por Raziel Monsalud.)
Hoy el sistema de foro no me deja dar más positivos así que queda el tema para mañana. Sólo añadir unas recomendaciones literarias en el tema de las revoluciones que me han quedado para siempre grabadas a fuego en mi cabecita:
-El ciclo de la Revolución Francesa escrito por Dumas padre (ya lo puse en otro hilo así que me limito a realizar copia-pega) que incluye:
-Memorias de un médico.
-El collar de la reina.
-Ángel Pitou.
-La condesa de Charny.
-El caballero de casa roja.
-Si queréis aprender como se construyen conspiraciones, enemigos del pueblo y otras conjuras: El cementerio de Praga de Umberto Eco.
-Si os apetece ver como son los padres y protagonistas de una revolución vistos desde la desencantada visión de Dostoievski es muy recomendable la lectura de Los diablos (o Los endemoniados o Los poseídos según la edición que pilléis).
Solo diré que me pareces un genio, y que 'Danton' es una película fantástica. ¿Veis? Un forero ha convertido un posible espacio para hablar de política en esto.
Somos los mejores.
@ Peckinpah Siento no haber podido leer todo tu mensaje, igual mas adelante me leo el resto porque desde luego me interesa ya que hablas de una pelicula de Leone de la que no tenia ni idea de que existia. El caso es que queria hacer un matiz importante en todo lo que mencionas.
Cuando ha gobernado realmente la izquiera?, al menos aqui en nuestro pais. Algunos podran pensar que ahora esta gobernando con Pedro Sanchez, pero se equivocan, PSOE siempre ha sido un partido de centro, de hecho lo poco bueno que hizo fue cuando estaba ahi Podemos dandole tirones para que impulsase alguna que otra ayuda economica. Podemos como tal ha tenido sus mierdas tambien, aun sigo juzgandolo cuando saco lo de la "ley de violencia de genero" y para colmo parece que no se esforzo lo mas minimo para quitar de en medio la ley mordaza. Pero el caso es que Podemos, siendo realmente de izquierdas, nunca ha gobernado realmente.
La izquierda pura y dura como tal jama ha estado en España. No quiero decir que esto sea bueno o malo, solo queria matizar ese hecho. Jamas hemos podido comprobar por nosotros mismos si la izquierda podria haber sido mas buena que mala para España, porque nunca la hemos visto gobernar al maximo. Aqui puedo equivocarme, pero tengo entendido que cuando estuvo a punto de hacerlo, tuvimos un golpe de estado que impidio que asi fuera, lo cierto es que ahi me falta informacion, admito que jamas me informe de cuales fueron las causas reales de aquel golpe de estado y creo que en ese sentido muchos en España pecamos de ser muy ignorantes.
De una forma u otra, tengo que decir que en estos momentos, me siento mas que desencantado con la politica en general. No solo porque a dia de hoy arrastramos muchos problemas que el gobierno actual no se molesta en arreglar, si no porque el gobierno que claramente se avecina, no solo no solo va a molestarse en que esto siga siendo igual de mal, si no que ademas amenaza con empeorar las cosas aun mas.
Y luego tenemos la mierda que nos esta tocando que aguantar con un señor naranja al otro lado del charco que no para de jodernos, mientras que el autentico mal que actua en las sombras: Palantir, esta haciendo todo lo que puede para terminar de joder y erosionar la poca democracia que existia. Ahora mismo, mientras todos estamos enfrentados por ideales de puro fanatismo, creyendo que somos los mas listos del mundo en materia de politica, estan aprovechando las principales corporaciones del mundo, en quitar cada vez mas derechos civiles y humanos.
Aplican la maxima de "divide y venceras" y lo pero de todo es que les esta funcionando, es lo malo que pasa con las grandes masas, que son una mayoria que vive en la absoluta ignorancia y se deja llevar por las emociones mas viscerales. Por eso cada vez estoy convencido de una cosa, no es cierto aquello que dicen de que "esto ha pasado porque asi lo hemos querido", como podemos "quererlo" si ni siquiera sabemos realmente la gravedad de las consecuencias de aquello por lo que hemos votado. Nos dejamos arrastrar por el odio, nos creemos la moto que nos vende el partido de turno, sin apenas estudiarlo y llegar a apreciar hasta que punto esta escondiendo otras intenciones mas oscuras.
Esto paso con Alemania cuando llego el partido Nazi al poder, y esto ha pasado cuando Trump llego tambien al poder por segunda vez. Y al final terminamos pagando todos las consecuencias. Estamos ahora mismo a un paso de que pueda darse una tercera guerra mundial...o quizas una guerra interminable contra Rusia y no se cual de los posibles escenarios es peor. Pero una cosa tengo clara, esto nos va a terminar jodiendo hasta cotas inimaginables.
15-07-2026, 09:01 PM
(Última modificación: 15-07-2026, 09:05 PM por Peckinpah.)
@ Raziel Monsalud, hay un par de libros en esa lista que no tenía controlados, y por eso escribir tochos como este merece la pena. Mil gracias por sumar.
@ manuwar, si te digo que ayer no estaba acojonado, te miento. Material explosivo entre las manos. Sin una idea muy clara de cómo ponerlo sobre la mesa, o de si sería siquiera pertinente hacerlo; si merecería la pena la inversión de tiempo. Sabiendo, además, que, para hacerlo bien, el tema tiene una densidad de mil pares de cojones y un post tiene que ser más o menos sintético, no pasar de cierto límite palabras y estar escrito con una cierta ligereza. Son justo las razones por las que caí en parálisis por análisis con el hilo del Relato de Frontera que todavía me da vueltas en la cabeza, y del que los posts de este hilo podrían haber formado parte prefectamente. Pero... hoy le di un par de vueltas y, de repente, he visto el camino, el tono, la forma. Tengo momentos de la historia pensados, películas concretas. Una puta locura, a fin de cuentas.
@ hunk39, lo que comentas de la izquierda gobernando aquí está muy relacionado con cómo reaccionó nuestro país a la invasión de Napoleón (están reponiendo Curro Jímenez estos días, curiosamente), las Guerras Carlistas y todo lo que vino después. España siempre ha sido muy de sotana, muy de vivir encerrada en sí misma. Y, además, pasamos del feudalismo al nepotismo y no hemos terminado de salir de ahí. Puedo darte alguna respuesta bien elaborada si me das tiempo y paciencia. Es un tema interesante y nos puede ayudar a entender mejor por qué hoy estamos como estamos. En España y fuera de ella.
No obstante, si me lo permites, y espero que sí, porque te hablo desde la más pura empatía y sin malicia alguna, me da la sensación de que estás pasando por un momento anímico jodido. Lo sé porque te leo y reconozco cosas que han pasado por mi cabeza no hace tanto. Yo vengo de ahí, de atravesar el momento más mental y emocionalmente miserable de mi puta existencia, gracias a un encadenado de situaciones sobrevenidas de las que no he sido culpable y contra las que nada he podido hacer, salvo comerme las hostias a dos carrillos conforme iban viniendo. Eso me ha cambiado la perspectiva acerca de muchas cosas, además de darme una cura de humildad vital que lo flipo.
Por eso me gustaría decirte algo que a mí me ayuda a seguir adelante todos los días. Con la esperanza de que puedas salir un poco de carril oscuro de la desesperanza:
Por jodido y estúpido que suene, ninguno de nosotros se va a ir de esta vida indemne, tío. Y cuanto antes lo asumamos, antes podemos enfocarnos en vivir lo que podamos de la forma más positiva que esté a nuestro alcance.
Lo sé. Sé que todo está condenado a acabar. Roma cayó en occidente y después en oriente. Nuestro imperio del ocio y el bienestar también caerá. Nosotros y todas las personas a las que queremos o hemos querido alguna vez la vamos a cascar. Si el foro no se cae antes, un día yo mismo dejaré de escribir para siempre y probablemente estaré muerto. Demonios, si hasta el puto David Gross anda por ahí diciendo que, en 35 años, nuestra civilización se va a ir a la verga por riesgo nuclear y culpa de las IAs. 2061. Para entonces yo tendría 83 años. ¿Qué hago, me doy de baja y dejo de cotizar? ¿La civilización va a llegar a que me dé tiempo de jubilarme, o mejor disfruto la vida ahora?
Con esto quiero decir que nadie sabe cuándo va a cascar ni cuándo le va a caer la siguiente putada encima. Solo sabemos que lo único que tenemos es esta vida y que hoy estamos aquí, presentes, con capacidad para reir, disfrutar de las tres o cuatro cosas que nos gustan y nos hacen sentir bien de verdad. Cosas que, por lo general, suelen ser bien baratas o incluso gratis. Vivir enfocado en el miedo al mañana, en lo que viene, en lo jodido que va a ser todo, solo empeora nuestra situación particular. Y a menudo lo hace sin necesidad. Así qué anímate, me cago en todo, y si necesitas desahogar o hablar con alguien de lo que sea, aunque no creas que puede ayudarte, me puedes mandar un privi y con mucho gusto te dedicaré lo único que de verdad tenemos todos de valor para invertirlo: tiempo.
A lo mejor nos cae el pepino mañana o dentro de diez años. Piensa que, si cae dentro de diez y pasas todo ese tiempo esperando la hostia, has estado alimentando una sombra que ha empeorado tu calidad de vida sin un verdadero motivo. ¿Que luego resula que la hostia viene? Pues, mira, al menos, que te quiten lo bailao. Si nuestras vidas empeoran, que sea porque no nos quede más remedio, no porque nosotros pongamos de nuestra parte.
Espero no haber dicho que haya podido ofenderte. Y, si es el caso, desde ya pido disculpas.
Abracete.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
15-07-2026, 09:40 PM
(Última modificación: 15-07-2026, 09:49 PM por hunk39.)
@ Peckinpah para nada me has ofendido y de hecho has dado en el clavo, se me nota a leguas, estoy pasando por un momento animico de la hostia. Ya de por si me preocupa lo que tengo en mi vida personal, pero lo que mas agrava mi situacion es justamente lo que has comentado. Porque esto trasciende a todos nosotros mismos, lo que me da el bajon son las consecuencias de la situacion sociopolitica actual en donde cada vez queda mas patente que nos acercamos a una distopia de las grandes.
Era consciente de que esto iba a pasar, pero en mi egoismo pensaba que eso ocurriria cuando estuviera mas que muerto, pero por desgracia estamos siendo testigos de ese terrible cambio a peor, y eso es lo que jamas queria. A todos nos llegara la hora, sin duda, pero deseaba que esa hora fuera yaciendo en una cama despidiendome de mis seres queridos. Ahora mismo, tengo que igual la realidad sera muy diferente, temo por acabar muriendo debido al hambre y la desnutricion, porque igual esta todo tan caro que sencillamente no me llega para comprar comida o vete a saber. Y si no es el hambre, es el miedo a acabar en una sociedad en donde hemos perdido el derecho a la intimidad, donde no existe la privacidad, donde la tecnologia esta tan cara que solo los mas adinerados pueden hacer uso de ella, en definitiva, me jode que todo esto este pasando ahora y que yo sea uno de tantos que va a sufrir la realidad.
Por eso, aunque agradezco tu intento de tranqulizarme, lamentablemente no lo has conseguido. Si todo fuera como siempre, es decir, cada pais con sus problemas individuales, sin afectar a los demas, si simplemente me tuviera que preocupar de seguir adelante con mi vida. Pues estaria menos estresado y agobiado, pero eso no es asi, estoy ahora como estoy porque la sola idea de que suframos las consecuencias de algun tipo de guerra nos hara revivir cosas muy parecidas a lo que tuvieron que sufrir nuestros abuelos, en pleno franquismo o incluso quien sabe, cosas mucho peores.
Igual no tendremos que aguantar el temor de acabar en un peloton de fusilamiento, pero quien sabe, me veo venir que de aqui a un tiempo, exista riesgo de acabar en la carcel simplemente por comentar estas cosas en un simple foro de internet.
Tan solo me animaria, si viera que ese peligro inminente de una guerra que nos pueda perjudicar a todos, al final no ocurre al menos mientras siga respirando. Pero este agobio no va a cesar porque la sensacion de peligro no desaparece, siento que lo tenemos golpeando justo en techos y paredes que son practicamente de papel.
En definitiva, en mi egoismo puro, simplemente veo que el dia de mi muerte sera de algun modo dolorosa, debido a lo que esta pasando ahora mismo. Si la humanidad se autodestruye me da igual, es mas pienso que se lo merecera, pero en mi egoismo puro como individuo, odio a la humanidad porque me lo va hacer sufrir cuando aun existo.
EDIT: Siento teneros que hacer aguantar mis desvarios. Por cierto queria añadir sobre lo que comentaste de Napoleon, que desgraciadamente las cosas no salen muy bien cuando intentas imponerlas a la fuerza. Es gracioso lo que mencionas de los carlistas, gracias a ellos nos vendieron la moto de que el hermano de Napoleon era alguien que simplemente se emborrachaba y fue apodado Pepe botella. Como suele decirse, los vencedores son los que escriben la historia, y esos vencedores no necesariamente tienen que ser los mas justos o buenos.
En cualquier caso, es cierto que nosotros los españoles tenemos un largo historial de haber tenido que abrazar formas de gobiernos injustas y crueles, jamas hemos sido capaces de echar abajo este tipo de gobiernos, simplemente teniamos que esperar a que algo ocurriera para que las cosas nos fueran mas favorables. Si, sabemos de sobra que en los tiempos de Franco hubo una resistencia a la dictadura, pero esta jamas triunfo, de hecho no eran mas que simples terroristas en aquel entonces. Y a dia de hoy, manda cojones que no se haya terminado de hacer justicia a todos los que tuvieron que sufrir esos años.
15-07-2026, 10:00 PM
(Última modificación: 15-07-2026, 10:27 PM por Leto83.)
Espectacular hilo con ambos textos. Por mi parte no te cortes en desahogos.
Sobre la Revolución Francesa he leído tres libros. La introducción a la Revolución Francesa de Peter Davies. Es un librito pequeño que se dedica a ir concatenando acontecimientos y personajes pero sin profundizar demasiado. Es eso, una introducción. El segundo es el de la serie para escépticos de Eslava Galán. Es muy divertido y funciona muy bien como ampliación de esa introducción de Davies, pero tampoco hay que esperar un análisis sesudo ni muy profundo. Se lee muy bien y sirve para complementar con una lectura más ligera, que en los tochos de historia nunca sobra. El tercero es el mejor. "El nacimiento de un mundo nuevo. Historia de la Revolución Francesa", de J.D. Popkin. Un libro espectacular, denso y profundo, que no se guarda nada e intenta narrar todos los acontecimientos y a sus protagonistas. Recuerdo una anécdota de un personaje, no recuerdo quién era, que ya en los primeros años de la década de 1790, con la Revolución en marcha, vaticinó la posterior dictadura militar. El libro ocupa toda la década hasta el ascenso de Napoleón. Ultra recomendado.
Sobre la Revolución Francesa en sí. Yo sí creo que hubo un cambio en el imaginario popular sobre derechos, libertades, y toda esa palabrería que queda muy bien, y que impregnó el pensamiento del Siglo XIX. Otra cosa es que se haya conseguido algo a posteriori de forma profunda, pero aquí no me atrevo a hacer juicios porque el proceso es ultra complejo y no me atrevo tampoco a categorizar. Y el baño de sangre que se produjo en esos años también es complicado de justificar de ninguna manera. Creo que era Eslava Galán quien relataba que, durante el Terror, había mucha gente que se acercaba a ver guillotinar como el pasatiempo diario. Pasó gente a mansalva por allí para perder la cabeza. Hay muchas otras anécdotas jodidamente macabras. Un período increíble de estudiar, terrorífico de vivir.
Edit: por cierto, en el ocio de los videojuegos, "Assassin's Creed Unity" es increíble. Se desarrolla en la Paris revolucionaria y es una barrabasada pasearse por las calles. Me flipa ese puto juego solo con la ambientación y la recreación de la ciudad. Jugarlo es, de alguna manera, pasearse por aquella época concreta en esa ciudad específica. Recuerdo que en una ocasión me acomodé sobre una barandilla a cierta altura para ver cómo a una pobre mujer la iban a guillotinar. Tremendo juego.
¡Estúpido hombre sabio!
17-07-2026, 10:47 AM
(Última modificación: 17-07-2026, 10:56 AM por Sabandija asquerosa.)
Mecaguen sos, que casi se me pasa este hilo. Y no os podéis imaginar lo muchísimo que lo habría lamentado.
En primer lugar, comentar que ahora mismo siento un leve cosquilleo de orgullo. Me refiero a esa cosita tan egocéntrica que nos recorre cuando algo que hemos escrito provoca una reacción en otro ser humano. Y es que, ay, si ese breve post que yo escribí una noche, llevado un poco por la rabia y un mucho por la desazón, tiene algo que ver con estos textos maravillosos que habéis dejado aquí, entonces olé mis huevos morenos, y viva yo.
Ahora en serio: la verdad es que no sé cuánto recorrido puede tener un hilo como este, máxime con el nIvel que ha dejado el bueno de Peck nada más arrancar. A ver quién es el guapo que se pone a escribir ahora sin quedar como un cuñao masticapalillos. Desde luego yo mismo, si tuviese un poquito de vergüenza y de sentido común, tendría que pensarmelo muy mucho antes de sentarme a escribir. Y sin embargo, aquí estoy. Haciendo exactamente lo contrario que Peck: renunciando a la intelectualidad para tirar de entrañas e improvisación. Espero sepan disculpar mi osadía.
Y como esto va de improvisar, y por tanto de divagar, dejadme que os cuente una cosa. ¿Sabéis que me pasa a veces con este foro? Pues que algunos de vosotros me parecéis tan putamente cracks que no puedo evitar preguntarme quién se esconde detrás del nickname. No quiero jugar aquí a las confesiones (yo soy el primero en preferir el anonimato) pero honestamente me pregunto: ¿en qué cojones trabaja @ Peckinpah? En alguna ocasión ha comentado, o yo he entendido, que es traductor. ¿Pero traductor de manuales para microondas o traductor de literatura de primera calidad? Leyendo su digresión sobre la Revolución Francesa, yo he pensado que igual Peck no solo ha leído esos libros, sino que los ha traducido, y de alguna forma, al hacerlo, esos datos han pasado por él, y las conclusiones de Billington pasaron a ser las suyas por derecho propio. Por cierto, que aquí un servidor confiesa que no tiene ni puta idea de quien es ese tal Billington, y añado que no he leído ni una de las recomendaciones que plantea @ Raziel Monsalud (mira, ahí tenemos a otro que también me provoca una sana curiosidad: ¿cómo se gana la vida un genio como Raziel?)
Llevo ya un buen tocho, y todavía no he escrito nada sobre política. Y es que cuesta hablar de política, sobre todo cuando la enfocamos así, a lo grande, en general. También creo que es inteligente que comencemos hablando sobre esto (sobre la Revolución Francesa y el clima político internacional), en lugar de centrarnos en las pequeñas reyertas nacionales. Es más fácil que nos pongamos de acuerdo y no nos degollemos con el canto de una botella rota.
Así que, muy bien, vamos a hablar de política in yeneral. Y del mismo modo que he alabado la inteligencia finísima de los textos de Peck, debo decir que reniego muy fuerte del cinismo que lo sobrevuela. Y puede que la palabra suene fea, pero creo que es eso lo que esconde, apegándome por supuesto a la definición de cinismo que acuñó la Escuela Cínica del tirado de Diógenes: la idea de que todo está mal, de que todos son iguales, de que no hay nada que podamos hacer (ya sé que lo que pregonaba Diógenes era algo más complejo, pero, ey, aquí hemos venido a generalizar). Y ojo, porque yo, como madurito interesante que soy, también estoy atravesando una época de profundo descreimiento, cómo no. Pero me niego a simplemente rendirme: aceptar que esto es lo que hay, y que es lo que ha habido desde siempre, y que qué se le va a hacer.
Con esto no pienso dármelas de superior, en modo alguno afirmo que yo esté haciendo nada para mejorar el mundo. No, no, no: para mí es muy importante ser consciente de lo mierda que soy. Entender que formo parte del sistema, y que lo fomento cada día con mil pequeñas acciones. Pero creo que es vital, por lo menos, seguir siendo consciente de aquello que está mal. Ya está. Solo eso. Saber que hay cosas que están mal, y a veces ser capaz de señalarlas (solo a veces, y solo dentro de las limitadas opciones de cada uno). No aceptar. No usar nunca el cinismo. No reírme de aquellos que intentan cambiar las cosas, aunque puedan equivocarse.
Pero me estoy poniendo panfletario, y además se supone que, para justificar el texto, tenía que enlazarlo con una película. Bueno, la verdad es que no se me ocurre ninguna peli, pero creo que viene al pelo un relato breve de Ursula K. Leguin titulado Los que abandonan Omelas. Seguramente ya lo conocéis, porque es un clásico requetefamoso, pero si por casualidad no lo habéis leído os recomiendo que lo dejéis todo (dejad la cafetera a medio poner y a vuestro hijo abandonado en el parque) y os pongáis a ello cuanto antes. Lo dejo aquí.
En el relato, Leguin nos presenta a Omelas, una ciudad donde todo el mundo es feliz. Lo hace, además, rompiendo la cuarta pared, y haciendo que recapacitemos sobre cómo al lector le resulta difícil creer en una sociedad feliz. Y es que es así: nos cuesta imaginar y aceptar la bondad sin más, la felicidad sin contrapartidas. Que la gente sea simplemente buena: he ahí la mayor ficción posible. Y sin embargo, nos dice Leguin, en Omelas todos son honestamente felices, sin matices. Bueno, venga, con un pequeño matiz (y ojo porque esto es un PEDAZO DE SPOILER que recomiendo no leer si no conocéis el relato). Resulta que en un pequeño cuartucho vive encerrado un niño desnudo y famélico, que duerme sobre sus propios excrementos. Y es entonces cuando Leguin nos dice: " Todos saben que está allá, todos los habitantes de Omelas. Algunos comprenden por qué, otros no, pero todos comprenden que su felicidad, la belleza de su ciudad, el afecto de sus relaciones, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus sabios, el talento de sus artistas, incluso la abundancia de sus cosechas y la clemencia de su clima dependen completamente de la horrible miseria de aquel niño".
El relato sigue un poco más, y nos habla de que unos pocos (solo unos pocos) no son capaces de aceptar el precio a pagar, y esos son los que silenciosamente y por la noche abandonan Omelas. Y nos dice Leguin que, si era difícil creer en una sociedad feliz, todavía hay algo más inverosímil: no podemos imaginar dónde van aquellos que abandonan Omelas. Porque lo realmente inconcebible es la posibilidad de vivir fuera del sistema.
Y ahora, una confesión biográfica: yo leí ese relato con quince años o así, y recuerdo que me golpeó como pocas cosas en la vida. Os juro que hasta me maree un poco. Por un instante creo que de verdad entendí cómo funcionaba el mundo, y cada vez que mi yo cuarentón mueve la cabeza apenado y hastiado, a puntito de caer en el cinismo, me obligo a intentar recuperar esa sensación. Porque no me cabe duda de que quien tenía razón era esa sabandija asquerosa de quince años, y que la experiencia y los años solo han añadido matices que emborronan una verdad sencilla: hay cosas que están mal, punto.
(posdata: conste que este mensaje responde más al primero del hilo que escribió @ Peckinpah , y no tanto a esa respuesta emotiva que le dedicaste a @ hunk39)
17-07-2026, 02:38 PM
(Última modificación: 18-07-2026, 06:54 PM por Peckinpah.)
@Sabandija asquerosa, me alegro, coño. Si te das cuenta, soy un poco como Max Rockatansky. A pesar de que reniego de la humanidad, luego acabo haciendo cosas. Cosas de las que a veces me arrepiento y otras de las que a veces no, pero cosas. Cada vez que me veo escribiendo un tocho de estos, por ejemplo, pienso como un millón de veces «debes estar loco, sentado aquí en lugar de haciendo cualquier otra cosa, gilipollas». Pero mi cabeza es extraña.
¿En qué cojones trabaja Peck? Alguna vez lo ha dicho. Peck es corrector y redactor de textos freelance, que trabaja tanto para editoriales —pocas y cada vez menos, porque la crisis es real— como para particulares. O sea, Peck es un autónomo, un mercenario, una puta de las letras. Lo mismo te revisa una tesis, que una novela, que un ensayo de historia o te escribe alguna cosa por encargo… que se pasa dos meses sin trabajar porque no entra nada. Actividad cerebral, intensa. Actividad física, de moderada a baja. Glamour, cero.
No he traducido el libro que comento. De hecho, no está publicado en español. Se publicó en los 80, se puede encontrar gratis en los internesios, en perfecto inglés, y, entre lo que sé y lo que tiro de traductor, me lo embuché con mucho gusto años ha, porque me ayudó a encajar piezas en la cabeza. Bueno, técnicamente, casi se puede decir que lo he traducido para leerlo. O, más concretamente, mientras lo leía… Mierda.
Dicho eso, he de confesar que la lectura que extraje de tu post del otro día fue muy directa: a veces hay que hacer algo. Y tienes toda la puta razón. Mucha de la mierda que estamos tragando hoy en el mundo es porque hemos dejado que algunos traspasen líneas rojas que nunca deberían traspasarse. A partir de ahí, mi mente divergente empezó a moverse. «¿Sirve de algo que aquí, en este santo foro, nos caguemos en Cristo ante un puñado de nazis? Como desahogo, sí. Pero para poco más. Y, al final podemos acabar liados a hostias y hacer de esto justo lo contrario del oasis que siempre ha sido. Pero algo sí podría hacerse». Lo demás ha ido rodado.
Estoy intentando algo difícil, porque trato de mantener varias pelotas en el aire al mismo tiempo: explicar mis propias; ofrecer un contexto histórico y político más o menos suficiente —sabiendo, además, que es casi imposible, en el límite autoimpuesto de 4.000 / 5.000 palabras por post para no caer en la insania—; condensar de forma clara y sencilla temas extraordinariamente complejos; no parecer un pedante; no caer en el panfletismo o el cuñadismo. Puras malabares.
Al mismo tiempo, me siento en la necesidad de emplear un tono ameno, ligero. Qué menos, cojones, dado que venimos aquí a disfrutar, no a sufrir ni que a que nos vendan sermones. Admito que soy incapaz de hacerlo sin emplear el punto de vista macarra del motero cabrón y cínico que tiendo a ser. Lo hago así para no sentir que estoy metiendo una chapa. Es decir, sé que la estoy metiendo, pero al menos hago lo que puedo para que resulte mínimamente fácil —y… ¿divertida?— de leer.
Tu rechazo a ese cinismo que sobrevuela mis textos solo dice cosas buenas de ti como persona. Yo lo necesito para esto —y a veces un poco también para vivir, las cosas como son—, pero no estoy tan muerto por dentro como para no reconocer que tu forma de sentir y pensar al respecto es mucho más saludable que la mía. Y sí, es importante ser capaz de señalar cosas y no dejarlas pasar por miedo al qué pasará, qué misterio habrá, puede que alguien se ofenda. Una cosa sí quiero matizar. En el post de la Revolución Francesa digo cosas duras y parece que me estoy coñeando de sucesos tan terribles como el ahogamiento de miles de personas inocentes. Créeme que no lo hago. Mi sentido del humor es negro, negrísimo, precisamente porque las cosas me duelen y mi forma de digerirlas es esa.
Ah, la Leguin. Qué poco valorada sigue estando. Y mira que la tía fue pionera en feminismo, cuestiones de género y posturas políticas que hoy en día están más vigentes que nunca. Pero, por alguna razón, todo el mundo la tiene metida en un cajón y se olvidan de ella. Hay cosas que nunca entenderé, y el ninguneo a esta mujer es una de ellas.
¿Tiene recorrido el hilo?
No lo sé. El otro día, antes de escribir el segundo tocho, me hice un escandallo:
I. Revolución Francesa (1789-1799)
¿Puede construirse una sociedad nueva desde la razón? Creo que esa pregunta sigue sin respuesta, pero aquí nacen:
-El concepto de Izquierda y Derecha
-La ciudadanía moderna
-El concepto de soberanía nacional
-El concepto de opinión pública
-La movilización de masas
-La propaganda política
-La revolución como proyecto.
Es el laboratorio político-social del mundo que conocemos hoy en día.
II. El Imperio napoleónico (1799-1815)
¿Por qué seguir con él? Porque Napoleón hace una cosa muy curiosa: exporta la Revolución... sin exportar todo lo que implica una democracia actual. Es una contradicción fascinante. El tío lleva por toda Europa conceptos como:
-La igualdad jurídica entre los individuos
-La abolición del feudalismo
-El Código Civil
Pero, al mismo tiempo, se sirve de:
-La censura
-La dictadura
-Una serie de guerras permanentes que dejan a Europa en la mierda
Todo ello enturbia —o incluso invalida— la mayoría de los aspectos positivos de aquello que trata de implantar. Nadie quiere que le hagan aprender las cosas a la fuerza. Con sangre entra, mis cojones. La sangre llama a la sangre.
La paradoja: muchos pueblos europeos —entre ellos el español— conocen las ideas revolucionarias... porque los invade un ejército francés.
III. La Restauración (1815)
Aquí empieza algo que Billington considera crucial, y que maese @Leto83, siempre atento y con buen ojo, señaló el otro día. Porque la Revolución Francesa sí sirvió para fijar una serie de conceptos transformadores de la sociedad y, aunque los reyes vuelven, las viejas ideas no.
Europa intenta regresar a 1788.
Descubre que es imposible.
Es como intentar volver a cerrar una presa después de romperla.
IV. Las sociedades secretas
Aquí empieza mi parte favorita de Fire in the Minds of Men. Y me gustaría llegar a tratar el tema porque, cuando Franco y algún otro de sus fans actuales hablan de la «conspiración judeomasónica», están haciendo lo que hace todo buen demagogo: usar una parte de verdad para contar una mentira interesada. Como dije en el tocho anterior, los enemigos se crean.
Algunas sociedades secretas de las que merece la pena hablar son.
-El Club Fuego Infernal (que sí, existió de verdad y no solo en los cómics de los X-Men)
-Los Iluminados de Baviera (y no, no son los Illuminaty de tu cuñado seguidor de Rafapal)
-Los Carbonarios en Italia
-Las conspiraciones liberales españolas
-Las sociedades patrióticas
-Las logias masonas
-Los círculos revolucionarios
No hablamos tanto de gobiernos como de personas. De pequeños grupos convencidos de que ellos deben liberar a la humanidad. Y sí, habrá un poco de esoterismo, satanismo y flipadismo en general, con conceptos como la cábala o la teosofía de madame Blavatski. Todo muy loco y cuya influencia perdura hasta hoy.
Un dato: de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, se estima que 9 eran masones (el 16 %). Entre ellos destacan George Washington, Benjamin Franklin y John Hancock. De los 39 firmantes de la Constitución, 13 eran masones (33 %). Es decir, los hubo y los sigue habiendo, pero tampoco han sido nunca tantos ni tan determinantes para el devenir de la humanidad.
V. Las revoluciones de 1830
Primera gran ola europea.
Francia.
Bélgica.
Polonia.
Italia.
Empieza a verse un patrón.
Las revoluciones empiezan a copiarse unas a otras.
VI. Las revoluciones de 1848
Probablemente, la parada más importante. La Primavera de los Pueblos. Media Europa arde. París. Viena. Berlín. Milán. Budapest. Praga. Todo ocurre casi al mismo tiempo. Parece increíble.
Y aquí aparecen claramente:
-Liberalismo
-Nacionalismo
-Socialismo
Todavía mezclados.
Todavía aliados.
VII. La Comuna de París (1871)
El gran puente entre la Revolución Francesa y las revoluciones del siglo XX, además de uno de los episodios más oscuros no solo de Francia y Europa, sino de la humanidad. Por primera vez en la historia, una revolución intenta gobernar de forma independiente una gran ciudad industrial moderna.
Hasta aquí, las revoluciones habían intentado conquistar el Estado.
La Comuna intenta sustituirlo. Marx dirá después:
«La Comuna nos ha enseñado que la clase obrera no puede limitarse a ocupar el Estado existente».
¿Cuándo ha existido un verdadero gobierno de izquierda?, preguntaba el otro día @hunk39. Podemos decir que el primero fue aquí. Duró poco. Y acabó fatal.
VIII. Marx y el Manifiesto Comunista
Para bien o para mal, es el tipo que lo cambia todo.
Marx dice: «La Revolución Francesa fue importante, pero insuficiente. La verdadera revolución será la económica».
Con esto nace otro lenguaje.
Ya no se habla de ciudadanos. Se habla de clases.
Ya no se habla tanto de libertad. Se habla de explotación.
Un detalle: Marx escribe su manifiesto en 1848, pero este no se populariza hasta 1872, tras la creación de la Primera Internacional y la publicación de nuevas ediciones en otros idiomas. La frase que he citado en el apartado anterior es de su libro La guerra civil en Francia, escrito y publicado en 1871.
La Comuna de París y él se tocan. Cuando se declara La Comuna, las ideas de Marx ya están presentes en algunos círculos. Cuando La Comuna cae de forma trágica, el concepto de Comunismo cobra fuerza.
IX. Bakunin y los anarquistas
Nace otra idea. No conquistar el Estado. Destruirlo. Todo aquello de la «fe revolucionaria» contra la «fe reaccionaria» llega a su máxima expresión. Estos tíos crean una suerte de «fe revolucionaria reaccionaria» radical. Cada vez que voy por la calle y veo una «A» de anarquía pintada en una pared, me pregunto si quien la hizo tiene verdadera idea de lo que hay detrás.
X. Los nihilistas rusos
Mi parada favorita del libro. Aparece gente extraordinariamente extraña. Jóvenes convencidos de que hay que destruir toda autoridad, toda tradición, toda religión, toda familia… para empezar desde cero. Son una peña muy loca.
Billington dedica cientos de páginas a explicar cómo esa mentalidad acaba desembocando en el terrorismo revolucionario ruso.
XI. Lenin
Se cierra el círculo. De todo lo anterior, Lenin hereda:
-La organización clandestina
-La idea de vanguardia
-El partido disciplinado
-La revolución permanente.
Ya no es una revolución espontánea.
Es una revolución profesional.
El camino a la creación del Bloque Comunista ya está abierto, porque la sistematización de Lenin lo sirve en bandeja.
Después de eso, podría ser pertinente hablar de las dos guerras mundiales, la creación de las democracias actuales en el mundo occidental —porque no olvidemos que en muchas partes del planeta nuestro sistema político y social, simplemente, no se da ni se contempla— y a partir de ahí, ya un poco lo que cada uno quiera. Quiero hablar más de España, las Guerras Carlistas y nuestra Guerra Civil, porque de aquellos barros, estos lodos. Pero ahora mismo no sé si seguir un hilo cronológico general o uno más mundial para volver luego al local.
Se me plantea un gran problema. Si sigo adelante, lo voy a tener jodido para encontrar películas que se ajusten a alguno de los temas tratados. Además, si voy respondiendo a los comentarios que hagáis los demás, corro el riesgo de dispersarme y acabar por no seguir mi propio esquema. Así que, si veis que sigo tirando p’alante y parece que voy en modo autista, que sepáis que es por eso, y no porque no me importe vuestra opinión o no haya leído vuestro comentario.
Por lo demás, muy contento con todo y con ganas de contar cosas. Advierto que no estoy pontificando con nada ni creo tener la razón. Solo sé que no sé nada y que, cuanto más aprendo, más consciente me vuelvo de todo lo que me queda por aprender. Escribir tochos como este me ayudan a canalizar un cerebro con el que a menudo me resulta difícil vivir. Por eso digo que es sobre todo terapia.
Así que… Nada, eso. De momento, voy palante con el plan. Si la vida no lo impide, este finde, Napoleón, le Petit Salaud.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
@ Peckinpah De momento sigo sin leer todo tus tochos, esto lo digo sin acritud, a ver si mas adelante lo hago porque veo mucha informacion interesante que asimilar. En cualquier caso queria aportar esto que puso en su canal el Youtuber Alan Barroso:
Tengo que decir que ultimamente sigo en cierto modo a este Youtuber, aunque no me suelo ver entero sus videos porque a mi parece es un tanto redundante y se alarga demasiado en lo que respecta a dar su opinion. Tambien es que debo de decir que debo ser muy masoquista, porque las noticias que suele comentar me ponen un poco de mala hostia, pero en fin, es una forma de ponerme al dia sobre lo que esta pasando ultimamente y para hacerme una idea de cuanto tiempo le queda a la democracia actual para que termine por completo.
Pero en este caso, el video que paso aqui, invita a reflexionar bastante sobre lo que esta ocurriendo en la actualidad, obviamente da un repaso breve a lo que paso en la revolucion francesa. Si alguno se anima a verlo entero ya me dira que opina al respecto.
Y por estas cosas es que tengo motivos de peso para estas acojonado:
https://www.eldiario.es/internacional/ma...86157.html
20-07-2026, 02:23 PM
(Última modificación: 20-07-2026, 05:42 PM por Peckinpah.)
II. El Imperio Napoleónico (1799-1815)
Decía el otro día que la España que conocemos hoy no sería la misma sin las guerras carlistas. Y, en mi humildie opinión, las guerras carlistas no habrían sido tampoco las mismas sin la invasión de Napoleón. No porque Napoleón las causara directamente, sino porque destruyó el equilibrio político del Antiguo Régimen en España.
Poquita coña con el señor Bonaparte. Nace en el seno de una familia noble venida a menos y empieza como artillero. A los treinta años da el Golpe de Estado del 18 de Brumario —octubre: cosas del calendario revolucionario, que era un chocho de cojones— y se hace con el poder. A Los cuarenta ya había conquistado Europa desde España hasta Polonia. Todo ello sin llegar a hablar un buen francés hasta el día de su muerte. Nada mal.
Yo tengo casi cuarenta y ocho y estoy escribiendo esto mientras escucho el Volume 8 de Anthrax, con las chichas al aire, el ventilador en la chepa y una bolsa de Apetinas al lado.
No sé, hay diferencias.
Pero estoy divagando.
La revolución cambia de forma
En términos políticos, 1789 plantea una pregunta: «¿Puede derribarse el viejo orden?».
Napoleón plantea otra mucho más incómoda: «¿Qué ocurre cuando la revolución ha vencido?».
Y la respuesta es jodida, porque lo que ocurre es que llega un enano corso con muy mala hostia, que se corona a sí mismo emperador para implantar una dictadura militar por sus santos cojonazos. No llega una democracia. Ni un mundo más justo. Ni se implanta la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Llega una nueva clase de opresión.
Pero lo raro de todo esto es que Napoleón congela la revolución sin destruir su legado. Descarta lo que no interesa y conserva:
-La igualdad ante la ley
-La abolición de los privilegios feudales
-La administración moderna
-El mérito como criterio para ascender
-El Código Civil
Para hacerlo, elimina buena parte de la participación política. En otras palabras: se queda con la obra administrativa de la Revolución y desactiva su impulso revolucionario.
Que me hablen de apropiación cultural, que me da la risa.
El gran legado: el Código Napoleónico (1804)
Si me preguntan a mí, diría que la mayor victoria de Napoleón no fue la batalla de Austerlitz. Fue el Código Civil. ¿Por qué? Porque sobrevivió al propio Napoleón —él mismo lo consideraba su mayor legado histórico— y a mucho de lo que vino después de él, hasta el punto de que varios de sus artículos siguen hoy en vigor. Bastantes países europeos acabaron copiándolo.
Estamos en 1804 y Francia es un puto caos jurídico y administrativo. No existe un único derecho. Existe una amalgama distribuida a lo largo de todo el territorio que se compone de costumbres locales, derecho romano, privilegios feudales, fueros locales, normas señoriales, tribunales diferentes. Bonaparte da un golpe encima de la mesa y dice «Non, mes amis. Cela ne peut pas être. Un seul pays. Un seul ensemble de lois».
No, amigos míos. No puede ser.
Un país.
Un solo conjunto de leyes.
Punto.
Grandes virtudes del Código Civil:
-Igualdad ante la ley. Probablemente la mayor revolución jurídica. Desaparecen los privilegios legales. Un noble y un campesino son juzgados por las mismas normas. Hoy nos parece evidente.
-Fin del feudalismo. Desaparecen muchos derechos señoriales. Ya no hay jurisdicciones privadas, peajes feudales ni obligaciones personales. El Estado ocupa el lugar del señor.
-Protección de la propiedad. La propiedad privada es ahora casi sagrada. ¿Por qué? Porque la Revolución había confiscado enormes cantidades de tierras. Había que garantizar a los nuevos propietarios que nadie se las quitaría.
-Seguridad jurídica. Todo está escrito. Todo es relativamente claro. Los jueces interpretan menos. La ley manda más. Eso favorece el comercio, las inversiones, la estabilidad.
-Carrera por mérito. Esto no está solo en el Código, sino en el sistema napoleónico. Los cargos públicos dejan de depender exclusivamente del nacimiento. No siempre se cumple. Pero el principio cambia Europa.
Grandes defectos del Código Civil:
-La mujer pierde autonomía. La esposa queda sometida jurídicamente al marido. No puede actuar libremente en muchos ámbitos patrimoniales. El padre tiene enorme autoridad sobre la familia. Es un retroceso respecto a algunos avances experimentales de la Revolución.
-Divorcio restringido. La Revolución había facilitado mucho el divorcio. Napoleón lo mantiene... pero endurece las condiciones. No es una cuestión de moral. Es una cuestión de propiedad.
-Autoridad paternal enorme. El padre controla prácticamente toda la familia. Es una visión muy jerárquica.
-Poder central. El Código favorece un Estado fuerte. Muy uniforme. Muy centralizado. Eso gustó mucho a Napoleón. No tanto a todos los pueblos conquistados.
Total, que La Revolución, transformada ahora en el Código Napoleónico, atraviesa Europa vestida con el uniforme del fusilero francés. Las ideas revolucionarias ya no viajan mediante libros, panfletos, logias, periódicos. Ahora lo hacen detrás de los cañones franceses. Y se implantan con piezas de a cuatro, seis y doce libras. O a pura bayoneta. Pum. Pum. Pum. Tras. Tras Tras. Ay.
Así que Europa descubre de repente la igualdad jurídica, el fin del feudalismo, la administración moderna y todo lo demás… porque acaba de ser conquistada. Y, claro, mucha peña se lo toma regular. Que sí, que las ideas están de puta madre. Pero, si haces el favor, no pases a cuchillo a toda la aldea de mi mujer, que sus primas son asquerosas, pero ella les tiene cariño, joder.
España y el nacimiento de los nacionalismos modernos
¿Y a dónde nos lleva esto? A una nueva conciencia. Antes de que Napoleón viniese a liarla, muchos no se sentían tanto habitantes de un país como súbditos de un rey. Más que nada porque, cuando no tienes derechos, te da un poco lo mismo cómo se llama el terruño en el que vives. Después de que le enseñan a uno que sí, que tiene derechos, pero al mismo tiempo le están quemando, yo qué sé, toda Talavera de la Reina, empiezan a sentirse españoles, alemanes, italianos, polacos. La nación deja de ser simplemente un territorio. Empieza a verse como una comunidad política. Ellos serán franceses, pero yo soy un españolito de Ronda. Y tengo una siete muelles de diceiséis pulgadas castellanas metida en la faja. Me cago en tu puta madre.
Y aquí entramos en una historia curiosa. Porque España vive la Revolución Francesa... sin hacer una revolución, francesa ni de ningún tipo.
1808.
Nos invade Napoleón.
Carlos IV y Fernando VII son obligados a abdicar en Bayona.
José Bonaparte ocupa el trono.
España se parte en dos.
Están los afrancesados, que ven en el sistema francés racionalidad, eficacia, leyes sólidas, una administración moderna y una forma de quitarse de encima a la Iglesia.
Y están todos los demás. Los que no se lo terminan de creer. Los que prefieren lo que han conocido hasta entonces. Los que no entienden qué coño está pasando, pero ven que los gabachos los matan a paladas. Los que sí saben lo que pasa y no están interesados en absoluto en que siga pasando.
No toda la resistencia procede del Estado.
Gran parte nace espontáneamente.
-Juntas locales
-Milicias
-Guerrillas
-Clero
-Campesinos
Es un fenómeno completamente nuevo, ¿que desemboca en…?
Las Cortes de Cádiz (1810-1814)
Mientras media España combate, la otra media intenta reinventarla. Se aprueba la Constitución. «La Pepa». Y aquí aparecen muchas ideas francesas. Separación de poderes —legislativo en las Cortes con el rey, ejecutivo en el monarca y judicial en tribunales independientes—. Representación nacional. Soberanía nacional. Ciudadanía. No es una copia de Francia. Pero sin Francia difícilmente habría existido.
Y en estas que Fernando VII vuelve al trono. Y se dedica a abolir toda la obra constitucional.
Aquí nace una fractura que marcará el siglo XIX español.
Aquí aparecen los dos grandes bloques
No exactamente izquierda y derecha.
Todavía no.
Pero sí Liberales frente a Absolutistas.
Las dos putas españas.
Ambas creen estar salvando la nación.
No sé cómo lo verás tú, pero a mí me parece que hay una paradoja maravillosa. Los liberales españoles luchan contra Napoleón... utilizando ideas nacidas de la Revolución Francesa. Y los absolutistas luchan contra Napoleón... para restaurar un modelo político que ya ha quedado profundamente alterado por la propia guerra. Es decir, ambos bandos son hijos, en cierta medida, de la crisis abierta por la invasión. Pero se odian entre sí.
El bonito, maleable odio.
Las guerras carlistas —ya llegaré a ellas otro día, si no casco antes— suelen presentarse como un conflicto sucesorio: Isabel II contra Carlos María Isidro. Eso es cierto... solo en la superficie. Debajo hay algo mucho más profundo. Se trata del primer gran enfrentamiento entre dos concepciones irreconciliables de España: una que acepta, con mayor o menor entusiasmo, la soberanía nacional, el constitucionalismo y la transformación del Estado; y otra que considera que la legitimidad sigue descansando en la monarquía tradicional, la religión católica y los fueros históricos.
¿Algún punto de contacto con la Guerra Civil?
Por eso esta etapa del viaje era importante. Las dos Españas no nacen de la nada en 1833. Empiezan a perfilarse durante la Guerra de la Independencia, las Cortes de Cádiz y la restauración de Fernando VII. En ese sentido, la invasión napoleónica no fue solo una guerra contra un invasor extranjero: fue el acontecimiento que abrió una grieta política e ideológica, y esta marcaría buena parte del siglo XIX español.
Así que, si te das cuenta, el verdadero protagonista de este post no es Napoleón, sino un concepto nuevo que no habría sido posible sin la Revolución de los Estados Unidos primero y la Revolución Francesa después: la legitimidad ya no puede apoyarse únicamente en la tradición. Eso de que el rey había sido elegido por Dios ya no colaba. Desde 1789, y especialmente después de 1808 en España, cualquier régimen —fuera liberal o absolutista— tuvo que justificar su autoridad de una forma distinta.
Esa discusión sobre quién tiene derecho a gobernar y en nombre de quién es, en el fondo, el hilo que une la Revolución Francesa, el Imperio napoleónico y las guerras carlistas.
Unas pocas películas
Tengo una mala noticia y una buena. La mala es que el cine ha tratado fatal a Napoléon en general y peor en el aspecto político en particular. Casi siempre se ha obsesionado con el estratega militar o con el personaje romántico. Muy pocas producciones se preguntan qué significó Napoleón para Europa. La buena es que sí hay algunas obras que, combinadas, permiten construir una visión bastante sólida.
Napoléon (1927, Abel Gance)
Muda. Colosal. Poco accesible. Una obra de arte antes que una película. No es objetiva. Es casi una epopeya nacional francesa. Pero tiene un enorme valor porque fue rodada cuando todavía existía una memoria cultural muy cercana al siglo XIX. Verás un Napoleón casi mesiánico. Eso, precisamente, es interesante. Porque ayuda a comprender cómo Francia construyó su propio mito. Es lo que los franceses querían contarse a sí mismos de lo que pasó, en su fuente más cercana al momento de los hechos.
Waterloo (1970, Sergei Bundarchuk)
Si hablamos de batallas... probablemente nunca se ha rodado algo semejante. Miles de soldados reales. Sin CGI. Sin polladas. Con épica a espuertas. Rod Steiger interpreta a un Napoleón ya agotado. No glorifica demasiado. Tampoco demoniza. Muestra el final de una época.
Los duelistas (1978, Ridley Scott)
Una forma ligera de ver cómo evoluciona el imperio napoleónico desde sus primeros compases hasta su inevitable final. Y una de las mejores óperas primas del siglo pasado. No tengo que vendértela a estas alturas.
El emperador de París (2013, Jean-François Richet)
No busques un relato histórico preciso aquí, porque la supuesta biografía de Vidoq es una excusa para venderte un folletín de aventuras. Pero el sustrato social que muestra sí me parece valioso. Richet es un apasionado del género negro, de la vida en las calles y el trasfondo criminal francés a lo largo de toda la historia del país. En ese sentido, su representación del mundo criminal parisino en los primeros años del siglo XIX me parece más que meritorio. Entiendes cómo era vivir allí entonces. Y eso tiene su valor.
Master & Commander (2003, Peter Weir)
La mejor película que se ha hecho sobre el periodo napoleónico, desde el punto de vista del verismo histórico. Te enseña cómo era Europa, cómo era la guerra, cómo funcionaban las marinas, el ambiente político, el momento histórico del cientifismo. Está todo ahí. Solo hay que saber verlo. Además, como es aventura marina y estamos en verano, casa perfectamente con el ciclo de piratas que se está cascando RAFa
Napoléon (2023, Ridley Scott)
Visualmente impresionante. Una lección de lo que es el cine para Ridley Scott. Las imágenes mejor compuestas que vas a encontrar sobre el tema. ¿Históricamente? Muy discutida con razón. ¿Y políticamente? Muy superficial. Si ya conoces el contexto histórico puede entretener. Si quieres entender a Napoleón... no empezaría por aquí.
Acaba el sermón de hoy.
Próximo episodio, La Restauración de 1815.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
20-07-2026, 04:35 PM
(Última modificación: 20-07-2026, 04:37 PM por Leto83.)
Tengo que ver "Waterloo" de una puta vez. Por añadir algo al fantástico texto. Si uno quiere sumergirse en la España de la guerra de la independencia por otros medios que no sean el cine, pero sí pertenecientes a la ficción histórica, ultra recomiendo la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós. 10 novelas que la más larga pasa apenas de las 200 páginas, y donde se tratan de forma maravillosa todos los conceptos y las contradicciones que Peck comenta. Hay un momento, creo que poco antes de la batalla de Bailén, en la que un personaje blande una espada nueva, desechando la reliquia de la familia. "Fíjate en esta nueva, corta que es un gusto". En su momento no me dí cuenta y alguien en Internet me iluminó, pero ahí Galdós emplea la alegoría de la espada para el inevitable cambio en los tiempos y las percepciones. Una nueva era. ¿El problema, a mi modo de ver? Que en España los ideales de la revolución Francesa nunca terminaron de calar, con un consiguiente Siglo XIX jodidamente caótico (y pesadillesco de estudiar para un chaval de instituto) cuyo clímax tiene lugar en los años 30 del siglo XX (con el agravante del fin definitivo del Imperio sucedido años antes) una dictadura regresiva posterior, y una democracia bastante imperfecta que corre el riesgo, hoy día, de terminar por hundirse del todo. Opiniones estas las hago tirando de bastante cuñadismo. El Siglo XIX español lo tengo en mi mente como una amalgama de guerras, líos reales de faldas, abdicaciones, restauraciones y mierdas varias de las que tengo una idea muy ligera en la cabeza. Parecido me ocurre con el Siglo XX, la Guerra Civil y la dictadura, aunque aquí creo que tengo algo más de conocimiento, pero poco más. Quiero meterme a ello, pero cuando me propuse empaparme más de la historia de España y de la Guerra Civil, me di cuenta de que para tratar de entender algo tenía que irme más hacia atrás. Y empecé por la conquista de América XDD. Quicir, que no me hagais mucho caso, y de ningún modo os toméis mis ideas como algo categórico. Lejos mi ánimo de ofender ni incendiar debates.
¡Estúpido hombre sabio!
20-07-2026, 05:50 PM
(Última modificación: 20-07-2026, 05:50 PM por Raziel Monsalud.)
(20-07-2026, 02:23 PM)Peckinpah escribió: Napoléon (1927, Abel Gance)
Muda. Colosal. Poco accesible. Una obra de arte antes que una película. No es objetiva. Es casi una epopeya nacional francesa. Pero tiene un enorme valor porque fue rodada cuando todavía existía una memoria cultural muy cercana al siglo XIX. Verás un Napoleón casi mesiánico. Eso, precisamente, es interesante. Porque ayuda a comprender cómo Francia construyó su propio mito. Es lo que los franceses querían contarse a sí mismos de lo que pasó, en su fuente más cercana al momento de los hechos.
Napoleón de Gance juega en otra liga. Y de Napoleón casi mesiánico nada. Es mesiánico 100%. No es por casualidad que la película se quede con toda la mística alrededor del personaje y se pasa por el forro de los cojones sus derrotas y sus masacres, es más, la historia finaliza con la campaña de Italia para que quede claro que le "petit cabrón" era un genio militar como nunca ha existido y que era muy francés también. Es una película excesiva pero me parece una de las imprescindibles de la historia del cine.
Más pegada a la Tierra es "Guerra y paz" de King Vidor que hace una labor muy meritoria trasladando la novela de Tolstoi al celuloide, la cual a su vez narra la campaña de las tropas napoleónicas en Rusia. El problema de esta película es que el Napoleón de Herbert Lom bordea por momentos la parodia pero aún así creo que tiene su interés.
Por otra parte en el plano literario (y como bien indica @ Leto83) nadie ha sabido retratar como Galdós la pisada de la invasión napoleónica en sus Episodios Nacionales. Yo por mi parte nuevamente recomiendo "La vida de Napoléon" de Stendhal, toda una crónica de la caída del líder vista con los ojos de uno que estuvo metido en el berenjenal de las guerras napoleónicas. Y el que se quiera echar unas risas "La sombra del águila" de Arturo Pérez Reverte.
@ Peckinpah olvidaste mencionar el momento tan vergonzoso que vivimos cuando tras conseguir que volviera el rey lo vitoreamos con un "que viva el rey que vuelvan nuestras cadenas". Es decir, segun recuerdo en mis clases de historia, estabamos tan habituados a ser meros subditos sin libertad, que cuando nos la dieron, nos sentimos tan abrumados que nos resistimos para volver a la jaula de siempre.
De verdad que en ese sentido, España siempre ha dado vergüenza ajena, nunca hemos sido capaces de luchar por la libertad por nuestra propia cuenta y encima cuando viene alguien de fuera a darnosla, lo primero que hacemos es luchar para deshacernos de esta. Ya lo dije en su momento, el problema es que esto lo hicieron mediante la fuerza, pero es que si no lo hubieran hecho, acaso nosotros en algun momento peleariamos para tener libertad?
Parece ser que geneticamente deseamos ser esclavos de otros que esten por encima nuestra.
21-07-2026, 12:47 PM
(Última modificación: 21-07-2026, 01:01 PM por Peckinpah.)
III. La Restauración de 1815
1815. Napoleón es derrotado por la Séptima Coalición —británicos y prusianos— en Waterloo. El año es mucho más importante que la batalla en sí. A la hora de la verdad, Waterloo supone el final de un solo hombre. La Restauración, en cambio, marca el comienzo del siglo XIX político. Y aquí la cosa empieza a ponerse convulsa de verdad. Hasta ahora hemos estado viendo cómo nace la Revolución. A partir de ahora empezamos a ver cómo tiene que transformarse para sobrevivir.
El Congreso de Viena (1814-1815)
Imagina Europa como una casa que ha sufrido un incendio durante veinticinco años. Primero la Revolución Francesa. Después Napoleón. Los vencedores —Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña— se reúnen en Viena con una idea muy sencilla: que esto no vuelva a pasar. España, excluida de la Paz de París de mayo de 1814, llega al congreso como potencia de segundo orden y sin ningún poder de negociación ante unas potencias cuyos diplomáticos habían acordado y firmado de antemano dichos pactos. Vamos a pasar por el aro. Y ya.
Los que se reparten el pastel no quieren limitarse a castigar a Francia —aunque esta va a volver a sus fronteras de 1712 y se le impondrán fuerzas de ocupación e indemnizaciones—. Quieren impedir otra revolución. Allá donde coño pueda surgir. Esa es la cuestión fundamental.
¿El arquitecto? El canciller Klemens von Metternich.
Si Robespierre representa el impulso revolucionario, Metternich representa el impulso conservador.
Su obsesión es el equilibrio. No piensa que pueda eliminarse el descontento. Piensa que se puede impedir la propagación. Aplastar las revoluciones solo es posible si se cortan de raíz. Su gran enemigo no es un país, es la idea revolucionaria; el concepto de Revolución en sí. El Congreso de Viena parte de una lógica muy sencilla. La Revolución Francesa no empezó porque un ejército invadiera Francia. Empezó porque ciertas ideas circularon libremente. Por tanto, para evitar otra hay que controlar la libre circulación de ideas. Ideas, caca. ¿Qué se hace entonces?
1. Censura previa. En muchos Estados europeos, ningún libro puede imprimirse sin autorización. Muchos periódicos pasan a necesitar licencia. Las obras de teatro pasan revisiones previas. Se vigilan las imprentas. No es una censura ocasional. Es permanente.
2. Vigilancia universitaria. Las universidades han producido muchos revolucionarios. Hay que vigilarlas. Profesores. Estudiantes. Asociaciones estudiantiles. Que no se me desmande nadie.
3. Prohibición de asociaciones políticas. Muchos gobiernos empiezan a considerar sospechoso cualquier grupo organizado. No importa demasiado que sea un club político, una sociedad patriótica o un círculo liberal. Todo eso empieza a verse como un posible foco revolucionario.
4. Vigilancia policial. La policía moderna da un enorme salto. Aparecen los agentes infiltrados —la secreta, nene—, los confidentes, la apertura de correspondencia, los archivos de sospechosos.
Y, ya que estamos:
1. Restauramos monarquías donde se puede. La legitimidad vuelve a descansar en las dinastías. No en el pueblo.
2. Redibujamos Europa. No según nacionalidades. Según un concepto basado en el equilibrio geopolítico. El término clave es «balance de poder». Entre las familias que siempre han gobernado.
3. Instauramos la cooperación entre monarquías. Nacen el Concierto Europeo y las Alianzas de Contención. Si estalla una revolución en un país que ha firmado el tratado... los demás ayudarán a sofocarla. Es casi un sistema internacional de seguridad.
La casta internacional se protege a sí misma.
La Carbonería y las sociedades secretas
Damos un pequeño salto ahora en el espacio-tiempo. Nápoles. 1808-1812. Antes de que el concepto se popularizase a nivel internacional, surgen los carbonari, una sociedad secreta de corte nacionalista liberal. Fuertemente vinculados a la masonería, los carbonarios —no confundir con «carboneros»— nacen con el propósito de combatir la ocupación napoleónica y defender ideales liberales, pero más tarde pasan a liderar la lucha por la unificación italiana (Risorgimento) tras el Congreso de Viena en 1815.
La masonería vino antes: alrededor de 1717. La carbonería toma cosas de ella, pero se convierte en algo mucho más revolucionario. Al igual que los masones, los carbonarios se organizan en logias, a las cuales llaman «ventas», no pueden conocer todas las finalidades de la organización en el momento de su adhesión y disponen de diferentes grados. Los iniciados son llamados al principio apprendisti («aprendices») y solo con el tiempo se convierten en maestri («maestros»). Exigen juramentos de fidelidad y secreto, cuya contravención se castiga con la muerte.
También hay carbonarios en Francia (charbonnerie), Portugal (carbonária) y España… gracias a los italianos emigrados o exiliados. Para el caso español existe una obra muy curiosa de Vicente de la Fuente, hoy bajo dominio público: Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España. En ella dedica un capítulo a los carbonarios en España, desde una perspectiva que queda clara solo con el título: «Los carbonarios en España. Los europeos y otros farsantes italianos». A favor no estaba, el hombre.
El modelo de organización y los procedimientos conspirativos e insurreccionales carbonarios marcan los inicios de los procesos revolucionarios liberales en Italia hasta 1830:
-Células pequeñas.
-Juramentos de fidelidad y secretismo.
-Ceremonias de iniciación.
-Símbolos.
-Grados.
Todo lo que asociamos hoy en día al movimiento masón, a los Illuminati y a las sectas satánicas de la cultura popular, vaya. Cuando el NODO hablaba antaño del «contubernio judeomasónico» estaba tirando también un poco de sustrato procedente de aquí.
Los Decretos de Karlsbad (1819)
Volvemos a retomar el hilo.
Metternich entendió muy pronto que la información era poder. Después del asesinato del escritor conservador August von Kotzebue a manos de un estudiante nacionalista alemán, aprovecha la ocasión e impone sobre toda la Confederación Germánica los llamados Decretos de Karlsbad. Estos contienen medidas específicas.
Entre ellas:
-Disolver las asociaciones estudiantiles alemanas (Burschenschaften)
-Expulsar a profesores considerados revolucionarios
-Imponer censura sobre publicaciones
-Crear una comisión federal para investigar las conspiraciones
Vuelvo al libro con el que lo empecé todo, porque este es uno de los puntos más interesantes de Fire in the Minds of Men. Billington sostiene que la Restauración consigue una victoria política... al mismo tiempo que provoca una revolución psicológica mucho más perdurable.
¿Por qué?
Porque obliga a los revolucionarios a cambiar de método.
Antes, usaban los clubes, los periódicos, las asambleas.
Ahora todo eso está prohibido. Así que nacen las conspiraciones, las células clandestinas, los nombres en clave; toda una «Liturgia de la Revolución». La clandestinidad deja de ser un accidente. Se convierte en una forma de vida.
Y surge una nueva figura mesiánica.
El nuevo héroe revolucionario
Si en 1789 el héroe era el diputado, el orador, el periodista —el demagogo, en definitiva—, después de 1815 el héroe es el conspirador. El hombre que vive con identidad falsa, que cruza fronteras, que imprime panfletos clandestinos prohibidos por la Ley, que acepta morir por la causa. Es casi una figura religiosa. Empieza a parecerse al santo. Al mártir. Al apóstol.
Algunos nombres propios:
Gracchus Babeuf (1760-1797)
El precursor de toda esta movida. Piensa que la Revolución Francesa se ha quedado a medio camino. Dice: «La igualdad política no basta. Hace falta igualdad económica». Idea peligrosísima, esa. Organiza la llamada Conspiración de los Iguales. Fracasa. Es ejecutado. Pero su muerte lo convierte en mártir. Y la derrota puede ser más útil que la victoria. Porque crea memoria.
Filippo Buonarroti (1761-1837)
Fue jacobino y amigo del propio Babeuf. Sobrevivió al Terror. Sobrevivió a Napoleón. Sobrevivió a la Restauración. Y dedicó el resto de su vida a mantener viva la llama revolucionaria. No dirigía ejércitos. No ocupaba ministerios. Organizaba redes clandestinas por media Europa. Es algo así como el eslabón perdido entre Robespierre y Marx. Su influencia llegó a casi todas partes precisamente porque trabajaba en la sombra.
Giuseppe Mazzini (1805-1872)
Si Robespierre cree en Francia, Mazzini cree en los pueblos. Funda La Joven Italia. Después, La Joven Europa. Aquí la revolución deja de ser únicamente francesa. Se convierte en internacional. Mazzini habla constantemente de: misión, deber, sacrificio, humanidad. Habla casi como un profeta.
Louis-Auguste Blanqui (1805-1881)
Pasa más de treinta años en prisión. Prácticamente toda su vida. ¿Por qué? Porque cada pocos años organiza otra conspiración. Nunca deja de intentarlo. Su idea es sencilla. Una pequeña minoría disciplinada. Golpe rápido. Toma del poder. Después... Ya veremos. Así, sin pensar.
De todos estos surgirá gente como Garibaldi, Bakunin o Marx. Lenin leerá a Blanqui con enorme atención, aunque luego discrepará de él. Pero lo que me interesa que veas es que, por primera vez, aparece una especie de «internacional revolucionaria» antes de la Internacional.
La cosa va rodando más o menos así:
Rousseau inspira a Robespierre.
Robespierre inspira a Babeuf.
Babeuf inspira a Buonarroti.
Buonarroti inspira a Mazzini.
Mazzini inspira a media Europa.
Y, en paralelo, aparecen Blanqui, Bakunin, Herzen, etc.
No es una conspiración internacional. No forman una organización única. A menudo discrepan ferozmente entre ellos. Pero los une una genealogía intelectual y moral: hombres convencidos de que la historia puede acelerarse mediante una minoría entregada por completo a una causa.
¿Y España qué?
España ha entrado en la Restauración sin haberse restaurado del todo. Volvemos a 1814 para situarnos: Fernando VII regresa y anula la Constitución de Cádiz. No intenta reformarla. La elimina. Restaura el absolutismo. Buena parte de los españoles aplaude el regreso del monarca con servilismo cerril. Otra parte no —las dos españas—. El problema es que estamos adheridos a lo firmado en el Congreso de Viena. Los liberales españoles descubren lo mismo que los italianos. Por vías legales, no hay nada que hacer.
Así que conspiran ellos también.
Los revolucionarios empiezan a conocerse entre sí. Italianos. Españoles. Polacos. Alemanes. Franceses. Comparten métodos, símbolos, experiencias, exilios. Se ayudan unos a otros. Por primera vez aparece una auténtica red revolucionaria europea. No existe una dirección única, ni una conspiración universal, pero sí un intercambio constante de personas, ideas y tácticas.
Y esto me interesa especialmente
En mis posts anteriores ha salido varias veces el concepto de «religión secular».
La Restauración acelera ese proceso.
¿Por qué?
Porque el revolucionario ya no lucha por conseguir una ley concreta. Lucha por una promesa histórica. Empieza a creer que, aunque él fracase, la Historia acabará dándole la razón. Eso cambia la psicología del movimiento. Es el paso del político al creyente. Y ese creyente piensa que forma parte de una cadena histórica mucho más grande que su propia vida.
España y los pronunciamientos
1820. España empieza a parecerse mucho al resto de Europa. Entramos de lleno en los grandes debates europeos: absolutismo frente a constitucionalismo, legitimidad dinástica frente a soberanía nacional, conspiración frente a represión, intervención internacional frente a autodeterminación. Casi los mismos debates de hoy.
Y, como no nos podemos revolucionar, porque es ilegal y nos cae encima Europa, creamos un fenómeno revolucionario muy nuestro: el pronunciamiento. No es exactamente un golpe de Estado moderno. Es otra cosa. Un militar se «pronuncia». Es decir, hace pública su oposición al Gobierno. Con eso espera que otras piezas clave del aparato militar y social se le unan. Si el apoyo es suficiente, el Gobierno cae casi por efecto dominó. El rey dimite o cambia de gabinete. Durante décadas España vivirá casi permanentemente así.
En este año surge un personaje clave: Rafael del Riego. Se le ordena embarcar rumbo a América para sofocar las independencias —perderemos México en 1821, por decir una—. En lugar de eso se subleva y consigue algo increíble: Fernando VII acepta restaurar la Constitución.
Empieza el Trienio Liberal.
Europa observa. Metternich entra en pánico. Si España tiene éxito, otros vendrán detrás. El Concierto Europeo actúa. Tarda tres años, porque son otros tiempos y las cosas tardan más. Pero actúa.
1823
Francia invade España.
Sí, Francia.
Ahora no para exportar la revolución.
Para destruirla.
Los famosos Cien Mil Hijos de San Luis restauran el absolutismo. Fernando VII, el Deseado, el Rey Felón, vuelve al trono. Otra puta vez. Nos vamos a comer las consecuencias hasta no menos de 1834, después de la muerte de uno de los reyes más nefastos que hemos tenido. Ojo a la tonada.
He aquí una de las ironías más deliciosas —o más cabronas, según se mire— de la historia. Quince años antes Francia invadía España tratando de implantar ideas revolucionarias a la fuerza. Ahora la invade para acabar con ellas. El campesino que vio como las tropas de Napoleón mataban a su padre, y que ahora ve como los Cien Mil Hijos de San Luis matan a sus hijos, solo entiende una cosa: los franceses son unos hijos de la gran puta. No tiene visión de conjunto, así que Dios, Patria, Rey. Viva Fernando VII o quien toque. Viva España. Sea España lo que cojones quieran que sea. A muerte, tú.
Si tuviera que resumir esta etapa del viaje en una sola frase, sería esta:
«La Revolución Francesa enseñó al mundo que un rey podía caer. La Restauración enseñó a los revolucionarios que, si querían derribar al siguiente, tendrían que aprender a organizarse en la sombra».
Y eso nos conduce, de forma casi inevitable, a la que bien podría ser la siguiente estación de nuestro viaje —pero no lo será, porque voy a meter otra entremedias—: las revoluciones de 1830, donde esas redes clandestinas empiezan a salir de las catacumbas políticas para intentar cambiar Europa otra vez.
Dos ejemplos paradigmáticos más de pronunciamientos en España que traté más adelante:
O’Donnell en 1854 (La Vicalvarada)
Prim en 1868 (la Revolución Gloriosa)
Lo de Franco también empieza como un pronunciamiento, de hecho. Aunque pronto cambia de naturaleza hacia un golpe de Estado y una guerra civil. Y aquí ya estoy volviendo a enlazar el tema con las izquierdas y las derechas, para que veas que nada surge del aire, que todo viene de algo anterior, aunque haya décadas o incluso siglos de distancia.
Unos pocos libros
Porque películas sobre nada de esto no vas a encontrar.
El Antiguo Régimen y la Revolución, Alexis de Tocqueville
Un clásico del pensamiento político. Alexis de Tocqueville (1805-1859) dio a la prensa de su época esta obra, que combina la investigación histórica con la sociología comparada.Trata de responder una pregunta: ¿Por qué la Revolución Francesa transformó Europa?
Pensar la Revolución Francesa, François Furet
Muchísimo más moderno. Muy recomendable para desmontar mitos. Furet intenta entender la Revolución sin convertirla ni en una epopeya ni en un crimen absoluto.
Fernando VII, Emilio La Parra
Si vas a entrar en conspiraciones liberales, pronunciamientos, Restauración española y demás mandanga, este debería ser tu libro de referencia.
Francmasonería: invención y tradición, Margaret C. Jacob
Es probablemente una de las mayores especialistas del mundo obre este tema. Muy rigurosa. Nada conspirativa. Cremita.
Perfectibilists: The 18th Century Bavarian Order of the Illuminati
Una investigación enorme. Muy útil para separar realidad y leyenda. Solo si te interesa mucho el tema, tienes horas para buscarlo y te defiendes con el inglés.
Los deberes del hombre, Giusseppe Mazzini
No es un estudio. Es la fuente original. Leer a Mazzini ayuda muchísimo a comprender por qué Billington habla continuamente de una religión secular.
Memorias de ultratumba, François-René de Chateaubriand
Esto puede sorprender. Pero si sólo lees revolucionarios... acabarás pensando como ellos. Chateaubriand representa el otro lado. La reacción. El romanticismo conservador. También hay que escuchar esa voz.
—Peck, ¿qué estabas escuchando mientras escribías este.
—Uf. Si yo te contara.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
|