14-06-2026, 09:42 AM
Enlazo este video de uno de mis youtubers de cabecera, aún sabiendo que está en inglés, que es larguísimo y que no muchos de los foreros estén interesados en un ensayo en profundidad sobre contenidos que, según sostiene el vídeo, ni siquiera merecen un primer visionado.
Me ha parecido interesante porque examina el estado del cine actual centrándose principalmente en los supuestos Blockbusters venidos de Apple TV, Prime, Disney+ y Netflix.
Paso a realizar un resumen/comentario sobre el mismo para quien le dé curiosidad pero no tenga una hora de su vida para dedicársela a esto. Aunque también va ser largo, aviso.
Me ha llamado la atención el vídeo porque señala una paradoja bastante curiosa: muchos llevamos años pidiendo películas de entretenimiento originales, sin IPs, sin remakes, sin secuelas y sin universos compartidos. Pues resulta que Netflix, Prime Video y Apple TV+ llevan años fabricándolas a paladas y el resultado suele ser incluso peor que muchas de las franquicias de las que tanto renegamos. No se hacen secuelas porque sencillamente son tan malas que a nadie le apetece ver más.
Porque, seamos sinceros, ¿quién se acuerda ya de Red Notice (2021), Heart of Stone (2023), Lift (2024), The Gray Man (2022), Ghosted (2023), The Tomorrow War (2021) o la reciente Fountain of Youth (2025)? Son películas que cuestan cientos de millones, reúnen a estrellas como Dwayne Johnson, Ryan Reynolds, Gal Gadot, Chris Evans, Ana de Armas, Mark Wahlberg o Kevin Hart y, aun así, desaparecen de la conversación pública antes de que terminen de salir los créditos.
El problema es que estas compañías no parecen entender el cine como un estudio tradicional. Lo entienden como un catering. Lo importante no es servir un plato memorable sino que las bandejas estén siempre llenas. Da igual que dentro haya croquetas congeladas mientras el buffet parezca abundante.
Y eso se nota en pantalla. La mayoría de estas producciones son una especie de engrudo audiovisual carísimo diseñadas a partir de datos sobre el comportamiento del televidente: espionaje internacional, ladrones elegantes, mercenarios, persecuciones por media Europa, chascarrillos constantes y actores guapísimos cobrando cheques obscenos por posar delante de una pantalla verde. Las ves un domingo y el miércoles ya no recuerdas ni el mcguffing que están buscando.
Lo más sangrante es que muchas veces el presupuesto forma parte del propio marketing. Fountain of Youth es un ejemplo perfecto. No hay absolutamente nada en esa película que justifique semejante desembolso económico para este National Treasure (2004) Wannabe. Pero precisamente ésa es la cuestión: el presupuesto es el envoltorio. Se gastan 150 o 200 millones para que parezca un blockbuster aunque no lo sea. El reclamo ya no es la película. Es el presupuesto de la película.
Y ojo, porque a corto plazo los actores salen ganando. Netflix, Apple o Amazon pagan auténticas fortunas. Pero a largo plazo tengo la sensación de que esto les erosiona el caché. Antes una estrella se jugaba el prestigio encabezando una gran producción. Ahora Ryan Reynolds, The Rock, Mark Wahlberg o Chris Evans pueden encadenar varios de estos artefactos olvidables seguidos y no pasa nada... salvo que cada vez cuesta más asociarlos con una película realmente importante. Tom Cruise nunca se ha paseado por las plataformas y Di Caprio apareció en una durante la pandemia con todos los cines cerrados Don't Look Up (2021), y nunca más se le volvió a ver por ahí.
Y luego está Skydance, que aparece bastante en el vídeo. Nepotismo Billonario en la cruzada por generar entretenimiento sobrecargado e inánime al gusto de Trump. Ya se ha anunciado la cuarta secuela de Rush Hour, una de las pelis favoritas del risketo presidente. La sensación que transmite es la de una empresa más interesada en convertirse en un gigante corporativo que en producir cine memorable. Da igual si es fagotizando a Paramount, intentando ganar peso en Hollywood o soñando con futuras operaciones alrededor de Warner. Lo importante parece ser demostrar músculo financiero. El cine queda reducido a material promocional para inversores.
Al final la conclusión es bastante sencilla: estas plataformas han confundido hacer películas con rellenar catálogo. Mucho algoritmo, mucho dato y mucho MBA, pero luego las películas tienen el carisma de una presentación de PowerPoint y la capacidad de permanencia de un banner publicitario. Y no se cuánto de esto puede ser sostenible en el tiempo. Porque el espectador llegado un momento exige contenidos con calado humano que dejen poso y te hagan sentir algo.
Parece que Netflix está corrigiendo su deriva con películas más adultas, mejor realizadas y sobre todo, no tan infladas en presupuesto. Este año han sacado The Rip (2026) o Apex (2026). Veremos... los demás ya tal.
Me ha parecido interesante porque examina el estado del cine actual centrándose principalmente en los supuestos Blockbusters venidos de Apple TV, Prime, Disney+ y Netflix.
Paso a realizar un resumen/comentario sobre el mismo para quien le dé curiosidad pero no tenga una hora de su vida para dedicársela a esto. Aunque también va ser largo, aviso.
Me ha llamado la atención el vídeo porque señala una paradoja bastante curiosa: muchos llevamos años pidiendo películas de entretenimiento originales, sin IPs, sin remakes, sin secuelas y sin universos compartidos. Pues resulta que Netflix, Prime Video y Apple TV+ llevan años fabricándolas a paladas y el resultado suele ser incluso peor que muchas de las franquicias de las que tanto renegamos. No se hacen secuelas porque sencillamente son tan malas que a nadie le apetece ver más.
Porque, seamos sinceros, ¿quién se acuerda ya de Red Notice (2021), Heart of Stone (2023), Lift (2024), The Gray Man (2022), Ghosted (2023), The Tomorrow War (2021) o la reciente Fountain of Youth (2025)? Son películas que cuestan cientos de millones, reúnen a estrellas como Dwayne Johnson, Ryan Reynolds, Gal Gadot, Chris Evans, Ana de Armas, Mark Wahlberg o Kevin Hart y, aun así, desaparecen de la conversación pública antes de que terminen de salir los créditos.
El problema es que estas compañías no parecen entender el cine como un estudio tradicional. Lo entienden como un catering. Lo importante no es servir un plato memorable sino que las bandejas estén siempre llenas. Da igual que dentro haya croquetas congeladas mientras el buffet parezca abundante.
Y eso se nota en pantalla. La mayoría de estas producciones son una especie de engrudo audiovisual carísimo diseñadas a partir de datos sobre el comportamiento del televidente: espionaje internacional, ladrones elegantes, mercenarios, persecuciones por media Europa, chascarrillos constantes y actores guapísimos cobrando cheques obscenos por posar delante de una pantalla verde. Las ves un domingo y el miércoles ya no recuerdas ni el mcguffing que están buscando.
Lo más sangrante es que muchas veces el presupuesto forma parte del propio marketing. Fountain of Youth es un ejemplo perfecto. No hay absolutamente nada en esa película que justifique semejante desembolso económico para este National Treasure (2004) Wannabe. Pero precisamente ésa es la cuestión: el presupuesto es el envoltorio. Se gastan 150 o 200 millones para que parezca un blockbuster aunque no lo sea. El reclamo ya no es la película. Es el presupuesto de la película.
Y ojo, porque a corto plazo los actores salen ganando. Netflix, Apple o Amazon pagan auténticas fortunas. Pero a largo plazo tengo la sensación de que esto les erosiona el caché. Antes una estrella se jugaba el prestigio encabezando una gran producción. Ahora Ryan Reynolds, The Rock, Mark Wahlberg o Chris Evans pueden encadenar varios de estos artefactos olvidables seguidos y no pasa nada... salvo que cada vez cuesta más asociarlos con una película realmente importante. Tom Cruise nunca se ha paseado por las plataformas y Di Caprio apareció en una durante la pandemia con todos los cines cerrados Don't Look Up (2021), y nunca más se le volvió a ver por ahí.
Y luego está Skydance, que aparece bastante en el vídeo. Nepotismo Billonario en la cruzada por generar entretenimiento sobrecargado e inánime al gusto de Trump. Ya se ha anunciado la cuarta secuela de Rush Hour, una de las pelis favoritas del risketo presidente. La sensación que transmite es la de una empresa más interesada en convertirse en un gigante corporativo que en producir cine memorable. Da igual si es fagotizando a Paramount, intentando ganar peso en Hollywood o soñando con futuras operaciones alrededor de Warner. Lo importante parece ser demostrar músculo financiero. El cine queda reducido a material promocional para inversores.
Al final la conclusión es bastante sencilla: estas plataformas han confundido hacer películas con rellenar catálogo. Mucho algoritmo, mucho dato y mucho MBA, pero luego las películas tienen el carisma de una presentación de PowerPoint y la capacidad de permanencia de un banner publicitario. Y no se cuánto de esto puede ser sostenible en el tiempo. Porque el espectador llegado un momento exige contenidos con calado humano que dejen poso y te hagan sentir algo.
Parece que Netflix está corrigiendo su deriva con películas más adultas, mejor realizadas y sobre todo, no tan infladas en presupuesto. Este año han sacado The Rip (2026) o Apex (2026). Veremos... los demás ya tal.
“Gentlemen, you can't fight in here! This is the War Room!"


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