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Por qué los Blockbusters de Streaming son tan malos?
#1
Enlazo este video de uno de mis youtubers de cabecera, aún sabiendo que está en inglés, que es larguísimo y que no muchos de los foreros estén interesados en un ensayo en profundidad sobre contenidos que, según sostiene el vídeo, ni siquiera merecen un primer visionado.

Me ha parecido interesante porque examina el estado del cine actual centrándose principalmente en los supuestos Blockbusters venidos de Apple TV, Prime, Disney+ y Netflix.




Paso a realizar un resumen/comentario sobre el mismo para quien le dé curiosidad pero no tenga una hora de su vida para dedicársela a esto. Aunque también va ser largo, aviso.

Me ha llamado la atención el vídeo porque señala una paradoja bastante curiosa: muchos llevamos años pidiendo películas de entretenimiento originales, sin IPs, sin remakes, sin secuelas y sin universos compartidos. Pues resulta que Netflix, Prime Video y Apple TV+ llevan años fabricándolas a paladas y el resultado suele ser incluso peor que muchas de las franquicias de las que tanto renegamos. No se hacen secuelas porque sencillamente son tan malas que a nadie le apetece ver más.

Porque, seamos sinceros, ¿quién se acuerda ya de Red Notice (2021), Heart of Stone (2023), Lift (2024), The Gray Man (2022), Ghosted (2023), The Tomorrow War (2021) o la reciente Fountain of Youth (2025)? Son películas que cuestan cientos de millones, reúnen a estrellas como Dwayne Johnson, Ryan Reynolds, Gal Gadot, Chris Evans, Ana de Armas, Mark Wahlberg o Kevin Hart y, aun así, desaparecen de la conversación pública antes de que terminen de salir los créditos.

El problema es que estas compañías no parecen entender el cine como un estudio tradicional. Lo entienden como un catering. Lo importante no es servir un plato memorable sino que las bandejas estén siempre llenas. Da igual que dentro haya croquetas congeladas mientras el buffet parezca abundante.

Y eso se nota en pantalla. La mayoría de estas producciones son una especie de engrudo audiovisual carísimo diseñadas a partir de datos sobre el comportamiento del televidente: espionaje internacional, ladrones elegantes, mercenarios, persecuciones por media Europa, chascarrillos constantes y actores guapísimos cobrando cheques obscenos por posar delante de una pantalla verde. Las ves un domingo y el miércoles ya no recuerdas ni el mcguffing que están buscando.

Lo más sangrante es que muchas veces el presupuesto forma parte del propio marketing. Fountain of Youth es un ejemplo perfecto. No hay absolutamente nada en esa película que justifique semejante desembolso económico para este National Treasure (2004) Wannabe. Pero precisamente ésa es la cuestión: el presupuesto es el envoltorio. Se gastan 150 o 200 millones para que parezca un blockbuster aunque no lo sea. El reclamo ya no es la película. Es el presupuesto de la película.

Y ojo, porque a corto plazo los actores salen ganando. Netflix, Apple o Amazon pagan auténticas fortunas. Pero a largo plazo tengo la sensación de que esto les erosiona el caché. Antes una estrella se jugaba el prestigio encabezando una gran producción. Ahora Ryan Reynolds, The Rock, Mark Wahlberg o Chris Evans pueden encadenar varios de estos artefactos olvidables seguidos y no pasa nada... salvo que cada vez cuesta más asociarlos con una película realmente importante. Tom Cruise nunca se ha paseado por las plataformas y Di Caprio apareció en una durante la pandemia con todos los cines cerrados  Don't Look Up (2021), y nunca más se le volvió a ver por ahí.

Y luego está Skydance, que aparece bastante en el vídeo. Nepotismo Billonario en la cruzada por generar entretenimiento sobrecargado e inánime al gusto de Trump. Ya se ha anunciado la cuarta secuela de Rush Hour, una de las pelis favoritas del risketo presidente. La sensación que transmite es la de una empresa más interesada en convertirse en un gigante corporativo que en producir cine memorable. Da igual si es fagotizando a Paramount, intentando ganar peso en Hollywood o soñando con futuras operaciones alrededor de Warner. Lo importante parece ser demostrar músculo financiero. El cine queda reducido a material promocional para inversores.

Al final la conclusión es bastante sencilla: estas plataformas han confundido hacer películas con rellenar catálogo. Mucho algoritmo, mucho dato y mucho MBA, pero luego las películas tienen el carisma de una presentación de PowerPoint y la capacidad de permanencia de un banner publicitario. Y no se cuánto de esto puede ser sostenible en el tiempo. Porque el espectador llegado un momento exige contenidos con calado humano que dejen poso y te hagan sentir algo.

Parece que Netflix está corrigiendo su deriva con películas más adultas, mejor realizadas y sobre todo, no tan infladas en presupuesto. Este año han sacado  The Rip (2026)  o  Apex (2026). Veremos... los demás ya tal.
“Gentlemen, you can't fight in here! This is the War Room!" 
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#2
(14-06-2026, 09:42 AM)gatorock escribió: Me ha llamado la atención el vídeo porque señala una paradoja bastante curiosa: muchos llevamos años pidiendo películas de entretenimiento originales, sin IPs, sin remakes, sin secuelas y sin universos compartidos. Pues resulta que Netflix, Prime Video y Apple TV+ llevan años fabricándolas a paladas y el resultado suele ser incluso peor que muchas de las franquicias de las que tanto renegamos. No se hacen secuelas porque sencillamente son tan malas que a nadie le apetece ver más.

El resumen del resumen  Tongue .
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#3
Los anuncios que ponen de esas películas son horriblemente mierdosos. Los de Amazon sobre todo, o quizás son los que más saltan, son terribles. Es eso, rellenar catálogo, rellenar tiempo del consumidor con lo que sea, pero en la plataforma y que no se vaya a otras. Una mierda todo, vaya.
¡Estúpido hombre sabio!
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#4
La palabra clave es "algoritmo".  'El Agente Invisible',  'Agente Stone'......intercambiables.

Luego se gastan 300 millones en una película como 'Estado Eléctrico', que no ve nadie, y no pasa nada porque las plataformas funcionan a su manera y son un pozo sin fondo de lavado de dinero. Y no veo que les vaya mal, ergo van a seguir igual.
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#5
Una reflexión interesante, puesto que compartimos una sensación por parte de los espectadores: la de haber visto decenas de películas recientes de plataformas que desaparecen de la memoria con una rapidez asombrosa. Sin embargo, creo que parte del diagnóstico corre el riesgo de simplificar demasiado un fenómeno bastante complejo.

Me explico, la primera duda que me surge es si realmente estamos ante un problema nuevo. Cuando hablamos del cine de décadas anteriores solemos recordar los éxitos, los clásicos y las películas que dejaron huella. Lo que rara vez recordamos es la enorme cantidad de producciones mediocres, olvidables o directamente malas que también llegaban a los cines. Y esto suele hacerse evidente cuando intentas profundizar en el cine de una década concreta. Pongamos los años 80. Primero ves las imprescindibles, las que aparecen en todas las listas, las que han sobrevivido al paso del tiempo. Pero cuando empiezas a rascar más allá de esos títulos te encuentras con una cantidad considerable de mediocridad que la memoria colectiva ha decidido ignorar. El tiempo ha actuado como un filtro tremendamente eficaz, conservamos las excepciones y olvidamos la norma. Por eso no estoy tan seguro de que Hollywood produjera proporcionalmente más obras memorables antes que ahora. Tal vez simplemente hemos olvidado la basura del pasado mientras seguimos conviviendo con la del presente.

Otra cuestión es que tampoco tengo tan claro que las plataformas hayan confundido necesariamente el cine con el relleno de catálogo. Es evidente que su modelo de negocio es distinto al de los estudios tradicionales, pero precisamente por eso persiguen objetivos distintos. Una película para Netflix no necesita convertirse en un fenómeno cultural para cumplir su función. Basta con atraer espectadores, mantener suscripciones o evitar cancelaciones. Podemos considerar ese objetivo, digamos, menos noble desde un punto de vista artístico, pero eso no significa que sea irracional desde un punto de vista empresarial, que al final es el primer, segundo y tercer objetivo de cualquier compañía. Quizás el error sea juzgar ambos modelos utilizando exactamente los mismos criterios.

También tengo dudas con la idea de que el público esté demandando principalmente películas con mayor profundidad humana o emocional. La realidad suele ser bastante menos romántica. Los espectadores afirman querer obras originales, arriesgadas y con personalidad, pero muchas veces los propios datos de consumo cuentan una historia diferente. El famoso algoritmo no surge de la nada, se alimenta precisamente de lo que la gente ve. El consumo masivo sigue premiando productos familiares, reconocibles y de bajo esfuerzo intelectual. No porque el público sea incapaz de apreciar algo mejor, sino porque gran parte del entretenimiento cotidiano cumple una función parecida a la comida rápida que es satisfacer una necesidad inmediata sin demasiadas complicaciones. Y de ahí salen muchas de estas películas mediocres con un envoltorio atractivo.

Otra cuestión discutible es la relación entre las estrellas y las plataformas. Es cierto que algunos actores parecen haber entrado en una dinámica de producciones intercambiables, pero tampoco estoy convencido de que eso sea un fenómeno exclusivo del streaming. Las carreras de muchas estrellas siempre han estado llenas de proyectos olvidables junto a trabajos más ambiciosos. Quizá la diferencia es que ahora esas películas llegan simultáneamente a cientos de millones de hogares y quedan mucho más expuestas al escrutinio público.

Y no hablemos de la sobreexposición de actores y actrices. Antes las estrellas conservaban cierto halo de misterio simplemente porque el acceso a ellas era limitado. Si querías saber algo nuevo de Tom Cruise o Clint Eastwood, seguramente lo encontrarías en una revista especializada, en un programa cultural o en alguna entrevista concreta. Cada nueva información podía convertirse en un pequeño acontecimiento para comentar con los amigos. Hoy todo está a un clic de distancia. Sabes lo que hacen, dónde están, qué promocionan y qué han desayunado. La información circula más rápido que nunca, pero también dura menos que nunca. Antes escaseaba, ahora se evapora.

Volviendo al tema, me parece que el problema central podría estar en otro lugar. No en que estas películas sean superficiales, ni siquiera en que sean excesivamente comerciales, sino en que muchas transmiten una sensación de anonimato creativo. Da la impresión de que han sido diseñadas para cumplir una serie de requisitos estadísticos más que para expresar una visión concreta (de nuevo, el algoritmo). Son películas que rara vez generan rechazo, pero tampoco entusiasmo. No fracasan de forma espectacular, pero tampoco triunfan de forma memorable.

Sin embargo, incluso aquí conviene ser prudentes. Existe una tendencia recurrente a interpretar cada transformación tecnológica como el principio del fin del cine. Ocurrió con la televisión, con el VHS, con internet y ahora con las plataformas. Quizá dentro de veinte años descubramos que muchas de estas producciones han sido olvidadas, igual que fueron olvidadas miles de películas de otras épocas, mientras unas pocas sobreviven y terminan definiendo retrospectivamente toda una era.

Por eso, más que una crisis definitiva del cine, lo que veo es una transición. Y nosotros estamos probablemente bastante desubicados ante este nuevo escenario. Un cambio en las reglas económicas y culturales de la industria que todavía está buscando su equilibrio. El problema no es que existan películas olvidables. Siempre han existido. La cuestión es si los incentivos actuales siguen siendo capaces de producir, de vez en cuando, algo que merezca ser recordado. Y esa pregunta, al menos por ahora, todavía no tiene una respuesta clara.
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#6
(14-06-2026, 02:45 PM)Cravatto escribió: ..........También tengo dudas con la idea de que el público esté demandando principalmente películas con mayor profundidad humana o emocional. La realidad suele ser bastante menos romántica. Los espectadores afirman querer obras originales, arriesgadas y con personalidad, pero muchas veces los propios datos de consumo cuentan una historia diferente. El famoso algoritmo no surge de la nada, se alimenta precisamente de lo que la gente ve. El consumo masivo sigue premiando productos familiares, reconocibles y de bajo esfuerzo intelectual. No porque el público sea incapaz de apreciar algo mejor, sino porque gran parte del entretenimiento cotidiano cumple una función parecida a la comida rápida que es satisfacer una necesidad inmediata sin demasiadas complicaciones. Y de ahí salen muchas de estas películas mediocres con un envoltorio atractivo........
  Solo hay que ver lo desapercibidas que pasaron películas como "El juicio de los siete de Chicago" de Sorkin, "El irlandés" de Martin Scorsese (A pesar de lo mucho que la publicitó  Netflix) "Mank" de David Fincher o "Noticias del gran mundo", mientras que coss tipo "Tyler Rake" se encaraman directamente al podio de los más visto de la plataforma.
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#7
(14-06-2026, 02:45 PM)Cravatto escribió: Me explico, la primera duda que me surge es si realmente estamos ante un problema nuevo. Cuando hablamos del cine de décadas anteriores solemos recordar los éxitos, los clásicos y las películas que dejaron huella. Lo que rara vez recordamos es la enorme cantidad de producciones mediocres, olvidables o directamente malas que también llegaban a los cines. 

Sí, pero esas no costaban 200 millones, como la enésima sobra de los Russo, o la superproducción a mayor gloria de una estrella de segunda como Gal Gadot.
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#8
@Cravatto

Estoy de acuerdo con varias cosas de tu comentario, pero creo que pasas por alto una diferencia fundamental: la escala del fenómeno.

Claro que siempre ha existido cine mediocre y olvidable. Los años 80, 90 o 2000 están llenos de subproductos que nadie recuerda. La diferencia es que aquellas películas rara vez costaban 150 o 200 millones de dólares. Siempre ha habido basura, sí, pero nunca había sido tan absurdamente cara.

No estamos hablando de una modesta serie B de videoclub. Estamos hablando de que los hermanos Russo encadenan producciones de 200 millones para Netflix como si fueran churros, o de que una estrella de segundo nivel como Gal Gadot protagoniza una superproducción a mayor gloria de sí misma como Heart of Stone (2023). El problema no es la mediocridad. El problema es la desproporción entre inversión, ambición artística e impacto cultural.

También estoy de acuerdo en que las plataformas persiguen objetivos distintos a los estudios tradicionales. De hecho, ese era precisamente mi argumento. Netflix, Prime Video o Apple TV+ no venden entradas; venden permanencia. El problema es que ese modelo de negocio genera unos incentivos muy concretos: no necesitas hacer una película memorable, necesitas hacer una película que nadie apague a los veinte minutos.Y eso tiene consecuencias creativas evidentes. Si el objetivo es minimizar el rechazo y maximizar el consumo pasivo, acabas produciendo películas cada vez más homogéneas, más previsibles y más intercambiables.

Sobre el algoritmo y las preferencias del público, tampoco creo que el argumento sea tan sencillo. El público consume mucha comida rápida/basura, por supuesto. Pero eso no significa que no valore una buena comida cuando la tiene delante. Hablando en plata, que mil millones de moscas vayan a la mierda no significa que un mojón sea un banquete.

Si el algoritmo fuese tan infalible, no existirían fenómenos inesperados como Everything Everywhere All at Once (2022), Barbie (2023), Oppenheimer (2023) o incluso el éxito tardío de películas pequeñas impulsadas por el boca a boca. La industria lleva décadas demostrando que nadie sabe realmente qué quiere ver el público hasta que lo ve. "Fuck the costumer" como dice Nolan Gallahger en el vídeo. "El público no pidió a Hendrix, pero lo tuvo y cambió el mundo." En el propio vídeo se explica cómo tiene que empezar una película para que el televidente no la quite en los primeros 30 segundos. Esto provoca que todas las películas de streaming empiecen prácticamente igual porque tiran por el mínimo común múltiplo.

Respecto a las estrellas, tampoco digo que antes no hicieran películas olvidables. La diferencia es que antes sus carreras dependían en mayor medida del éxito concreto de cada proyecto.Hoy Ryan Reynolds, Dwayne Johnson, Mark Wahlberg o Chris Evans pueden encadenar varios productos mediocres para streaming sin asumir apenas riesgos. Cobran cifras astronómicas por adelantado y el fracaso comercial deja de existir porque no hay taquilla que mida el interés real del público. Eso altera completamente la relación entre estrella, prestigio y éxito.

Sobre la sobreexposición mediática estoy totalmente de acuerdo. El misterio de las estrellas ha desaparecido. Pero creo que ese fenómeno es paralelo al problema que estamos discutiendo, no su causa principal. Porque el verdadero problema, como tú mismo apuntas al final, es esa sensación de anonimato creativo. Ahí estamos completamente de acuerdo. La cuestión es que yo no creo que ese anonimato sea una consecuencia accidental del modelo de las plataformas. Creo que es el producto final que el sistema está diseñado para generar.

Y sí, es cierto que cada revolución tecnológica viene acompañada de discursos apocalípticos. Ocurrió con la televisión, el VHS e internet. Pero ninguna de esas transformaciones cambió de forma tan radical la relación entre presupuesto, riesgo y retorno, que es a lo que va el vídeo-reportaje. Antes una película de 200 millones necesitaba convertirse en un acontecimiento cultural para justificar su existencia. Ahora basta con rellenar una cuadrícula de novedades en la pantalla de inicio. Y eso mata el riesgo y la urgencia creativa.

Por eso no creo que estemos simplemente ante la misma mediocridad de siempre con otro envoltorio. Creo que estamos ante un modelo industrial nuevo, con incentivos nuevos, que está produciendo una forma de mediocridad distinta: más cara, más uniforme y mucho más desechable.
“Gentlemen, you can't fight in here! This is the War Room!" 
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