13-06-2026, 03:29 PM
(Última modificación: 13-06-2026, 05:42 PM por Raziel Monsalud.)
Imagino que como todo el mundo hay determinados recuerdos que queremos tener guardados en los más profundos y recónditos rincones de nuestra memoria para no tener que revivirlos nunca más. Momentos que bien sea porque no estuvimos a la altura de las circunstancias o que el mundo fue desproporcionadamente cruel con nuestras personas queremos tener olvidados. Hete aquí que ayer vi esta película y evoqué una nefasta experiencia vivida hace una década aproximadamente…
Todo empezó como una comida ordinaria con varias compañeras de trabajo en un restaurante en el cual nunca había estado y del que tenía vagas referencias (“un imprescindible”, “ganador de varios premios”, “toda una experiencia”, etc…). Allí iba yo confiado como un inocente corderito sin saber la que se me venía encima.
Tras entrar en un local con una iluminación y decoración más bien desangelada complementada con la puñetera versión jazzística blandengue de clásicos roqueros de turno entra en escena el chef. Y habla. Habla mucho. Habla de sus orígenes, de sus inspiraciones, del motivo de su forma de cocinar. Y mientras el paisano parlotea pienso: empezamos mal y si antes yo lucía una media sonrisa cordial, ésta se está convirtiendo en una mueca sardónica.
Por que vamos a ver: en un mesón/ restaurante de bien cuando entras en contacto con el cocinero es al final de la comida. En ese momento que estás tras el postre con el café, los puros (cuando los había, afortunadamente ya no es el caso) y los chupitos el artífice de tu disfrute aparece y pregunta “¿Todo bien?”. En ese momento hay tres opciones:
-“Todo bien, gracias” respondes estoico y sentadito mientras te planteas pagar la cuenta lo más pronto posible y no volver a pisar ese antro.
-“Pues me ha gustado mucho, muchas gracias por preguntar” respondes mientras te pones de pie para estrechar afectuosamente la mano que te tiende el chef.
-“¿Dónde está el responsable de esta maravilla?” preguntas al camarero para a continuación meterte en la cocina, abrazar al buen cocinero (aunque esté manchado de grasa y restos de comida hasta las orejas) y entre emocionadas lágrimas afirmar que la tarta de chocolate era igualita que la que hacía tu difunta abuela, que la carne estaba sabrosísima y en su punto y que la salsa que aliñaba el bacalao no era de este mundo.
Quiero decir, la interacción comensal-cocinero deber ser al final, no me jodan. Esto pienso mientras empieza delante de mí un desfile de mini-platitos. Cuando llega el mío observo incrédulo que me han puesto una galletita de cúrcuma del tamaño de la falange distal de mi dedo meñique de la mano envuelta con una estructura que parece encaje de Camariñas hecha con zanahoria. Sobra decir que en el momento que tomo eso me siento como en un anuncio de M&M: “se disuelve en tu boca, no en tu mano”. El problema está en que el contenido no llega a mi estómago.
Tras las primeras procesiones de platos miro a mi alrededor y compruebo cual es el motivo real por el que estoy en ese restaurante. La mitad de las presentes en la mesa han sacado los móviles y se están haciendo selfies con los platos para colgarlos en sus redes sociales. Mientras tanto pasan como centellas vituallas que no alimentarían a una mosca y mi desconcierto inicial se está convirtiendo en cabreo.
En ese momento la que era mi jefa me pregunta: “¿Qué opinas Raziel?” y mi respuesta es: “Muy ricos los entrantes, pero, ¿Cuándo dan de comer aquí?”. Tras soltar una risita cómplice coge por banda a una camarera: “Perdone usted, este señor suele comer bastante más ¿Sería posible que le dieran doble ración de cada plato?”. A pesar de la complicidad de mi jefa y que la camarera se apresura a complacernos el resultado es el mismo: estoy comiendo poco más que aire con dosis homeopáticas de algo que intenta pasar por alimento. Entonces tomo una decisión poco heroica pero absolutamente necesaria para mi supervivencia: comer todos los bollitos de pan disponibles en la mesa. Que se jodan esta pandilla de aspirantes a anoréxicas.
A estas alturas del cuento es público y notorio mi disgusto por estar metido en esta desventura y cuando mi otra compañera de mesa me pregunta entre risotadas que me está pareciendo la experiencia culinaria, mascullo entre dientes: “¿De quién fue la idea de venir aquí?”. “Pues de X”. Miro para X y ya no tengo duda de que si le explicase al juez porque la asesiné, estrangulándola delante de testigos, quedaría libre de cargos por haber actuado en defensa propia. Pero ella, completamente ajena a mis miradas homicidas está tal como así:
Y así fue que tras ver la susodicha película me sentí como nuestra adorada Anya: al salir del culmen de la delicatessen tenía frustración por la cantidad de material que había (Fiennes, Hoult, Joy, Leguizamo) desaprovechado en algo que no era para tanto (como la película) y que lo que más me apetecía era un bocata de calamares, unos pinchos de aceitunas con patatas o incluso una hamburguesa.


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