23-06-2025, 10:28 PM
La semana pasada falleció mi madre. Fue una culminación de tres meses muy difíciles, con una última visita al hospital además que se tornó en una espera larga y muy dura, hasta que llegó el día. El miércoles celebramos el funeral, rompimos a llorar, y volvimos a nuestras casas tras abrazarnos. En los días anteriores estuve escuchando una canción en mis idas y venidas al hospital, una que utilizó Sam Mendes en su cinta "1917", aquella que escucha Schofield, agotado y calado hasta los huesos, en mitad de un remanso de paz, en el cual él descansa, y nosotros también. A mí, en las circunstancias ya mentadas, me hacía llorar. Era lo que me pedía el cuerpo, y estas cosas hay que abrazarlas y dejarlas salir para después seguir adelante. En la noche del miércoles me hice de Netflix de nuevo. Era el único lugar donde estaba disponible la cinta de Mendes, y no me apetecía andar con descargas. A lo fácil. Además, hay varias cosas que quiero ver de la plataforma y el verano se me antoja ideal para ello. Tenía la película ya lista cuando de pronto me asaltó un pensamiento, súbito como un relámpago en mitad de la noche. Buster Scruggs. Sólo la hay en Netflix, y daba por seguro que cuando me volviese a hacer de la plataforma, caería por cuarta o quinta vez (no llevo la cuenta de las veces que la he visto,pero ya van apuntando a ser bastantes). Busqué la cinta y di al play junto a mi mujer.
"La balada de Buster Scruggs", como ya sabéis, es una antología de relatos western, cada uno profundamente diferenciado de los demás, cuyo único nexo común es la frontera en la que se desarrollan dichas historias. Desde su estreno fue una cinta de la que me enamoré, y atisbé ciertas lecturas, algunas creo que obvias, otras mucho más personales, sobre la vida y la muerte. Los Coen arman un vehículo para hablar de ese último viaje en la mayoría de sus historias, y de otras muchas cosas. Me di cuenta, no ya gracias a este último visionado, sino en los sucesivos que le he ido dando a lo largo de los últimos años, que este western un tanto atípico tiene mucho más de lo que a primera vista pueda parecer, dentro de su sentido del humor, sus homenajes a la historia del género, y las tragedias y dramas que por sus "páginas" pasan. Además, es una película que, una vez corren los créditos, me produce una gran calma, un sosiego que en pocas cintas he encontrado a la hora de afrontar el pensamiento de ese último viaje que todos haremos antes o después. En lo personal, he llegado a calificarla para mis adentros como "terapéutica". Tal vez sea la naturaleza trágica de la mayoría de sus historias, o quizás, ese hombre que se cala el sombrero y se adentra en lo desconocido, con valentía y, sobre todo, aceptación. Después los acordes de la banda sonora terminan por acomodarme el corazón y el alma (permitidme la cursilería), respiro hondo, y reposo. La magia del cine.
Más allá de sus, creo, innegables valores cinematográficos, tales como la foto, la dirección, actuaciones, música, canciones y escritura, de un modo muy personal, le doy una lectura sobre la vida que me ha acompañado desde aquel visionado en diciembre de 2018, momento de su estreno. La cinta me voló la cabeza, y por la noche, dando vueltas en la cama, no hacía más que reflexionar sobre algo. El orden de las historias. ¿Por qué los Coen habían ordenado de tal manera los relatos? ¿Era una cuestión de ritmo, o había algo más, un subtexto más profundo que comenzaba a arañar en mi cerebro? Ni que decir tiene que a la conclusión que llegué por aquel entonces hay altas probabilidades de que sea mera paja mental mía, yo y mis mierdas de flipado. Pero es lo que pienso, qué le voy a hacer.
La primera historia nos presenta a Buster Scruggs, un pistolero excepcional con una verborrea a la altura que no hace más que escupir verdades sobre la naturaleza humana, todo ello colmado con un gran sentido del humor y un tono muy de cómic. Las ropas del personaje, su modo de actuar en cuanto a la seguridad en sí mismo y el trato hacia las personas que se va encontrando, y su asalto continuo a la cuarta pared. Todo nos rezuma a esas historietas dibujadas que podríamos leer de pequeños (siempre pasado por el filtro tan particular y característico de los Coen). El vestuario, como digo, los tiroteos y las estelas que dibujan de forma sutil las balas, los agujeros limpios que estas dejan en ocasiones a su paso, o ese momento maravllloso en el que Buster deja su silueta de polvo tras palmearse el pecho. A mí siempre me recuerda a Lucky Luke, un Lucky Luke bastardizado por los Coen, pero Lucky Luke en esa esencia de cómic, de desenfado, de divertimento. Es la historia más divertida en su sentido más lúdico, y termina con el personaje tocando un arpa mientras vuela en dirección al cielo gracias a unas pequeñas alas angelicales. Es una historia que me remite a la infancia, esa primera etapa de nuestra vida.
La segunda historia es un spaguetti western. Los primeros minutos del relato nos llevan irremediablemente a "Hasta que llegó su hora", con el sonido ambiente de los utensilios, el viento y las ropas, aderezado por el desierto y los primeros planos del rostro del personaje. Cuando el forajido encarnado por James Franco entra al banco el dependiente también nos remite a aquel currela en la estación de tren de la cinta de Leone, pero con una verborrea descacharrante. La historia es la más corta, pero tiene un ritmo endiablado. Leone comentaba en alguna entrevista que lo que él hacía eran cuentos de hadas. En este sentido, a mí esta historia me remite a la siguiente etapa vital, la adolescencia en cuanto a continuar con ese divertimento fantasioso, pero seguramente no tan inocente como en la infancia. Vamos creciendo, pero nos sigue gustando la jarana. El forajido acepta las cosas como le vienen, y termina sus días con una sonrisa, incluso haciendo una broma ante el hombre sollozante a su lado.
La tercera historia es la más dramática. El cambio de tono aquí nos deja descolocados, y terminamos la historia con el corazón en un puño y el alma por los suelos. Es algo que me sorbía el coco una barbaridad. ¿A qué viene semejante cambio de registro, tan abrupto y descarnado? Ambos personajes viven en un mundo cruel e injusto, en el que tratan de sobrevivir como pueden, llevando a cuestas sus decisiones y el modo de afrontar las vicisitudes que la vida nos pone en el camino. Al final, nos cuesta juzgar al personaje de Neeson como alguien vil. Creo que no lo es, pero sí muy frío, y con una decisión que le perseguirá toda su vida en aras de su propia supervivencia. Ya no somos niños, el mundo es un lugar frío e inmisericorde. Somos adultos.
La cuarta historia es la más entrañable y positiva. El buscador de oro espléndidamente interpretado por Tom Waits es un hombre con un objetivo claro en la vida, y que además muestra un profundo respeto por su entorno, cogiendo lo que necesita y sin abusar (ese momento con los huevos, el nido y el búho), pero que tampoco puede evitar dejar su huella en un terreno virgen. En este sentido, una vez somos adultos, comenzamos nuestra búsqueda del tesoro particular, lo que queremos hacer, cómo queremos llevar nuestra vida, pero siempre atentos a nuestras espaldas. Siempre habrá aprovechados que no duden en dispararnos a traición y aprovecharse de nuestro trabajo duro, del camino que nos lleva a nuestras metas. De nosotros depende, de nuestra astucia, salir airosos y volver con el oro. Es una historia maravillosa además porque al colocarla justo después de la anterior, nos devuelve la sonrisa y la esperanza. El mundo es cruel e injusto, como decíamos, pero también arrebatadoramente bello. Los paisajes que filman los Coen tienen un sentido estético apabullante por la belleza que la propia naturaleza atesora. Además, es la historia que mejor sigue los parámetros básicos de la escritura. Conocemos al personaje, sabemos a dónde va y qué es lo que busca, siendo completamente activo en su búsqueda. Scruggs, el forajido, el tullido y el contratador deambulan por el mundo, con pequeños objetivos si se quiere, pero nunca tan claros y concisos como el del buscador de oro. Es un punto de inflexión dentro de la película tal vez tan grande como el de la anterior historia por el contraste emocional que sentimos.
La quinta es la más clásica en cuanto a ese western de los años 40 y 50. Aquí los personajes buscan asentarse, formar una familia y vivir en paz. Pero, por supuesto, la única certidumbre es la incertidumbre, y lo único seguro es la muerte. Aquí los Coen se muestran de lo más juguetones con el guión, siempre subvirtiendo las expectativas del espectador. En nuestro particular viaje vital, entra el amor como elemento diferenciador. Tal vez para muchas personas esa búsqueda del tesoro no sea otro que el amor, el encontrar su camino en ese mar de hierba y esa llanura que se pierde en el horizonte en compañía de esa persona que le ayude a superar el viaje que es la vida. En esencia, este relato es una historia de amor, pero que termina de forma trágica. Como todas, si reflexionamos. Cuando mi madre fue introducida en el crematorio, mi padre se derrumbó, y todos nosotros con él. Todas las historias de amor tienen un final trágico.
La cinta cierra con un relato sobre el viaje de varias personas a un lugar llamado Fort Morgan. Es un viaje marcado por una conversación continua entre los personajes que viajan en esa diligencia, cada uno de ellos exponiendo su forma de ver la vida, y por ende, de vivirla, todo ello apuntalado por un uso de la luz excepcional. Al principio asistimos a las conversaciones con naturalidad, entretenidos e interesados. Entonces, la mujer se atraganta, parece ahogarse, y uno de los pasajeros se asoma por la ventana de la diligencia para instarle al cochero que se detenga. No lo hará. Nunca lo hace. La puesta en escena se torna entonces lúgubre, casi antinatural. Nos damos cuenta de que hay algo extraño en ese extraño viaje. Los otros dos acompañantes toman las riendas de la situación, hablando sobre su profesión. No les gusta que les llamen cazarrecompensas, lo suyo es más elegante, y tras una preciosa canción interpretada por Brendan Gleeson y un diálogo sobre las historias, sobre cómo nos llegan a nuestro interior cuando tratan de nosotros, pero no de nosotros, y cómo al personaje le gusta mirar a los ojos de su "cargamento" en sus últimos momentos, mientras observa a cada uno de los pasajeros, y por ende, a nosotros mismos, nos damos cuenta. Están muertos. La muerte nos llega a todos, antes o después. Fort Morgan es un pueblo fantasmagórico, sumido en la niebla solo rota por la tenue luz que las lámparas desprenden, y en el edificio al que se dirigen tiene una puerta colmada por un querubín y un carnero. Adoro el gesto final del personaje francés, cómo, sin decir palabra, ata cabos, y después, se cala el sombrero y cierra la puerta tras de sí para dar paso a los créditos.
"La balada de Buster Scruggs" me parece una obra maestra, tal vez la mejor película de los hermanos Coen, sin duda la que más me gusta. Esto no deja de ser una disertación un tanto fantasiosa de una de las posibles lecturas que la cinta puede tener (y aún sin ella, es una cinta con una cantidad de capas colosal que no me veo capaz de desentrañar y escribir sobre ellas), pero que me toca muy adentro, y me produce esa calma de la que hablaba al principio, ese efecto terapéutico que me hace mirar la vida, y la muerte, con cierta sonrisa. Solo espero una cosa, personalmente. Cuando me llegue el momento, espero que quien sea, o lo que sea, o la misma providencia, me de al menos dos horas más, y así poder ver "La balada de Buster Scruggs" con los míos. Entonces me calaré el sombrero y cerraré la puerta, espero que con la misma tranquilidad y sentimiento de aceptación con que lo hace el personaje al final de la cinta.
Solo me resta dar las gracias a los Coen por esta maravillosa película, y a cualquiera que haya llegado hasta el final de este (demasiado) largo texto. Nos leemos. Un abrazo a todos.
¡Estúpido hombre sabio!

