Tercera y, esperemos, última entrega del McCall de Denzel y Fuqua poniendo el crono y enseñando a los malvados qué es el bien y la justicia a base de objetos con filo o puntiagudos insertados en la nuca u órgano vital pertinente.
Esta vez sus andanzas le llevan a un pequeño pueblo de Italia sometido por la camorra, donde mi primera sorpresa es que no son los lugareños los que tienen un nivel C2 de inglés para comunicarse con el prota, sino que Denzel se las apaña para ir entendiendo italiano. En pocas producciones hollywoodienses se leerán tantos subtítulos como en esta, y tiempo tendrá el espectador gracias al ritmo pausado de la peli. No es casual esta elección geográfica y de tempo; se ven las ganas de cierto homenaje al (spaghetti) western que personalmente he agradecido. En una tercera parte es fácil pensar que todo se hace con piloto automático y aquí hay ganas de hacer las cosas bien, aún con ciertas castañas del guion que son de serie b en el purito peor sentido de la palabra, a saber; hay un momento en el que insertan un personaje durante cinco minutos para que básicamente explique la trama en voz alta... Detallitos que ahí están pero que se perdonan cuando las cosas están hechas con cariño.
Un poquito más de Dakota Fanning también hubiera estado bien, por aquello del bonito reencuentro 20 años después de El fuego de la venganza.
Aún, a mi parecer, con un clímax algo descafeinado, la peli cuando explota lo hace siendo la más burra de las tres y vemos a un McCall que por fin parece humano y no diseñado por Cyberdine Systems (creo que es la primera vez que le hieren en tres pelis) y, obvio, haciéndose viejo y buscando un lugar tranquilo en el que retirarse. Por mí, merecido lo tiene. Un buen cierre para una trilogía de justiciero solitario que sin hacer excesivo ruido ha llegado para quedarse en nuestro corazoncito.

