Porque lo prometido es deuda, y prometí —no recuerdo a quién, y desde ya pido que me perdone— que le iba a meter la cuchara a esta. Tiene mucha chicha, un trasfondo cultural profundo de pelotas y no es una peli, en realidad, sino tres en una.
Ahora lo argumentaré, tranquilo todo el mundo.
Advertencia: habrá SPO-SPO-SPOILERS. De hecho, todo el Peckanálisis va a ser un spoiler. Así que, si no la has visto y tienes la intención de hacerlo, avisado estás, imprudente lector. Mejor te evitas la chapa. Esto no es una crítica. Es un análisis sobre los elementos más importantes de la trama, y está escrito para alguien que ya ha visto la película.
Una vez aclarado el particular, sin más introito:
¿Por qué dices que tres películas en una, Peck?
Porque Exhuma funciona como una puta muñeca rusa que te va dejando el culo torcido con cada nueva capa.
Empieza sugiriendo que va a ser una de estafadores, se mete luego en el folk horror más puro —y salvaje— y acaba con una crítica social que en realidad ha estado presente todo el tiempo sin que nos demos cuenta.
PRIMERA CAPA
La película arranca con Hwa-rin y Bong-gil —benditos nombres coreanos—, dos hermanos que perfectamente podrían ser unos charlatanes profesionales. Son jóvenes, elegantes y cobran muchísimo dinero por viajar hasta los Estados Unidos para asesorar a una familia megaforrada acerca de cierto asunto… «sobrenatural». De hecho, parecen más que dispuestos a meterles el sablazo de sus putas vidas y hasta se ríen de la posibilidad.
Pero ¿qué pasa en esa casa?
El bebé más reciente tiene una enfermedad que nadie, ni siquiera el infalible sistema sanitario estadounidense —¡Juas!— es capaz de diagnosticar y, por ende, curar. La sociedad tradicional coreana es supersticiosa. La familia, una de las de más ricas del país desde la Segunda Guerra Mundial, cree que una maldición puede estar pesando sobre ella.
Los protas han sido contratados como especialistas para que certifiquen si hay maldición o no y, en el caso de haberla, los libren de ella para siempre. La família lo atribuye todo al abuelo. Si no estamos muy distraídos con el móvil —cosa poco probable—, nosotros nos preguntamos qué cojones tiene el abuelo que ver. Más concretamente, la tumba del abuelo.
Ya nos han dado la primera pista.
La pareja se pasea por el casoplón con mucho cuajo. Llevan a cabo una serie de ritos que, vistos desde fuera, parecen bastante dudosos. Hay algo en su actitud que combina una seriedad un tanto impostada con cierta «superficialidad k-pop», muy propia de la juventud de la Corea del Sur actual. Y se aseguran de una cosa: decirle a la familia que necesitan la ayuda de otro especialista que les va a salir caro de cojones. Vuelven a su país para contactar con Sang-deok, geomante de la leche, que resulta ser su tío, jate tú la casualidad.
Sang-deok se nos presenta como un personaje bastante ambiguo. Todo el mundo lo trata como si fuera una autoridad, pero se nota que es un fulano golpeado por la vida y de dinero va justito. Se toma su trabajo muy en serio, pero este no deja de consistir en cobrar por decirle a la peña cómo y dónde tiene que enterrar a sus muertos, en base a los criterios de una disciplina muy poco científica, por decirlo de alguna manera. Tiene claroscuros, vaya.
El director siembra aquí tres semillas interesantes. Y si la vemos doblada, sin leer los subtítulos, nos perdemos algunos detalles que nos pueden ayudar en una posterior investigación vía Google:
1. Sang-deok no es exactamente un geomante, como se traduce en el doblaje castellano, sino un pungu-jiri. La traducción más aproximada sería «maestro de feng shui», pero no tal y como lo entendemos en occidente, así en plan revista de interiorismo. El pungsu es una forma de leer del territorio —no solo el territorio coreano, sino la «tierra» en sí— que combina ideas procedentes de la cosmología china —ying-yan, los Cinco Elementos— con desarrollos locales propios. Históricamente, se aplicaba, entre otras cosas, a decidir dónde construir, dónde levantar ciudades y, muy especialmente, dónde y cómo enterrar a los muertos.
2. La posición y el lugar donde se ha cavado la tumba afectan a la relación entre los muertos, los descendientes y el territorio. Es decir: los muertos siguen formando parte del paisaje, y ese paisaje está vivo, crea corrientes sutiles que afectan a las vidas de quienes viven en él. Por eso el geomante habla del terreno casi como si fuera un forense hablando de un cuerpo.
3. Las montañas, los valles y el agua determinan cómo circula el qi —la energía vital—. En una sociedad donde el terreno es muy limitado —Corea del Sur es una península no especialmente grande—, las mejores parcelas de suelo, las más favorables para el pungsu, son escasas y están reservadas al 1 % de la sociedad: los millonetis.
Todo esto nos da ya para pensar un rato largo sobre temas profundos como la naturaleza de la superstición, el privilegio social, la tendencia casi compulsiva de las clases altas hacia la exclusividad, la diferencia de clases, la antropología de la religión y las creencias…
Total, que tenemos el plato servido y nuestro equipo de «cazadores de lo sobrenatural» ya formado.
SEGUNDA CAPA
La cosa, que parecía bastante clara hasta ahora, empieza a torcerse. El mundo sobrenatural que nos presenta la película tiene reglas claras, lo cual encajaría genial con una estafa. Pero es que resulta que esas reglas funcionan. Los rituales tienen consecuencias. Los muertos se resisten a estarlo. El feng shui tiene una dimensión sobrenatural efectiva y real. Cosas chungas pasan. Cosas muy chungas.
Espera un momento. ¿Esto no iba de dar un sablazo a unos millonetis? ¿Por qué están los cazadores tan acojonados? ¿Por qué me acojono yo?
Sin entrar en detalles —alguna sorpresa habrá que dejar a quien vaya a ver la película y aun así haya decidido leer este tochaldre—, baste decir que aquello que se nos ha estado presentado como un posible fraude resulta ser jodidamente real. De repente nos encontramos con que, bajo la tumba ancestral de la familia millonetis, había enterrado un demonio samurái de casi tres metros de altura. Y ahora lo tenemos vivito y coleando, andando por ahí y matando peña como si nada. No un fantasma. No una ilusión intangible. Un monstruo que despedaza gente.
What the puto fuck.
Los protas sobreviven por los pelos, escarban —nótese el sutil juego de palabras— un poco y nos enteramos de que los millonetis hicieron un pacto con el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
Hostia, tú.
Consiguieron su fortuna traicionando a la patria.
¡Cabronías!
TERCERA CAPA
Aquí es donde entra en juego Gisune, el supuesto monje «budista» que está detrás de toda la cuestión.
Primer detalle interesante: en coreano, «Gisune» significa básicamente «Kitsune», uséase, «zorro» —el bosque donde se encuentra la tumba del yayo millonetis está lleno de zorros inquietantes—, y a poco que hayas oído sobre los yokais ya sabrás que, para los japoneses, los zorros no siempre son lo que parecen.
Hay quien dice que el Gisune de esta peli es directamente un yokai. Yo soy más de la opinión de que es un onmyōji.
¿Qué es un onmyōji, Peck?
Un seguidor del onmyōdō, una tradición cosmológica y ritual japonesa que también proviene de China, en la que se mezcla brujería, adivinación, astrología, animismo y un chingo de cosas más. Los onmyōdōs llegaron a tener posiciones importantes de poder en la corte imperial, y fueron, de hecho, funcionarios especializados, encargados de lecturas astrológicas, ceremonias de adivinación y determinados rituales de protección contra espíritus, así como purificaciones varias. Magos cortesanos, vaya.
Pero bueno, a lo que vamos.
En un momento dado de la película, aparece la idea de que la península coreana tiene la forma de un tigre. No es una ocurrencia inventada para la ocasión. Existe una tradición de representarla como un tigre, en contraste con determinadas representaciones japonesas. La columna vertebral del tigre recorre aproximadamente la cordillera oriental de Corea del Sur, la que da al Mar del Este, no al Amarillo.
Así que, cuando Exhuma convierte una montaña como el lugar en el que está clavado el «hierro de la maldición», no han clavado una estaca en una roca, la han clavado en la columna vertebral del tigre. Es decir, están haciendo un maleficio físico sobre el país. Esto entronca con una tradición coreana muy controvertida, pero real, en la que, tras la ocupación japonesa, se extendió la idea de que los japoneses colocaron estacas de hierro en lugares geománticamente importantes para dañar el qi nacional.
Ojo cuidao con esta movida.
Segundo detalle interesante: lo gracioso es que sí se han encontrado estacas de hierro enterradas en montañas famosas de Corea tras la ocupación. Uno de los casos más sonados fue el de Namhansanseong, donde se encontraron hasta 54 estacas en un área de 50 metros, allá por 2005. En 2012, se encontraron 10 más en Busán. Hay, además, una pieza especialmente curiosa en Samnak: una barra de unos 230 cm de longitud, con una sección hexagonal que muestra ocho ranuras helicoidales en el extremo. ¿Herramienta topográfica? A saber.
Se ha descartado arqueológicamente que dichas estacas fueran parte de rituales, pero haberlas, haylas, lo que no deja de tener su gracia. Sobre todo, cuando descubres que el método de maldecir clavando estacas de hierro en papel o tela con el nombre de una persona era una de las técnicas frecuentemente utilizadas por los onmyōji. Digo más: el Japón imperial movilizó a los onmyōji para políticas nacionales hasta su derrota en 1945, así que hasta las fechas cuadran.
Y aquí viene lo más loco.
La película toma todo eso y establece que, durante la ocupación de la Segunda Guerra Mundial, Gisune y los onmyōji tomaron el cadáver de un samurái que, entre los tiempos de la invasión de Joseon (1592-1599) y la batalla de Sekigahara (1600), había llegado a cortar más de 10.000 cabezas, trascendiendo así su mera condición de humano para convertirse en demonio —oni—. Usaron a este oni y una espada sagrada para clavar sus colmillos en la cintura de la península coreana —tigre—, con el fin de gobernarla para siempre.
El oni llega a decir: «Debería haber sido enterrado en el Santuario Joseón, en la montaña Namsan, pero el onmyōji me enterró en un lugar como este».
El cabrón estaba enfadado porque, después de haberse convertido en dios demonio al decapitar a más de diez mil personas —es meterle horas a la Play para sacarse el Platinum—, consideraba que tenía el derecho de haberse convertido en el dios de dicho santuario y en objeto de culto para el pueblo, pero lo enterraron en un lugar extraño y anónimo. Un puto bosque de mierda al pie de una montaña, en mitad de la nada.
En Japón, Toyotomi Hideyoshi, responsable de masacres de coreanos, es venerado como deidad en el Santuario Toyotomi ubicado en el parque del Castillo de Osaka, así que tiene su lógica.
También se sabe que, durante el período colonial japonés, Japón ocupó Seúl basándose en los principios del feng shui.
Cito textualmente:
«Seúl era una ciudad diseñada según el feng shui de la Tortuga Negra, el Dragón Azul, el Tigre Blanco y el Ave Bermellón en las cuatro direcciones. Sin embargo, Japón suprimió el Palacio Gyeongbokgung construyendo el Gobierno General de Corea frente al Monte Bugak, que corresponde a la posición de la Tortuga Negra, y erigió el Santuario Joseon en el Monte Namsan, posición del Ave Bermellón. También clavaron estacas de hierro en las cumbres de los Montes Inwang y Naksan, que corresponden al Dragón Azul y al Tigre Blanco».
Esta teoría de opresión cultural hasta tiene un nombre: la teoría del corte de las venas de energía (Danmaek). Para algunos, teoría de la conspiración. Para otros, realidad.
Cágate, lorito.
A mí esta mierda me flipa.
EN CONCLUSIÓN
Si me apuras, te diría que hasta podemos decir que Exhuma tiene una cuarta capa, porque nos ha estado tratando a nosotros, los espectadores, como a clientes. Hemos entrado en ella pensando que íbamos a comprar una cosa. Y, después de habernos vendido dos diferentes, acabamos por descubrir que al final todo iba de memoria histórica, diferencia de clases, colaboración y colonialismo.
Olé sus santos cojones, señor Jang Jae-hyun. A sus pies. No sabe usted las ganas que tengo de ver su próxima peli.
Y hasta aquí mi verborrea verborrágica.
Espero que no se haya hecho muy pesada.
A estas alturas de año, mis meninges no dan para mucho más, la verdad.
Aprovecho la coyuntura para hacer un anuncio: esta ha sido mi última chapa de la temporada.
O «en una buena temporada», más concretamente.
Pronto sabréis por qué.
Feliz semana.
Finis Operculorum Lagynarum
Ahora lo argumentaré, tranquilo todo el mundo.
Advertencia: habrá SPO-SPO-SPOILERS. De hecho, todo el Peckanálisis va a ser un spoiler. Así que, si no la has visto y tienes la intención de hacerlo, avisado estás, imprudente lector. Mejor te evitas la chapa. Esto no es una crítica. Es un análisis sobre los elementos más importantes de la trama, y está escrito para alguien que ya ha visto la película.
Una vez aclarado el particular, sin más introito:
¿Por qué dices que tres películas en una, Peck?
Porque Exhuma funciona como una puta muñeca rusa que te va dejando el culo torcido con cada nueva capa.
Empieza sugiriendo que va a ser una de estafadores, se mete luego en el folk horror más puro —y salvaje— y acaba con una crítica social que en realidad ha estado presente todo el tiempo sin que nos demos cuenta.
PRIMERA CAPA
La película arranca con Hwa-rin y Bong-gil —benditos nombres coreanos—, dos hermanos que perfectamente podrían ser unos charlatanes profesionales. Son jóvenes, elegantes y cobran muchísimo dinero por viajar hasta los Estados Unidos para asesorar a una familia megaforrada acerca de cierto asunto… «sobrenatural». De hecho, parecen más que dispuestos a meterles el sablazo de sus putas vidas y hasta se ríen de la posibilidad.
Pero ¿qué pasa en esa casa?
El bebé más reciente tiene una enfermedad que nadie, ni siquiera el infalible sistema sanitario estadounidense —¡Juas!— es capaz de diagnosticar y, por ende, curar. La sociedad tradicional coreana es supersticiosa. La familia, una de las de más ricas del país desde la Segunda Guerra Mundial, cree que una maldición puede estar pesando sobre ella.
Los protas han sido contratados como especialistas para que certifiquen si hay maldición o no y, en el caso de haberla, los libren de ella para siempre. La família lo atribuye todo al abuelo. Si no estamos muy distraídos con el móvil —cosa poco probable—, nosotros nos preguntamos qué cojones tiene el abuelo que ver. Más concretamente, la tumba del abuelo.
Ya nos han dado la primera pista.
La pareja se pasea por el casoplón con mucho cuajo. Llevan a cabo una serie de ritos que, vistos desde fuera, parecen bastante dudosos. Hay algo en su actitud que combina una seriedad un tanto impostada con cierta «superficialidad k-pop», muy propia de la juventud de la Corea del Sur actual. Y se aseguran de una cosa: decirle a la familia que necesitan la ayuda de otro especialista que les va a salir caro de cojones. Vuelven a su país para contactar con Sang-deok, geomante de la leche, que resulta ser su tío, jate tú la casualidad.
Sang-deok se nos presenta como un personaje bastante ambiguo. Todo el mundo lo trata como si fuera una autoridad, pero se nota que es un fulano golpeado por la vida y de dinero va justito. Se toma su trabajo muy en serio, pero este no deja de consistir en cobrar por decirle a la peña cómo y dónde tiene que enterrar a sus muertos, en base a los criterios de una disciplina muy poco científica, por decirlo de alguna manera. Tiene claroscuros, vaya.
El director siembra aquí tres semillas interesantes. Y si la vemos doblada, sin leer los subtítulos, nos perdemos algunos detalles que nos pueden ayudar en una posterior investigación vía Google:
1. Sang-deok no es exactamente un geomante, como se traduce en el doblaje castellano, sino un pungu-jiri. La traducción más aproximada sería «maestro de feng shui», pero no tal y como lo entendemos en occidente, así en plan revista de interiorismo. El pungsu es una forma de leer del territorio —no solo el territorio coreano, sino la «tierra» en sí— que combina ideas procedentes de la cosmología china —ying-yan, los Cinco Elementos— con desarrollos locales propios. Históricamente, se aplicaba, entre otras cosas, a decidir dónde construir, dónde levantar ciudades y, muy especialmente, dónde y cómo enterrar a los muertos.
2. La posición y el lugar donde se ha cavado la tumba afectan a la relación entre los muertos, los descendientes y el territorio. Es decir: los muertos siguen formando parte del paisaje, y ese paisaje está vivo, crea corrientes sutiles que afectan a las vidas de quienes viven en él. Por eso el geomante habla del terreno casi como si fuera un forense hablando de un cuerpo.
3. Las montañas, los valles y el agua determinan cómo circula el qi —la energía vital—. En una sociedad donde el terreno es muy limitado —Corea del Sur es una península no especialmente grande—, las mejores parcelas de suelo, las más favorables para el pungsu, son escasas y están reservadas al 1 % de la sociedad: los millonetis.
Todo esto nos da ya para pensar un rato largo sobre temas profundos como la naturaleza de la superstición, el privilegio social, la tendencia casi compulsiva de las clases altas hacia la exclusividad, la diferencia de clases, la antropología de la religión y las creencias…
Total, que tenemos el plato servido y nuestro equipo de «cazadores de lo sobrenatural» ya formado.
SEGUNDA CAPA
La cosa, que parecía bastante clara hasta ahora, empieza a torcerse. El mundo sobrenatural que nos presenta la película tiene reglas claras, lo cual encajaría genial con una estafa. Pero es que resulta que esas reglas funcionan. Los rituales tienen consecuencias. Los muertos se resisten a estarlo. El feng shui tiene una dimensión sobrenatural efectiva y real. Cosas chungas pasan. Cosas muy chungas.
Espera un momento. ¿Esto no iba de dar un sablazo a unos millonetis? ¿Por qué están los cazadores tan acojonados? ¿Por qué me acojono yo?
Sin entrar en detalles —alguna sorpresa habrá que dejar a quien vaya a ver la película y aun así haya decidido leer este tochaldre—, baste decir que aquello que se nos ha estado presentado como un posible fraude resulta ser jodidamente real. De repente nos encontramos con que, bajo la tumba ancestral de la familia millonetis, había enterrado un demonio samurái de casi tres metros de altura. Y ahora lo tenemos vivito y coleando, andando por ahí y matando peña como si nada. No un fantasma. No una ilusión intangible. Un monstruo que despedaza gente.
What the puto fuck.
Los protas sobreviven por los pelos, escarban —nótese el sutil juego de palabras— un poco y nos enteramos de que los millonetis hicieron un pacto con el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
Hostia, tú.
Consiguieron su fortuna traicionando a la patria.
¡Cabronías!
TERCERA CAPA
Aquí es donde entra en juego Gisune, el supuesto monje «budista» que está detrás de toda la cuestión.
Primer detalle interesante: en coreano, «Gisune» significa básicamente «Kitsune», uséase, «zorro» —el bosque donde se encuentra la tumba del yayo millonetis está lleno de zorros inquietantes—, y a poco que hayas oído sobre los yokais ya sabrás que, para los japoneses, los zorros no siempre son lo que parecen.
Hay quien dice que el Gisune de esta peli es directamente un yokai. Yo soy más de la opinión de que es un onmyōji.
¿Qué es un onmyōji, Peck?
Un seguidor del onmyōdō, una tradición cosmológica y ritual japonesa que también proviene de China, en la que se mezcla brujería, adivinación, astrología, animismo y un chingo de cosas más. Los onmyōdōs llegaron a tener posiciones importantes de poder en la corte imperial, y fueron, de hecho, funcionarios especializados, encargados de lecturas astrológicas, ceremonias de adivinación y determinados rituales de protección contra espíritus, así como purificaciones varias. Magos cortesanos, vaya.
Pero bueno, a lo que vamos.
En un momento dado de la película, aparece la idea de que la península coreana tiene la forma de un tigre. No es una ocurrencia inventada para la ocasión. Existe una tradición de representarla como un tigre, en contraste con determinadas representaciones japonesas. La columna vertebral del tigre recorre aproximadamente la cordillera oriental de Corea del Sur, la que da al Mar del Este, no al Amarillo.
Así que, cuando Exhuma convierte una montaña como el lugar en el que está clavado el «hierro de la maldición», no han clavado una estaca en una roca, la han clavado en la columna vertebral del tigre. Es decir, están haciendo un maleficio físico sobre el país. Esto entronca con una tradición coreana muy controvertida, pero real, en la que, tras la ocupación japonesa, se extendió la idea de que los japoneses colocaron estacas de hierro en lugares geománticamente importantes para dañar el qi nacional.
Ojo cuidao con esta movida.
Segundo detalle interesante: lo gracioso es que sí se han encontrado estacas de hierro enterradas en montañas famosas de Corea tras la ocupación. Uno de los casos más sonados fue el de Namhansanseong, donde se encontraron hasta 54 estacas en un área de 50 metros, allá por 2005. En 2012, se encontraron 10 más en Busán. Hay, además, una pieza especialmente curiosa en Samnak: una barra de unos 230 cm de longitud, con una sección hexagonal que muestra ocho ranuras helicoidales en el extremo. ¿Herramienta topográfica? A saber.
Se ha descartado arqueológicamente que dichas estacas fueran parte de rituales, pero haberlas, haylas, lo que no deja de tener su gracia. Sobre todo, cuando descubres que el método de maldecir clavando estacas de hierro en papel o tela con el nombre de una persona era una de las técnicas frecuentemente utilizadas por los onmyōji. Digo más: el Japón imperial movilizó a los onmyōji para políticas nacionales hasta su derrota en 1945, así que hasta las fechas cuadran.
Y aquí viene lo más loco.
La película toma todo eso y establece que, durante la ocupación de la Segunda Guerra Mundial, Gisune y los onmyōji tomaron el cadáver de un samurái que, entre los tiempos de la invasión de Joseon (1592-1599) y la batalla de Sekigahara (1600), había llegado a cortar más de 10.000 cabezas, trascendiendo así su mera condición de humano para convertirse en demonio —oni—. Usaron a este oni y una espada sagrada para clavar sus colmillos en la cintura de la península coreana —tigre—, con el fin de gobernarla para siempre.
El oni llega a decir: «Debería haber sido enterrado en el Santuario Joseón, en la montaña Namsan, pero el onmyōji me enterró en un lugar como este».
El cabrón estaba enfadado porque, después de haberse convertido en dios demonio al decapitar a más de diez mil personas —es meterle horas a la Play para sacarse el Platinum—, consideraba que tenía el derecho de haberse convertido en el dios de dicho santuario y en objeto de culto para el pueblo, pero lo enterraron en un lugar extraño y anónimo. Un puto bosque de mierda al pie de una montaña, en mitad de la nada.
En Japón, Toyotomi Hideyoshi, responsable de masacres de coreanos, es venerado como deidad en el Santuario Toyotomi ubicado en el parque del Castillo de Osaka, así que tiene su lógica.
También se sabe que, durante el período colonial japonés, Japón ocupó Seúl basándose en los principios del feng shui.
Cito textualmente:
«Seúl era una ciudad diseñada según el feng shui de la Tortuga Negra, el Dragón Azul, el Tigre Blanco y el Ave Bermellón en las cuatro direcciones. Sin embargo, Japón suprimió el Palacio Gyeongbokgung construyendo el Gobierno General de Corea frente al Monte Bugak, que corresponde a la posición de la Tortuga Negra, y erigió el Santuario Joseon en el Monte Namsan, posición del Ave Bermellón. También clavaron estacas de hierro en las cumbres de los Montes Inwang y Naksan, que corresponden al Dragón Azul y al Tigre Blanco».
Esta teoría de opresión cultural hasta tiene un nombre: la teoría del corte de las venas de energía (Danmaek). Para algunos, teoría de la conspiración. Para otros, realidad.
Cágate, lorito.
A mí esta mierda me flipa.
EN CONCLUSIÓN
Si me apuras, te diría que hasta podemos decir que Exhuma tiene una cuarta capa, porque nos ha estado tratando a nosotros, los espectadores, como a clientes. Hemos entrado en ella pensando que íbamos a comprar una cosa. Y, después de habernos vendido dos diferentes, acabamos por descubrir que al final todo iba de memoria histórica, diferencia de clases, colaboración y colonialismo.
Olé sus santos cojones, señor Jang Jae-hyun. A sus pies. No sabe usted las ganas que tengo de ver su próxima peli.
Y hasta aquí mi verborrea verborrágica.
Espero que no se haya hecho muy pesada.
A estas alturas de año, mis meninges no dan para mucho más, la verdad.
Aprovecho la coyuntura para hacer un anuncio: esta ha sido mi última chapa de la temporada.
O «en una buena temporada», más concretamente.
Pronto sabréis por qué.
Feliz semana.
Finis Operculorum Lagynarum
Soy una puta, pero una puta muy cara.


![[Imagen: gulfnews%2Fimport%2F2024%2F07%2F05%2FKim...ss&fit=max]](https://media.assettype.com/gulfnews%2Fimport%2F2024%2F07%2F05%2FKim-Go-eun_1908351b035_large.jpg?w=480&auto=format%2Ccompress&fit=max)
![[Imagen: 114c2b4e48cedb16c59364f9f7e278cbfa5f9254.gif]](https://64.media.tumblr.com/1ef473bcbb943a4e4558c0e69fd52993/0a8b3752022d352d-eb/s540x810/114c2b4e48cedb16c59364f9f7e278cbfa5f9254.gif)