Le dedico una retrocrítica porque es una serie que ya tiene unos años, pero aclaro que la estoy viendo por primera vez. En estos momentos voy por la tercera temporada y considero que ya ha despertado suficiente interés en mí como para dedicarle una reseña personal.
La serie, en sí, es bastante aceptable gracias a sus personajes y a sus historias personales. Te caen lo suficientemente bien como para empatizar con ellos. En líneas generales, el reparto cumple con creces y hay que reconocer que han elegido a un actor protagonista que, por momentos, me lo imagino desfilando en una pasarela de Versace o en cualquier evento reservado para grandes celebridades. Todo eso está muy bien, sin duda.
Pero no es eso lo que más ha conseguido engancharme, sino el hecho de que estamos ante una propuesta claramente cyberpunk, aunque, a simple vista, pueda no parecerlo.
La mayoría suele pensar que el cyberpunk, para ser considerado como tal, debe ambientarse en megaciudades distópicas y futuristas, repletas de luces de neón, contaminación y noches prácticamente eternas bajo una lluvia constante. Sin embargo, se olvidan de que el cyberpunk es, ante todo, un género en el que la tecnología, especialmente la informática, forma parte esencial de la historia. Es un elemento del que no se puede prescindir.
Además, es habitual que los protagonistas luchen, de un modo u otro, contra enormes megacorporaciones tecnológicas que mantienen a la sociedad controlada y vigilada. A ello suele sumarse una fuerte presencia de implantes cibernéticos y una evidente visión transhumanista.
Para que una obra pueda considerarse cyberpunk no es imprescindible que reúna todos estos elementos al mismo tiempo. De hecho, ni siquiera es necesario que transcurra en un futuro lejano. En este sentido existe lo que muchos denominan postcyberpunk, una variante que plantea que nuestra propia sociedad ya vive, en cierto modo, dentro de una era cyberpunk. Lo que sí es indispensable es que la informática sea un elemento constante de la trama, no un simple recurso secundario. Tampoco pueden faltar las grandes corporaciones tecnológicas —incluido el propio Gobierno— luchando por obtener y controlar la mayor cantidad de información posible mediante enormes infraestructuras informáticas.
Y, sorprendentemente, Person of Interest reúne todos esos ingredientes fundamentales.
Para quien no la conozca, la serie narra cómo un gigantesco centro de datos vigila constantemente, mediante las cámaras de prácticamente cualquier dispositivo, a todos los ciudadanos de Estados Unidos. Básicamente, se trata de una inteligencia artificial diseñada para detectar cualquier amenaza terrorista que pueda comprometer la seguridad nacional.
La particularidad de esta IA es que, para localizar esas amenazas, también analiza todos los delitos que se cometen a lo largo del país. Sin embargo, está programada para descartar aquellos que considera irrelevantes, es decir, los que no representan un peligro para la nación en su conjunto.
Los protagonistas se dedican precisamente a impedir esos crímenes menores que les proporciona «La Máquina», nombre con el que se refieren a esta IA. Para ello, únicamente reciben el número de la Seguridad Social de una persona que puede terminar siendo víctima o responsable de algún delito. A partir de ahí, son ellos quienes deben averiguar cuál de las dos posibilidades es la correcta para decidir cómo actuar.
Semejante premisa da pie al típico «caso de la semana», aunque muchos de esos episodios terminan siendo la antesala para presentarnos personajes, organizaciones o acontecimientos que irán cobrando cada vez más importancia conforme avanzan las temporadas. Solo por eso la serie ya resulta bastante entretenida y variada.
Pero lo mejor son todos los temas de fondo que plantea y que invitan a reflexionar. ¿Hasta qué punto es correcto que se nos vigile constantemente, poniendo en riesgo nuestra privacidad? ¿Quiénes son los más indicados para ostentar semejante poder? Y, si es justo defender nuestra intimidad, ¿hasta dónde deberíamos llegar para protegerla?
Todos estos temas —y muchos más— se van poniendo sobre la mesa a medida que avanza la historia, mientras disfrutamos de momentos bastante logrados de suspense y acción, muy al estilo de las películas de Bourne, aunque con una dirección mucho menos influenciada por Paul Greengrass. Al mismo tiempo, la trama se vuelve cada vez más compleja y enrevesada.
Además, la banda sonora y la selección musical destacan por su enorme buen gusto. Es cierto que se nota que la serie tenía ciertas limitaciones propias de la cadena que la produjo; esto no es HBO ni mucho menos. Aun así, consigue ingeniárselas para ofrecer momentos realmente potentes en determinados capítulos.
Como ya digo, todo ello basta para construir una serie que sabe entretener y mantenerte enganchado. Pero, sin lugar a dudas, lo que más me ha fascinado es el desarrollo del que considero su verdadero protagonista: La Máquina.
A partir de aquí puede haber ligeros spoilers. Si no habéis visto la serie y tenéis pensado hacerlo, os recomiendo que dejéis de leer.
Al principio, La Máquina parece una simple herramienta al servicio tanto del Gobierno como de los protagonistas. Sin embargo, poco a poco se va insinuando que quizá estemos ante algo mucho más complejo que una simple inteligencia artificial, hasta el punto de comportarse como un auténtico ser consciente, capaz de pensar por sí mismo y de tomar sus propias decisiones.
Hasta donde llevo vista la serie, La Máquina no suele intervenir demasiado, pero cuando decide hacerlo, sus acciones tienen un peso enorme. Es entonces cuando nos damos cuenta de que ha dejado de ser una simple herramienta al servicio de los protagonistas para convertirse en todo lo contrario: son ellos quienes, en realidad, terminan estando al servicio de ella.
Y es ahí donde la propia serie parece responder a una de las preguntas que plantea desde el principio: ¿quién debería vigilarnos y velar por nuestra seguridad? Según su planteamiento, nadie mejor que un ser consciente que, precisamente por no ser humano, carece de muchos de nuestros defectos y es incapaz de caer en las habituales tentaciones del poder o la corrupción.
La Máquina es, en cierto modo, lo más parecido a un dios. Sus creadores creían estar jugando a ser dioses, cuando en realidad terminaron creando uno. Aun así, tampoco está exenta de ciertos comportamientos cuestionables. Pero, sinceramente, me resulta mucho más creíble pensar que algo así podría gestionar semejante responsabilidad mejor que el típico político o presidente, cuyos verdaderos intereses rara vez coinciden con los del conjunto de la sociedad, ya sea a corto o a largo plazo.
Todavía me quedan muchos episodios por delante. La serie consta de cinco temporadas, siendo la última la más corta de todas. Pero, por el momento, no puedo estar más satisfecho con todo lo que me ha ofrecido hasta ahora.
La serie, en sí, es bastante aceptable gracias a sus personajes y a sus historias personales. Te caen lo suficientemente bien como para empatizar con ellos. En líneas generales, el reparto cumple con creces y hay que reconocer que han elegido a un actor protagonista que, por momentos, me lo imagino desfilando en una pasarela de Versace o en cualquier evento reservado para grandes celebridades. Todo eso está muy bien, sin duda.
Pero no es eso lo que más ha conseguido engancharme, sino el hecho de que estamos ante una propuesta claramente cyberpunk, aunque, a simple vista, pueda no parecerlo.
La mayoría suele pensar que el cyberpunk, para ser considerado como tal, debe ambientarse en megaciudades distópicas y futuristas, repletas de luces de neón, contaminación y noches prácticamente eternas bajo una lluvia constante. Sin embargo, se olvidan de que el cyberpunk es, ante todo, un género en el que la tecnología, especialmente la informática, forma parte esencial de la historia. Es un elemento del que no se puede prescindir.
Además, es habitual que los protagonistas luchen, de un modo u otro, contra enormes megacorporaciones tecnológicas que mantienen a la sociedad controlada y vigilada. A ello suele sumarse una fuerte presencia de implantes cibernéticos y una evidente visión transhumanista.
Para que una obra pueda considerarse cyberpunk no es imprescindible que reúna todos estos elementos al mismo tiempo. De hecho, ni siquiera es necesario que transcurra en un futuro lejano. En este sentido existe lo que muchos denominan postcyberpunk, una variante que plantea que nuestra propia sociedad ya vive, en cierto modo, dentro de una era cyberpunk. Lo que sí es indispensable es que la informática sea un elemento constante de la trama, no un simple recurso secundario. Tampoco pueden faltar las grandes corporaciones tecnológicas —incluido el propio Gobierno— luchando por obtener y controlar la mayor cantidad de información posible mediante enormes infraestructuras informáticas.
Y, sorprendentemente, Person of Interest reúne todos esos ingredientes fundamentales.
Para quien no la conozca, la serie narra cómo un gigantesco centro de datos vigila constantemente, mediante las cámaras de prácticamente cualquier dispositivo, a todos los ciudadanos de Estados Unidos. Básicamente, se trata de una inteligencia artificial diseñada para detectar cualquier amenaza terrorista que pueda comprometer la seguridad nacional.
La particularidad de esta IA es que, para localizar esas amenazas, también analiza todos los delitos que se cometen a lo largo del país. Sin embargo, está programada para descartar aquellos que considera irrelevantes, es decir, los que no representan un peligro para la nación en su conjunto.
Los protagonistas se dedican precisamente a impedir esos crímenes menores que les proporciona «La Máquina», nombre con el que se refieren a esta IA. Para ello, únicamente reciben el número de la Seguridad Social de una persona que puede terminar siendo víctima o responsable de algún delito. A partir de ahí, son ellos quienes deben averiguar cuál de las dos posibilidades es la correcta para decidir cómo actuar.
Semejante premisa da pie al típico «caso de la semana», aunque muchos de esos episodios terminan siendo la antesala para presentarnos personajes, organizaciones o acontecimientos que irán cobrando cada vez más importancia conforme avanzan las temporadas. Solo por eso la serie ya resulta bastante entretenida y variada.
Pero lo mejor son todos los temas de fondo que plantea y que invitan a reflexionar. ¿Hasta qué punto es correcto que se nos vigile constantemente, poniendo en riesgo nuestra privacidad? ¿Quiénes son los más indicados para ostentar semejante poder? Y, si es justo defender nuestra intimidad, ¿hasta dónde deberíamos llegar para protegerla?
Todos estos temas —y muchos más— se van poniendo sobre la mesa a medida que avanza la historia, mientras disfrutamos de momentos bastante logrados de suspense y acción, muy al estilo de las películas de Bourne, aunque con una dirección mucho menos influenciada por Paul Greengrass. Al mismo tiempo, la trama se vuelve cada vez más compleja y enrevesada.
Además, la banda sonora y la selección musical destacan por su enorme buen gusto. Es cierto que se nota que la serie tenía ciertas limitaciones propias de la cadena que la produjo; esto no es HBO ni mucho menos. Aun así, consigue ingeniárselas para ofrecer momentos realmente potentes en determinados capítulos.
Como ya digo, todo ello basta para construir una serie que sabe entretener y mantenerte enganchado. Pero, sin lugar a dudas, lo que más me ha fascinado es el desarrollo del que considero su verdadero protagonista: La Máquina.
A partir de aquí puede haber ligeros spoilers. Si no habéis visto la serie y tenéis pensado hacerlo, os recomiendo que dejéis de leer.
Al principio, La Máquina parece una simple herramienta al servicio tanto del Gobierno como de los protagonistas. Sin embargo, poco a poco se va insinuando que quizá estemos ante algo mucho más complejo que una simple inteligencia artificial, hasta el punto de comportarse como un auténtico ser consciente, capaz de pensar por sí mismo y de tomar sus propias decisiones.
Hasta donde llevo vista la serie, La Máquina no suele intervenir demasiado, pero cuando decide hacerlo, sus acciones tienen un peso enorme. Es entonces cuando nos damos cuenta de que ha dejado de ser una simple herramienta al servicio de los protagonistas para convertirse en todo lo contrario: son ellos quienes, en realidad, terminan estando al servicio de ella.
Y es ahí donde la propia serie parece responder a una de las preguntas que plantea desde el principio: ¿quién debería vigilarnos y velar por nuestra seguridad? Según su planteamiento, nadie mejor que un ser consciente que, precisamente por no ser humano, carece de muchos de nuestros defectos y es incapaz de caer en las habituales tentaciones del poder o la corrupción.
La Máquina es, en cierto modo, lo más parecido a un dios. Sus creadores creían estar jugando a ser dioses, cuando en realidad terminaron creando uno. Aun así, tampoco está exenta de ciertos comportamientos cuestionables. Pero, sinceramente, me resulta mucho más creíble pensar que algo así podría gestionar semejante responsabilidad mejor que el típico político o presidente, cuyos verdaderos intereses rara vez coinciden con los del conjunto de la sociedad, ya sea a corto o a largo plazo.
Todavía me quedan muchos episodios por delante. La serie consta de cinco temporadas, siendo la última la más corta de todas. Pero, por el momento, no puedo estar más satisfecho con todo lo que me ha ofrecido hasta ahora.

