Casi terminada la temporada, a falta del último capítulo y, en general, bien.
Como ya comenté más arriba, toda la parte de Apocalypse me parece bastante mejorable. Si vas a contar su origen y explicar que termina convirtiéndose en quien es porque los propios X-Men la acaban liando al intentar impedir su destino, tienes que trabajar mucho más esa idea. Tal y como está planteada, me parece un concepto con muchísimo potencial pero desarrollado de una forma bastante superficial. Y, de paso, sigo sin comprar que uno de los mutantes más poderosos del universo Marvel como es Charles Xavier se pase media temporada haciendo de saco de boxeo para los villanos.
Tampoco termina de convencerme todo lo relacionado con Cable. Tener a un Nathan Summers adulto viajando desde el futuro e interactuando con Jean Grey y Cyclops debería dar muchísimo más juego del que finalmente ofrece la serie. Hay una carga dramática enorme en esa relación, pero casi todo acaba orbitando otra vez alrededor de Apocalypse.
Por lo demás, lo de Magneto, Gambit y compañía... bueno, ya sabemos cómo funciona el componente de telenovela de los X-Men. Amores imposibles, sacrificios, traiciones, reencuentros, dramas familiares y muertos que vuelven inexplicablemente a la vida. Forma parte de su ADN y, a estas alturas, casi sería raro que no estuvieran ahí.
Personalmente sigo quedándome con la primera temporada. Todo lo ocurrido en Genosha me pareció bastante más potente, tanto por impacto emocional como por las consecuencias que arrastraba para el resto de personajes. Aun así, esta segunda temporada me ha entretenido bastante y me ha gustado especialmente el papel de Jubilee, que deja definitivamente de ser la mutante novata para convertirse en un miembro mucho más activo, resolutivo y con verdadero peso dentro del equipo.
En definitiva, una temporada repleta de acción, giros constantes y grandes momentos, aunque con varias tramas que se quedan un poco a medio cocinar. Mucho trauma, mucho drama personal y, sobre todo, mucho trabajo coral. Y es precisamente ahí donde, para mí, los X-Men siguen marcando la diferencia respecto a la mayoría del género superheroico: aquí nadie salva el día él solo. La fuerza nace del grupo, de la complementariedad entre personajes muy distintos y de la idea de que la diversidad, bien entendida, siempre termina siendo un activo. Esa sigue siendo la gran virtud de esta franquicia y el motivo por el que Chris Claremont y compañía la convirtieron en algo mucho más interesante que un simple cómic de superhéroes.
Como ya comenté más arriba, toda la parte de Apocalypse me parece bastante mejorable. Si vas a contar su origen y explicar que termina convirtiéndose en quien es porque los propios X-Men la acaban liando al intentar impedir su destino, tienes que trabajar mucho más esa idea. Tal y como está planteada, me parece un concepto con muchísimo potencial pero desarrollado de una forma bastante superficial. Y, de paso, sigo sin comprar que uno de los mutantes más poderosos del universo Marvel como es Charles Xavier se pase media temporada haciendo de saco de boxeo para los villanos.
Tampoco termina de convencerme todo lo relacionado con Cable. Tener a un Nathan Summers adulto viajando desde el futuro e interactuando con Jean Grey y Cyclops debería dar muchísimo más juego del que finalmente ofrece la serie. Hay una carga dramática enorme en esa relación, pero casi todo acaba orbitando otra vez alrededor de Apocalypse.
Por lo demás, lo de Magneto, Gambit y compañía... bueno, ya sabemos cómo funciona el componente de telenovela de los X-Men. Amores imposibles, sacrificios, traiciones, reencuentros, dramas familiares y muertos que vuelven inexplicablemente a la vida. Forma parte de su ADN y, a estas alturas, casi sería raro que no estuvieran ahí.
Personalmente sigo quedándome con la primera temporada. Todo lo ocurrido en Genosha me pareció bastante más potente, tanto por impacto emocional como por las consecuencias que arrastraba para el resto de personajes. Aun así, esta segunda temporada me ha entretenido bastante y me ha gustado especialmente el papel de Jubilee, que deja definitivamente de ser la mutante novata para convertirse en un miembro mucho más activo, resolutivo y con verdadero peso dentro del equipo.
En definitiva, una temporada repleta de acción, giros constantes y grandes momentos, aunque con varias tramas que se quedan un poco a medio cocinar. Mucho trauma, mucho drama personal y, sobre todo, mucho trabajo coral. Y es precisamente ahí donde, para mí, los X-Men siguen marcando la diferencia respecto a la mayoría del género superheroico: aquí nadie salva el día él solo. La fuerza nace del grupo, de la complementariedad entre personajes muy distintos y de la idea de que la diversidad, bien entendida, siempre termina siendo un activo. Esa sigue siendo la gran virtud de esta franquicia y el motivo por el que Chris Claremont y compañía la convirtieron en algo mucho más interesante que un simple cómic de superhéroes.
“Gentlemen, you can't fight in here! This is the War Room!"

