Increíble que no estemos hablando de la nueva serie mainstream que se está convirtiendo en un fenómeno mundial que ha pillado totalmente de imprevisto a su creador y a Netflix que compraron los derechos por cuatro perras y a penas sin promocionar porque no pensaron que iba a obtener el interés mediático que al final ha conseguido.
El Juego del Calamar es una especie de Humor Amarillo con muy mala leche e hiperviolento mezclado en la batidora con otras películas orientales como Battle Royale, Okja y Parásitos con otros productos occidentalizados como la saga Saw y la serie de La Casa de Papel pero siempre manteniendo esa comicidad gamberra y macabra que caracteriza al cine coreano.
Tras un inicio bastante impactante y después de decaer un poco con alguna bajada de ritmo y varias interpretaciones un poco sobreactuadas, la cosa mejora por momentos y mantiene el interés durante 9 capítulos que se ven del tirón y que no pretenden trascender más allá de lograr entretener al espectador pero siempre tratándole con bastante respeto.
La escenografía es una maravilla (esa sala que mezcla las escaleras de Escher con el juego para móviles Monument Valley), la fotografía agradeciblemente muy colorida y muy adecuadas la banda sonora, el ritmo, la acción y un guion con mucha mala baba y con pinceladas de crítica social bien introducida en la trama.
Por ponerle una pega, algo que viene siendo muy habitual en los productos de consumo reciente y es el montar un final poco digno y coherente con el resto porque hay que dejar la posibilidad de continuar en futuras secuelas y/o siguientes temporadas.
Por lo demás, una de esas pocas veces en las que la exagerada fama y promoción de una serie está bastante justificada.
El Juego del Calamar es una especie de Humor Amarillo con muy mala leche e hiperviolento mezclado en la batidora con otras películas orientales como Battle Royale, Okja y Parásitos con otros productos occidentalizados como la saga Saw y la serie de La Casa de Papel pero siempre manteniendo esa comicidad gamberra y macabra que caracteriza al cine coreano.
Tras un inicio bastante impactante y después de decaer un poco con alguna bajada de ritmo y varias interpretaciones un poco sobreactuadas, la cosa mejora por momentos y mantiene el interés durante 9 capítulos que se ven del tirón y que no pretenden trascender más allá de lograr entretener al espectador pero siempre tratándole con bastante respeto.
La escenografía es una maravilla (esa sala que mezcla las escaleras de Escher con el juego para móviles Monument Valley), la fotografía agradeciblemente muy colorida y muy adecuadas la banda sonora, el ritmo, la acción y un guion con mucha mala baba y con pinceladas de crítica social bien introducida en la trama.
Por ponerle una pega, algo que viene siendo muy habitual en los productos de consumo reciente y es el montar un final poco digno y coherente con el resto porque hay que dejar la posibilidad de continuar en futuras secuelas y/o siguientes temporadas.
Por lo demás, una de esas pocas veces en las que la exagerada fama y promoción de una serie está bastante justificada.

