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UN RELATO DE FRONTERA (1521 - 1918)
#1
Pues nada, que me he liado la manta a la cabeza y voy con un «a ver qué sale» en toda regla. Algo tenía pensado de antes, así que no voy a ciegas, pero está todo redactado hoy mismo. Ten piedad con este pobre escriba.

Capítulo 1: Cuando España también era Norteamérica

Olvida todo lo que crees saber sobre la Conquista del Oeste americano gracias a las películas, porque casi todo es mentira, y aquello que no lo es está tergiversado. Los hechos que te han contado, las armas que has visto, las fechas que te han mencionado. Todo revuelto, confundido o fabulado. Mi intención con esta serie es arrojar un poco de luz sobre todo ese batiburrillo de cosas que, a fuerza de insistir, nos han metido en la puta cabeza. Poner las cosas un poco en orden sin volverme (ni volverte) loco (o «loca», «loque», o lo que… seas y/o te sientas, que a mí todo me parece bien).

Voy a rizar un poco el rizo, porque te voy a contar las verdades entrelazándolas con películas, que suelen ser mentira; pero creo que, precisamente gracias a que estas últimas las tenemos muy interiorizadas, constituyen una herramienta perfecta para situarte y desmontar mitos.

Basta de introitos, que hay mucha tela que cortar.

Sin más preámbulos.

Empiezo por lo más chocante.

El origen de la figura del cowboy es español, no yanqui. Los mustangs, sus famosos «caballos autóctonos» (que dan nombre a varios modelos de muscle cars) no son otra cosa que los mesteños españoles. Los revólveres de las películas disparan muchas menos balas que las que escuchas, y hacen un ruido que te rilas. Muchos de los nombres originales de los estados que todavía hoy se conservan en el país de la Coca-Cola se deben también a nuestra prolongada presencia por aquellos lares, diluida en mayor o menor medida. Y no, no es que me haya vuelto loco, o que sea un hetero-facho-patriarcal votante de la ultraderecha (tanto lo de votar, como todo lo «ultra»… a mí, como que no). Es, simplemente, Historia.

Ya, ya lo sé. Yo también lo flipé cuando me enteré, pero, en serio: hubo un tiempo en el que el imperio español incluía las Montañas Rocosas y los territorios de Montana, Dakota e incluso Alaska, hasta el punto de que llegaba a hacer frontera con la mismísima Rusia. Para la España de aquellos años, los grandes territorios de México, California, Florida y Texas constituían rutas comerciales terrestres de una importancia similar a la marítima del Galeón de Manila (ver enlace para ampliar información al respecto de esto último).

Eran los tiempos del Virreinato, y, en su momento de mayor esplendor (1794), casi todo lo que se conoce hoy como los EE. UU. formaba parte integral de este. De hecho, ese todo recibía el nombre de «la Nueva España», que hoy es un periódico más bien regulero. Ya ves. Lo que son las cosas.

Mira este mapa.

   

Nueva Extremadura. Nueva Vizcaya. Nueva Navarra. Nuevo México. Alta y Baja California. Nuevas Filipinas. Muchos de esos nombres nos resultan hoy ajenos, desconocidos, a causa tanto de la maquinaria propagandística hollywoodiense como del desprecio y la desidia que el españolito medio siente hacia su pasado. No lo critico, conste. Pocas personas son tan enfermas como yo.

A lo que iba.

Siendo como era una potencia naval, el Virreinato debía guardar sus costas y fortificar los puertos. Siendo también una potencia terrestre, además, debía asegurar el interior de las tierras del Pacífico Norte; una extensión inabarcable y en constante amenaza, a causa de las tribus nativas (chichimecas, conchos, pinas, seris, comanches, navajos y, sobre todo, apaches, cuyo nombre significa «enemigos» en el dialecto zuñi). Esta tarea recayó sobre las Tropas Virreinales de Nueva España: los Dragones de Cuera (el enlace te lleva a un PDF seguro, si quieres saber más sobre ellos).

   

Dime que no te recuerdan a nada. Hombres a caballo cruzando la pradera con sombreros de ala ancha para protegerse del sol, pistola (de chispa) al cinto y carabina (también de chispa) en la silla de montar. Pertrechados, además, con espada, lanza y una adarga (escudo) de mimbre, cuero trenzado o piel curtida para protegerse de las flechas enemigas. Porque todavía faltan más de 300 años para que Samuel Colt fabrique su primer revólver, y las armas de fuego son de avancarga y un solo tiro. Apuntas, disparas, das en el blanco (o no), y tardas un tiempo que puede ser decisivo en recargar, lo que implica que, más pronto que tarde, el combate se tendrá que resolver al arma blanca.

Podemos ver más de una docena de versiones diferentes de la muerte del general Custer, pero prácticamente ninguna película que hable de los hombres de cuera o los húsares de Texas, todavía menos conocidos. Utilizo el adverbio acabado en -mente porque algo hay, pero poco. Apenas nada. Luego llegaremos a eso.

De momento, para empezar a contar esta historia, quiero dejar fijados otros dos conceptos que van asociados: fronteras y presidios.

1570. Para proteger las fronteras del Virreinato, por orden del 4.º virrey Entíquez de Almansa, se inicia la construcción de una serie de fuertes, conocidos como «presidios», cuya guarnición recibe el nombre de «soldados de presidio». Su misión es proteger las vías de comunicación, las misiones, los poblados, los ranchos, las tribus aliadas, los asentamientos dispersos de colonos y los refugiados nativos que están bajo la protección de la Corona de España. Dicha frontera marca una línea recta desde San Francisco, en California, a San Agustín, en Florida, de 4.000 kilómetros, protegiendo el flanco noroeste del territorio de la Luisiana, y con él el Camino de Tierra Adentro, que conecta Florida con Texas. Su misión es, en suma, la defensa y la patrulla, la protección de los caminos y los correos, actuando como una fuerza móvil y versátil.

Todos estos caminos.

   

Ese mismo año se comienzan las obras de la catedral de Jaén, por cierto. Y también Nace Guy Fawkes, que se hará famoso en 1605 por tratar de matar al rey Jacobo de Inglaterra derrumbando el Palacio de Westmister con pólvora junto a otros conspiradores. Remember, remember, the 5th of November, ya sabes.

Pero ¿qué era un presidio? Básicamente, un fuerte romano actualizado. Una construcción de adobe y madera que, al principio, se erigía y se abandonaba según las necesidades de la región que había que proteger y, con el tiempo, se fue convirtiendo en algo más estable, de piedra. Esto que has visto en mil películas del Oeste que sucedan en algún punto de la frontera de México. O en esos culebrones llenos de tías buenorras con escotazos y sombreros de conchos (adorno que toma el nombre de una tribu india, cuyo nombre has podido leer más arriba dentro de una lista, y se llamaban a sí mismos yoli). Normalmente, en las pelis los suelen llamar «fuertes españoles», porque eso son.

   

Damos ahora un salto en el tiempo, que de otro modo la cosa puede hacerse muy árida. Nos basta con saber que, a lo largo del siglo siguiente, se construye una serie de ellos al norte del río Bravo, y, a lo largo de 1600 a 1700, los de Texas y California, llegando incluso a la actual Canadá, en la isla de Nootka. El nuevo siglo trae una nueva orientación estratégica defensiva, ante el establecimiento francés en la Luisiana. Tenemos ahora una zona no ocupada entre los ríos Mississipi y Grande del Norte, que se disputan ambos países. Una nueva frontera. Vamos a ver muchas en esta serie. Líquidas. Muy cambiantes.

Hemos corrido de la hostia. Estamos ya en 1714. Francia mantiene el fuerte de Natchitoches y funda Nueva Orleáns, en la desembocadura del delta del Mississipí (cuna de la mejor música blues), en 1719. Por su parte, unos años antes, en 1701, España ha establecido una compañía volante, sin asentamiento fijo, a orillas del río Grande. Dos años más tarde, se construye allí el presidio de San Juan Bautista del Río Grande. Partiendo de este último, en 1716, Martín de Alarcón penetra hasta la frontera con Luisiana, junto al río Noches, y funda el presidio de Nuestra Señora de los Dolores. Solo por joder.

Que hay piquilla y andamos liados a palos, vamos.

Todavía no estamos en el primer mapa que has visto en este post. Sí, el de más arriba.

Ahora mismo, estamos más o menos (no había forma de encontrar un mapa del año exacto) aquí.

   

España bien afianzada desde México. Francia haciéndose fuerte en la zona central de Norteamérica (y teniendo unos problemas con los indios que no veas) y, allí arriba y a la derecha, escondidita, Inglaterra, que es quien lo va a joder todo (empezando por los propios nativos americanos) muy fuerte dentro de unos años.

Pero aún no. Aún no.

Mas hete aquí que las cosas empiezan a torcerse un poco para el Virreinato por culpa de un nuevo gobernador que no cae muy bien en la frontera norte. Tras décadas de paz, entre 1725 y 1740, las sublevaciones y los ataques de los indios seris y apaches son constantes. Los pinas no tardan en unírseles, de modo que se solicita reiteradamente la erección (guiño guiño, codazo codazo) de nuevos presidios. Los yaquis y los mayos asolan la región de Ostimuri, donde, en sus feroces ataques al cerro de dicho nombre en que se han fortificado las fuerzas españolas, sufren más de 5.000 muertos.

Cabe añadir que el gobierno del Virreinato depende del Gobierno Central de la Corona, quien proporciona los dineros, equipos y hombres necesarios a cada uno de los distritos de Nueva España, por medio de su red naval. Si pones a un gobernador con la mano un poco larga, los dineros se pierden, las cosas empiezan a ir mal y la gente se encabrona. La historia de siempre, vaya.

Total. Que se está liando parda

1743. León Alastray (Anthony Quinn), un fugitivo perseguido por los Dragones de Cuera, se refugia en una iglesia y es protegido por el párroco local. Juntos, consiguen huir al ruinoso pueblo de San Sebastián, donde, tras la muerte del sacerdote, Alastray se hace pasar por él y se ve obligado a organizar a los pobladores para que defiendan el asentamiento.

Porque hay una, solo una peli en la que la gente de cuera está representada de un modo y en una época apropiados. Se titula Los cañones de San Sebastián, y, en lugar de alargar este tocho inaugural escrito en una tarde (unas cuatro horas, en realidad, sumando la búsqueda de fotos y vídeos), prefiero que te hable de ella un especialista en cine del oeste.



No hemos hecho otra cosa que arañar la superficie, pero está bien para un primer día, ¿no? En el segundo capítulo podemos hacer dos cosas:

A) Profundizar un poco más en los propios dragones de cuera, así como en las armas de avancarga en sí, para tener eso ganado. Vamos a ver armas de avancarga hasta después de la Guerra Civil Norteamericana, que es tiempo. Igual conviene quitarnos eso de encima pronto.

B) Seguir avanzando en la historia, porque lo que se viene nos lleva directos a El último mohicano y alguna otra cosilla jugosa, como la guerra de los Siete Años y todo el pollo que va a empezar a montarse en el noreste entre franceses e ingleses, donde España metió algo la cuchara, pero poco. 

Como voy redactando las entradas ad hoc, estoy abierto a sugerencias. Las opiniones me ayudarán a centrar el tiro en un tema que es, en sí mismo, titánico.

Termino con algo que quiero que sea una sección fija dentro de la serie:


Desmontando mitos:

Estoy casi seguro de que el aspecto de los hombres de cuera, los presidios y todo esto te suena un montón, pero a lo mejor no terminas de tener claro que esta gente es contemporánea de Barry Lyndon y la peña de sombreros de tres picos a lo El pacto de los lobos. ¿Sabes por qué? Por culpa de esto.



Tienen un aire, ¿verdad? Porque se supone que son la misma cosa, pero no. La maldición de Capistrano, la primera historia de El Zorro, está escrita en 1919 y ambientada en 1821, año en el que pasan varias cosas. Napoleón la rosca en su exilio de Santa Elena, James Monroe toma posesión como presidente de los Estados Unidos de América en un segundo mandato y, sobre todo, se firman los Tratados de Córdoba, por medio de los cuales la Corona reconoce la independencia de México del poder colonial español. Que nos piramos, vaya. Para entonces, llevábamos allí más de 300 años. Y los revólveres, que se acaban de inventar en 1819, todavía no se han extendido más allá del ámbito militar. Pero sí que hay mosquetes, carabinas y pistolas. De avancarga.

Y nada, que finis chapa of today. Espero haber aclarado un poco más la cronología de las cosas.

Un saludo y nos vemos en la siguiente.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#2
Un placer como siempre leerte. Mis dieces. Sólo paso para 2 cosillas:

1-Voto por la opción A.

2-En cuanto al tema de la desinformación sobre nuestro pasado imperial y algunos detallitos jugosos sobre la presencia española en Estados Unidos recomendaría la lectura de "Enemigos del imperio" de León Arsenal. A mí me resultó muy interesante.
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#3
(10-08-2024, 09:28 PM)Raziel Monsalud escribió: Un placer como siempre leerte. Mis dieces. Sólo paso para 2 cosillas:

1-Voto por la opción A.

2-En cuanto al tema de la desinformación sobre nuestro pasado imperial y algunos detallitos jugosos sobre la presencia española en Estados Unidos recomendaría la lectura de "Enemigos del imperio" de León Arsenal. A mí me resultó muy interesante.


1) Me pillas terminando de peinarla sobre la marcha. Apunto la sugerencia y a ver qué dice el resto de la peña.

2) Me parece más que cojonudísimo que usemos esto para recomendar libros, revistas, documentales o todo tipo de cosas que ayuden a enriquecer la cuestión. ¿Mola que añadamos una bibliografía recomendada al final de la serie?
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#4
(10-08-2024, 09:35 PM)Peckinpah escribió:
(10-08-2024, 09:28 PM)Raziel Monsalud escribió: Un placer como siempre leerte. Mis dieces. Sólo paso para 2 cosillas:

1-Voto por la opción A.

2-En cuanto al tema de la desinformación sobre nuestro pasado imperial y algunos detallitos jugosos sobre la presencia española en Estados Unidos recomendaría la lectura de "Enemigos del imperio" de León Arsenal. A mí me resultó muy interesante.


1) Me pillas terminando de peinarla sobre la marcha. Apunto la sugerencia y a ver qué dice el resto de la peña.

2) Me parece más que cojonudísimo que usemos esto para recomendar libros, revistas, documentales o todo tipo de cosas que ayuden a enriquecer la cuestión. ¿Mola que añadamos una bibliografía recomendada al final de la serie?

1-Ok. A ver que dicen.

2-Yo creo que vale la pena si la peña tiene interés en ampliar y que vayan a las fuentes.
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#5
Estupendo artículo. Me mola mucho nuestra historia en el continente americano, y teniendo en cuenta que me quedé en el siglo 16, esto me viene de perlas.

Dicho lo cual, yo también voto por la A, porque los dragones de cuera me interesan un huevo desde que el bueno de @rafaelgg recomendó el cómic llamado "Dragones de frontera", que es la polla, y a raiz de leer el "La conquista de América contada para escépticos" de Eslava Galán (muy divertido, bien documentado, no demasiado profundo, ideal como inicio o complemento, eso sí, centrado en Colón, Cortés y Pizarro) donde el autor recomienda "Comanche", de Jesús Maeso de la Torre, la cual tengo pero no me he leído todavía, pero mi hermano sí, y dice que está muy bien.

Amos, que a tope y encantado con esta serie. Dejo fotos de las cositas que he nombrado.

   
   
   
¡Estúpido hombre sabio!
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#6
Rainbow 
Gerónimo, el jefe apache,  dominaba pwrfectamente el español y esto se debe a que su tribu fue subfira de la corona española durante muchas décadas.
  Y al parecer los apaches mezcaleros nunca entraron en conflictos y luchas con los españolesz porque a diferencia de lo que pasó luego con los yanquis, se respetaba sus tierras y se les permitía vivir en ellas. Fijo que Apache y sus hombres hubieran querido seguir siendo súbditos de España.
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#7
Gran articulo!!!.
Voto por la A tambien.



PD:
Me apunto Los cañones de San Sebastián ( enfermo del western que es uno xd ).
[Imagen: 0b8b0c3b43dae898b0379b6647e16847.gif]
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#8
@Peckinpah Me quito la boina caballero y te animo a que hagas lo que te salga del nabo que aquí estaremos para leerlo. Mis dieses.
GAÑÁN, TRAVIESO, BALA PERDIDA, INMADURO A MÁS NO PODER, TIPO ENTRAÑABLE.
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#9
Tras leer las opiniones del personal, he llegado a una conclusión. Soy un puto bárbaro kamikaze, y no conozco otro modo de hacer las cosas que meterme en ellas de cabeza y a fondo. Además, tratar la presencia hispana en América con un cierto detalle es algo que merece la pena. Así que, ignorando mi plan original, voy a tirar por la opción A y me arranco sin freno.

Notarás que sigo dirigiéndome a ti, no a un «vosotros», porque, aunque sé que sois varios quienes leéis y esto lo vamos a construir entre todos, el estilo de escritura resulta mucho más directo de ese modo; más fácil de digerir para el que lee. Es un tema denso, complejo; muy dilatado en el espacio y el tiempo. Trato de hacerlo lo más sencillo y ameno posible, yendo al tuétano de las cosas. Pero todo ayuda, coño.

Al lío.

Primero, un poco de contexto histórico. Luego, los Dragones de Cuera.

Capítulo 2: el Virreinato de la Nueva España (1)

Ha querido el destino que anoche pusieran en la tele Grupo salvaje. Ella me ha traído a este momento y lugar. No por nada elegí Peckinpah como apodo en LHP hace mil años. En esa peli se destila todo lo que es, ha sido y será el wéstern. Alrededor de la hora de metraje, Lyle y Tector, los personajes de Warren Oates y Ben Johnson respectivamente, entran con dos putas (¡Las viejas!) a la bodega de un maltrecho presidio español ocupado por los hombres del general Mapache. Y el primero le dice al segundo:

—Oye, ¿sabes lo que me han dicho? Que los caballeros españoles construyeron esto hace más de 300 años.

La respuesta es:

—Bueno, Lyle. Pues hicieron muy bien las cosas.

Casualidad o no, casi 300 años fue también lo que duró el Virreinato de la Nueva España. Según los historiadores, de 1535 a 1821. Voy a intentar condensarlos lo mejor que sepa. Pero empezaré un poco antes en el tiempo.

1521. Los Comuneros son derrotados y decapitados en Villalar. Al otro lado del Pacífico, Cuauhtémoc rinde a Hernán Cortés la ciudad de Tenochtitlán tras un duro asedio. Ha tenido una suerte de mil pares. Pese a que se ha plantado allí con solo un puñado de hombres armados con espadas, morriones y arcabuces, el Águila que Desciende y su gente tienen a los otros nativos tan, pero tan hasta los cojones, que no dudan en unirse a él por millares para derrocarlo. No ha conquistado un territorio, ha ayudado a liberarlo. Y de paso hemos plantado el pie en México, oye. Fundar Veracuz dos años antes estuvo bien, pero esto ha estado todavía mejor.

   

De momento, la Nueva España se reduce a un pequeño pedazo de tierra en el cono central del país y a la isla de La Española, al este, en el golfo de México: nuestra puerta de entrada al Nuevo Mundo. Limita con Michoacán al oeste, y con Yopitzinco y Tututepec al sur. No tardan en ser absorbidos por la Corona de España. La cosa se va asentando.

1535. Antonio de Mendoza y Pacheco recibe el nombramiento de primer virrey de la Nueva España. Sobre las ruinas de Tenochtitlán, Ciudad de México queda establecida como la capital del virreinato de ultramar.

¿Qué cojones buscábamos tan lejos?

Si preguntas a unos, te dirán que las tres G: «Gold, God & Glory». Oro, Dios y Gloria. Si preguntas a otros, te dirán que evangelizar a unas pobres gentes todavía sumidas en la Edad de Piedra. ¿Y si me preguntas a mí? Te diría que buscarse la vida caiga quien caiga, tirando mucho de orgullo (mal entendido como «hidalguía») y capacidad de supervivencia para huir del hambre y la miseria que había en España.

Pero qué sabré yo.

1528-1536. Álvar Núñez Cabeza de Vaca inicia una expedición por el golfo de México con cinco navíos y unos seiscientos hombres. Algo sale terriblemente mal y se ve metido en una muy gorda. Tarda ocho años en volver a poner pie en territorio español. Buena parte de ellos los pasa siguiendo, a pinrel, parte del curso del río Grande. Tiene que adentrarse en territorio hostil y tratar con un montón de indígenas diferentes. Visto sobre el mapa, su trayecto es, cuanto menos, curioso.

   

Una vuelta larga de narices, considerando que lo que el tío quería era llegar desde Mal Hado hasta México para volver a territorio amigo. En julio de 1535 iba bien encaminado, pero, por alguna razón, abandonó el rumbo sur, viró al este, subió después al norte, giró luego otra vez al este y... liada tremenda, oiga.

Mientras él está de parranda, viendo un montón de desierto y gente pintoresca, el virreinato empieza a dividirse en reinos, más fáciles de controlar y gobernar. México Temixtitan (1527), Nueva Galicia (1530), Guatemala (1540). A su regreso, las historias de todo lo que ha visto empiezan a fijar la curiosidad del imperio hacia la frontera norte de México. Me voy a olvidar de todo el resto del virreinato a partir de este punto para centrar el tiro en ella, porque está a punto de ocurrir algo que va a cambiar el devenir de esta historia.

Antes, una curiosidad.

1540. Partiendo de Quivira, una población prehispánica de los amigables indios zuñi, Francisco Vázquez de Coronado llega hasta el Gran Cañón del Colorado. No lo desciende ni se detiene mucho en él. Está claro que allí no hay oro. Y, además, hace un calor de mil hostias. Mejor irse a buscar prados más verdes. Los estadounidenses van a explorar este accidente geográfico en 1869. Haz tú la cuenta. Pioneros, mis huevos morenos.

   

Para este momento la Corona ya tiene claro que la frontera está poblada por una serie de grupos indígenas sedentarios y bastante amigables que conocen la agricultura (los anasazi). Se puede hablar con ellos, y están más que dispuestos a aceptar las gallinas, los cerdos, los corderos y las vacas que les llevamos para ayudar a que medren, así como a compartir información y técnicas de supervivencia en el área. Como somos así de campechanos e ingeniosos, los vamos a bautizar como «indios pueblo», porque viven en complejos de casas de barro muy parecidas a las que hay en Extremadura. Que ya es casualidad, tú. Con lo grande que es el mundo, y te cruzas un océano para toparte con la fachada de la tía Caridad, allá en Trujillo.

   

Total, que son gente maja, pero andan un poco amoscados, porque un grupo guerrero nómada (que ha venido bajando durante décadas desde Canadá, aunque ellos no lo saben) ha llegado hace poco y los está puteando mucho. Gente fiera, esta, depredadora, cuyo medio de vida consiste en robar y matar; o en matar para robar, lo que es lo mismo. Los pueblo los llaman «apachu». Pero nosotros, en nuestra línea de hacer lo que nos sale de la bisectriz, los vamos a llamar «apaches».

Decir que forman un grupo homogéneo es simplificar mucho las cosas. Esta peña vive en «bandas» o «clanes familiares» bastante pequeños y a menudo enfrentados entre sí. Casi se les puede considerar una serie de naciones indígenas culturalmente cercanas, más que un pueblo propiamente dicho. Más o menos se asientan en el este de lo que el virreinato va a llamar Arizona («zona árida» de los cojones, vaya), al norte de lo que hoy son los estados de Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Nuevo México y en regiones de Texas y de las Grandes Llanuras. Serán unos 25.000 en total, y es una suerte que no puedan ni verse unos a otros, porque si se unieran no habría dios que pudiera con ellos. Viven de la caza, la recolección y la rapiña en una de las tierras más hostiles del planeta. Y nunca se rinden. De hecho, todavía existen hoy en día y su última sublevación fue en el siglo XX.

Sí. Nos van a dar unos problemas de la hostia.

1546. Ahora ya sí. Ahora ya está liada. ¿Por qué? Porque una hueste de exploradores españoles descubre algo que hace imperativa la colonización de un amplio territorio mucho más al norte del que el virreinato tiene establecido: Zacatecas. Hablamos de una superficie de 356 km². La España actual tiene unos 506 km², para que te sitúes. Tampoco encuentran oro allí, pero sí un montón, una cantidad muy, muy cerda, de minas de plata (adaptadas hoy para el turismo, como puedes ver en el enlace). Están allí. Vírgenes. Listas para explotar. Solo hay una pega. En la zona vive una serie de tribus originarias muy jodidas: caxcanes, tecuexes, guamares, zacatecos, guachichiles, pames y jonaces. Un puto sindios de indios que, en nuestro pragmatismo, recogemos bajo el apelativo general de «chichimecas». Ninguno de estos se muestra muy por la labor de que un puñado de extranjeros barbudos y raros se asiente en su tierra. Habemus, pues, casus belli.

   

Empiezan las hostias.

A partir de este momento, la cosa va a ponerse seria. Los chichimecas presentan una guerra de guerrillas muy dura, en un terreno seco, árido, con los recursos justos y unas temperaturas de infarto que pasan factura a los españoles. Por eso las bandas de apaches son pequeñas. Muchas bocas requieren mucha comida y agua, y ambas cosas escasean. Para ganar necesitamos establecer una red de suministros y la ayuda de alguien que conozca el terreno.

La cosa puede durar (y va a durar) años.

Hay que elaborar un plan de colonización serio.

Ahí es donde van a entrar los Dragones de Cuera, las misiones y los presidios. Pero eso será en la próxima entrega. 

Tratemos de dosificar, por el bien de todas las partes. Que reine la cordura.

La entrada de hoy ha sido más bien para establecer el contexto de lo que van a ser las operaciones de la gente de cuera. Allí me voy a detener también para hablar más de ellos como cuerpo, así como de su armamento, su equipo y las particularidades que hicieron del suyo el modelo perfecto de lo que iba a ser la vida del cowboy, o de la gente de frontera, mejor dicho.

Como es una primera parte de dos, no va a haber ni desmontando mitos ni bibliografía, ya que entonces esta entrega o la siguiente resultarían redundantes. Además, como solo he tardado un día en pasarme por el forro la estructura que tenía en la cabeza, pues, qué quieres que te diga. Mejor dejar que venga el flow por sí solo... y a ver por dónde peta esto.

Bueno, y que estoy cansado y tengo hambre, eso también. Tres horas a la tecla son muchas para un domingo de agosto.

Así que... próximo episodio en días venideros.

Hasta entonces.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#10
Lo de Cortés debió ser muy la hostia. Se suele pintar que conquistó él solo y 500 españoles el imperio mexica, pero nada más alejado de la realidad, ya que sin la ayuda de los pueblos de la zona no hubiese conseguido un carajo, lo cual nos dice mucho de la capacidad estratégica y sobre todo diplomática del señor. Aquí entra la leyenda negra como un cañón, y que por aquellos lares se han comido como pipas (o eso tengo entendido), y por aquí un poco también, no nos engañemos, ya que se le tiene por un conquistador de lo más cruel y violento, además de genocida. Sin embargo, las mayores barbaridades con las gentes mexicas las llevaron a cabo los tlaxcaltecas, enemigos acérrimos de Tenochtitlán (debían tener sus buenas razones), y se dice que los españoles fliparon bastante con el nivel de crueldad que mostraron en la caída de la ciudad. Volviendo a Cortés, según lo que yo tengo leído, no cometió barbaridades mayores que las estiladas en la época en tiempos de guerra, ni por asomo cometió un genocidio, y respetó un tanto las familias supervivientes, dándoles títulos y demás. La leyenda negra, ya digo, como la pólvora, como si el imperio español haya sido el peor y más sanguinario de la historia, cuando ni de coña.  Hace un tiempo vi un gráfico sobre el nivel de mestizaje de los diferentes imperios en las tierras conquistadas, y era abrumador en la américa del imperio español en comparación a otros, lo cual demuestra que los españoles no iban con intención solo de explotar recursos, sino de asentarse, ampliar territorio, civilizar (desde un punto de vista occidental, claro) y prosperar. Yo creo que el español medio que se hacía a la mar arriesgando el culo como pocos era por huir de la miseria y buscar un futuro mejor allende los mares, aunque como todo, de todo habría.

Si os interesa la conquista de México no puedo recomendar más "La conquista de México" de Hugh Thomas. Un tochamen de 1000 páginas que relata con pelos y señales toda la movida.

   

Y si buscáis más bien novela, "El dios de la lluvia llora sobre México". Creo que en ciertos aspectos está algo desactualizado, pero es más bien poca cosa, y es una lectura apasionante. 
   
¡Estúpido hombre sabio!
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#11
A riesgo de ser pesado y repetitivo (ya que ya había realizado la recomendación en el hilo de "Libros varios") creo que vale la pena echarle un vistazo a "El caballero de la Virgen" de Vicente Blasco Ibáñez para entender las motivaciones y actitudes de los primeros conquistadores en el Nuevo Continente.
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#12
Muy interesante todo.
Ya estoy enganchado xd.
[Imagen: 0b8b0c3b43dae898b0379b6647e16847.gif]
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#13
Terminada la primera entrada. Me reservo la segunda para leerla con la atención y el cariño que se merece.

@Peckinpah , te quiero más que a gente a la que conozco en persona desde hace más de un cuarto de siglo, de corazón te lo digo.

Esto que nos estas dando me gusta por muchos motivos: por la generosidad de regalarnos tiempo y conocimientos, y porque en la era de la inmediatez se agradecen infinitamente textos como estos, que te dan información para que empieces a tirar del hilo y caigas en esa misma e interminable madriguera desde la que nos escribes. Por último, y a título personal, porque lo tengo en casa, ya que la vida profesional de mi madre, ya jubilada hace mucho, giró alrededor de la historia de la Ámerica virreinal, y siempre he sentido que le debo ponerme mucho las pilas y salir de las 4 cosas que sé al respecto.

Gracias también por las aportaciones del resto de foreros, por cierto. Me vais a complicar la pila de lectura y la lista de pelis pendientes cosa mala xDDD
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#14
Capítulo 3: el Virreinato de la Nueva España (2)

Dice @Leto83 en uno de sus últimos comentarios una cosa muy interesante, al respecto del talante hispano a la hora de asentarse en un territorio poblado por indígenas. Además, atina de pleno al tocar ese tema, porque, al dividir el tratamiento del virreinato en varias partes, tenía pensado dedicar esta segunda precisamente a eso. Y es que, si queremos ser justos, a la hispanidad le tenemos que dar una de cal y una de arena.

Dependiendo de las fuentes que consultes, te dirán que, mientras los anglosajones optaron por la vía del exterminio y la tierra quemada para hacerse con el territorio norteamericano (en su momento, os hablaré del concepto de «destino manifiesto» en el que se basaron para hacer eso), nosotros abordamos la cuestión desde un punto de vista más «integrador» y «civilizador».

Esto es cierto solo en parte.

Lo es, en el sentido de que, a lo largo de los casi 300 años que estuvimos allí, fuimos dotando al territorio de una serie de infraestructuras que transformaron el paisaje y construyeron una nueva sociedad (y hasta una forma de vida muy distinta a la original), en la que quien estuviera por la labor de sumar al conjunto era más o menos bienvenido. Hubo un mestizaje que enriqueció la mezcla.

No lo es, en el sentido de que, sobre todo durante nuestro primer siglo de presencia en territorio indígena, nos portamos como auténticos hijos de la gran puta. Y tampoco pasa nada por decirlo, coño. De hecho, podemos hablar de dos etapas, o incluso dos «políticas de ocupación del territorio», bien diferenciadas en el tiempo. La primera se puede calificar de «conquista» pura y dura. La segunda, de «colonización» un poco más suavizada, pero en la que también se cometieron todo tipo de abusos. Ahora ya a espaldas de la Corona, porque esta ha legislado a favor de los nativos. Para que esto último se dé, vamos a tener que pasar por un alzamiento de los indios pueblo, los que hasta ese momento habían venido siendo los «buenos» para nosotros, allá por 1680.

En la entrega anterior, mencioné bastante por encima a Núñez Cabeza de Vaca y a Vázquez de Coronado. Merece la pena que vuelva a este último por un momento para ilustrar cómo las gastábamos en ese entonces. Una píldora, tan solo, que este tema da para todo lo que quieras liarte. Una puta vida, de hecho.

   

Francisco Vázquez de Coronado llega al Virreinato de Nueva España en 1535, acompañando al primer virrey. En 1540 organiza una expedición de dos años que le lleva a atravesar los actuales estados de Arizona, Nuevo México, Texas, Oklahoma y Kansas.

Esto es importante. Lo de las expediciones, digo. Porque, durante todo el siglo XVI y buena parte del XVII, las incursiones en territorio indio van a estar organizadas, financiadas y llevadas a cabo casi siempre desde iniciativas privadas. Un caudillo (generalmente cercano a Hernán Cortés o el virrey, en mayor o menor grado) reúne treinta, sesenta, ciento y pico hombres (soldados, colonos, esclavos criollos, nativos simpatizantes), más o menos el triple o el cuádruple de caballos y mulas de impedimenta, uno o dos sacerdotes para aliñar el guiso con un poco de cristiandad, y palante, a ver qué encontramos. Cada uno por su lado y sin un orden ni un plan concretos. A la puta aventura. No hay ni mapas. Los vamos haciendo conforme avanzamos.

Buscamos oro, cosicas de valor, en parte un poco por el mito de El Dorado, pero, por encima de cualquier otro motivo, porque somos cazadores de fortuna y estamos a lo que caiga en una tierra recién descubierta. Se supone que todo lo que hacemos debe quedar debidamente registrado en documentos, para que luego podamos presentar la correspondiente reclamación de nuestros logros a los funcionarios de la Corona, y es esta última quien, merced a la prerrogativa que le concede su condición de poder máximo, decide con qué se nos va a recompensar al final. Taitantos maravedíes. Un pedazo de tierra aquí o allá. Con suerte, un título nobiliario que nuestros hijos puedan heredar, asociado a un estipendio anual y un señorío chico. ¿Estaban «alegrados» y «enriquecidos» algunos de esos informes que, después, algunos historiadores han tomado como rigurosamente ciertos? Muy probablemente, sí. ¿Contaban toda la verdad? Muy probablemente, no.

La expedición de Coronado, decía, como ejemplo paradigmático de lo que fueron tantas y tantas otras. 40 españoles. Alrededor de 1.500 nativos aliados, principalmente aztecas. 1.000 caballos y mulas. 500 vacas. 5.000 carneros y ovejas, y, quizás, algún que otro cerdo. Una de las primeras caravanas de oeste que se adentra en un terreno cada vez más desolado. Falta el agua. Falta el forraje. Apenas hay caza. El calor cuece a los soldados dentro de los morriones y los petos metálicos, de modo que los llevan en las mulas y marchan ligeros. Los nativos que encuentran a su paso son amistosos, pero no ofrecen comida, porque tienen lo justo y puede que sean majos, pero lo que no son es gilipollas. No saben qué es el oro, por cierto. Ni les importa. Cuando les preguntan dónde está El Dorado, no tienen ni puta idea de a qué cojones se refiere esa gente. Los ánimos de los expedicionarios se van calentando. Empiezan a pensar que esa historia es un camelo, empezando por el propio Coronado.

1540. El martes 6 de julio, el capitán García López de Cárdenas, maestre de campo de la avanzadilla de la expedición, llega a los peñascos del río Zuñi, por encima del actual Ceadro Spring, en lo que hoy se conoce como Dangerous Pass (Apache County, Arizona), al frente de un pequeño destacamento. Tras informar de sus hallazgos a Coronado, este le envía de vuelta al paso para que lo asegure mientras la avanzadilla permanece acampada en Río Bermejo. En la oscuridad, un centenar de guerreros zuñi de Háwikuh atacan al grupo de Cárdenas, disparando flechas a algunos de los caballos y dispersando a otros. Sabedores de que esos animales desconocidos para ellos los asustan, los españoles montan en tantos corceles como pueden y expulsan a los guerreros del paso. Un mensajero parte al galope hacia el campamento de Río Bermejo para informar a Coronado de lo sucedido.

A la mañana siguiente, Coronado y sus fatigadas tropas emprenden la marcha al pueblo zuñi de Háwikuh. Cada tanto, ven nubes de humo que avisan a los guerreros de la ubicación de los españoles. Cuando el 8 de julio llegan a los llanos al suroeste de Háwikuh, Coronado envía a Cárdenas y a dos oficiales, tres frailes, un escribano y varios jinetes como avanzadilla. Los zuñis los reciben a flechazos. En el capítulo anterior me referí a ellos como «los amistosos zuñi». Estaba siendo irónico. Nuestro primer encuentro con ellos terminó en masacre. Después de tres meses de asedio y muchas penalidades, tomamos el puñetero pueblo y matamos, saqueamos y esclavizamos a placer. Porque estamos de muy mala leche. Porque no hay oro. Y porque la ley nos asiste.

Lo del Cañón del Colorado es después, en agosto de ese mismo año.

Una de cal.

Una de arena.

Pongo esta primera toma de contacto sobre la mesa porque fue un presagio de lo que iban a ser nuestros años de estancia en la zona. No estamos preparados para lo que va a venir. Nuestras ballestas son ineficaces en este terreno y este tipo de lucha. Pesan mucho. Sus cuerdas bastardas se rompen cuando hay que cargarlas de forma apresurada. Aquí los combates son rápidos y las emboscadas constantes. Lo mismo pasa con los arcabuces, demasiado aparatosos y lentos de recargar; casi inútiles en escaramuzas. Encima, son armas de mecha. Muy delicadas.

   

Me detengo aquí para explicar dos conceptos simples acerca de las armas:

Avancarga: que se cargan por delante del cañón. Se suele decir que se cargan «por la boca», pero es una expresión que llama a engaño, porque a partir de cierto año no es así.

Retrocarga: que se cargan por la parte posterior de su mecanismo; por detrás del cañón.

¿Te cuento esto porque soy un puto pedante de las armas de fuego? No, todo tiene su sentido y su importancia.

Esto es un revólver Colt Army Dragoon de 1848. Acción simple. Capacidad para seis balas en tambor. Un arma de avancarga. 

   

¿Cómo? What the fuck? De verdad. Palabrita. Las balas, todavía redondas, sin forma ahusada ni casquillo, se introducen por la parte delantera del tambor, la que mira hacia el cañón. Esas cosas pequeñas que ves en la parte trasera, cerca del martillo percutor, son los fulminantes. Algo muy parecido a las pistolas de juguete con esos petardos rojos dispuestos en aro con las que jugábamos cuando éramos niños. Este sistema fue un avance de la leche, pero seguía siendo lento, pesado y aparatoso.

Para recargar un tambor hacía falta una mesa, pólvora, un cacillo medidor (o una polvorera), las balas, unos tacos de fieltro para separar la bala de la pólvora y luego, como remate final, untar todo de grasa para protegerlo de la intemperie. La operación llevaba unos tres o cuatro minutos, de modo que lo que se hacía era comprar varios tambores para llevarlos ya cargados. ¿Has visto El jinete pálido? ¿Te acuerdas de que, en el tiroteo final, tito Clint se va sacando tambores ya cargados del cinto?



¿A dónde cojones voy con todo esto? A que en la guerra de Secesión americana todavía se estaban arrimando candela con armas de avancarga. Lentas de recargar, pesadas. Nada de meter tiros y tiros a lo loco. Tienes seis por tambor, vale, pero más te vale cuidarlos bien. Y en los fusiles sigues teniendo un solo disparo. Las balaceras que tenemos interiorizadas por el cine no se darían más o menos hasta la introducción de la munición de vaina metálica y semimetálica. Esa ya lo lleva todo en uno: la bala, la carga precisa de pólvora y el fulminante.

Doy un poco más el tostón con esto y vuelvo al virreinato.

Para tener un arma de fuego solo hacen falta cuatro cosas: un cañón, una bala, pólvora y una chispa que prenda esa pólvora. La explosión empuja la bala por el cañón a altas velocidades (al principio, subsónicas; con el paso de los siglos, supersónicas) que hacen agujeros en la carne o, peor aún, se quedan dentro de ella y te hacen cascar de septicemia. De una puta infección, vaya. En esencia, el concepto es tirarte una piedra a una velocidad de la hostia. Un material más duro. Un proceso más elaborado. Pero lo mismo.

Para seguir adelante, necesito quitarme una cosa de encima ya.

Desde las primeras armas de fuego rudimentarias hasta el siglo XIX, hubo tres sistemas de disparo: la llave de mecha, la llave de rueda y la llave de chispa. Todo eso cambió en el siglo XIX con los diferentes sistemas basados en los cartuchos de vaina.

Ahora mismo estamos en los siglos XVI y XVII, limitados por las llaves de mecha. ¿Has visto Alatriste? ¿Te acuerdas de este fotograma?

   

Esto es un mosquete de la guerra de los Treinta Años, la época en la se enmarcan las aventuras de don Diego de Alatriste y Tenorio o Los tres mosqueteros de Dumas. Más o menos entre 1618 y 1648. Enrollada en la muñeca izquierda, Alatriste lleva la mecha. El mosquete ya está cargado. La bala ha sido previamente embutida en el cañón (con su pedacito de fieltro o tela para que no se caiga por el agujero en un movimiento tonto) y se ha dispuesto la medida de pólvora precisa en la cazoleta de la llave percutora. El arma no puede disparar sin la chispa que le proporciona la mecha. Si Diego se resbala en el agua y se le apaga, está jodido. Si un enemigo ve el resplandor de la mecha en mitad de la noche, está jodido. Si, como se menciona en Los siete samuráis de Kurosawa, alguien huele el característico olor de una mecha prendida, está jodido.

Es decir, que para llegar a la imagen idílica de los Dragones de Cuera del capítulo 1 todavía nos faltan un par de siglos. Esos llevan pistolas y carabinas de chispa; de llave de chispa, vaya. No eran la panacea, pero esas ya daban el chispazo solas.

Y, en el capítulo anterior, estábamos metidos en pleno fregado con los chichimecas, si te acuerdas. Siete tribus diferentes que sepamos. Probablemente más, porque muchas de ellas acabaron extintas, a veces por nuestra mano, y de ellas no se sabe nada. A eso hay que sumar los constantes ataques de las tribus apaches, que la Corona clasifica en siete grupos diferentes, cada uno hablando su dialecto propio y distintivo: occidentales (los «coyoteros», también llamados «tonto», como el fiel compañero del Llanero Solitario en su inglés original), chiricaguas (subgrupo que, además del que le da nombre, incluye también a los «gileños» y a los «mimbreños»), mescaleros (porque elaboraban mescal, un alimento obtenido de la cocción del tallo y la base de la planta homónima; así como una famosísima bebida alcohólica de idéntico nombre, que, se ha demostrado, destilaban desde el 400 a. C.), jicarillas (dentro del cual se encuentran también los «faraones»), apaches de las praderas (los «kiowas» o «naishan»), lipanes y navajos.

Estos últimos, los navajos, terminan por no ser considerados apaches, pese a estar muy próximos lingüística y culturalmente, porque son sedentarios, tienen un carácter bastante más amistoso y se llevan fatal con el resto de la apachería. Es lo que tiene que optes por hacerte tu chamizo y tu huerto para vivir tranquilamente comiendo tamales, y tengas que andar todos los días a palos con un montón de hordas que se empeñan en matarte para quitarte lo que tengas. Suele empujar hacia la animadversión.

Los navajos van a aprender pronto a hablar español y, junto con los pueblo, van a ser de los primeros en sumarse a nuestras tropas, en cuanto la Corona se lo permita. Así que tenemos a siete tribus de chichimecas y seis de apaches, lo que suma trece grupos diferentes de nativos dispuestos a rajarnos la garganta, bien por pura inquina, bien para robarnos lo que llevemos encima. Y llegados aquí conviene que hable un poco más del carácter de los apaches, porque @rafaelgg dijo algo el otro día que era exacto y al mismo tiempo no lo era, pero pone muy de manifiesto cómo pensaba y sigue pensando esta gente.

Un verdadero apache jamás se rinde y jamás deja de ser apache. Son un pueblo con un fuerte orgullo guerrero, ancestral y oportunista, cuyo principal modo de vida tradicional ha sido siempre el pillaje, y que antepone la supervivencia a todo lo demás. ¿Cómo se sobrevive en un territorio tan duro como el suyo? Aprovechando hasta la más mínima oportunidad.

Si hay que aprender español (o francés, o inglés, si hace falta) para que nos dejen en paz un rato, se aprende; pero cuando estos idiotas se relajen nos levantamos y la liamos parda.

Si hay que firmar un tratado de paz para ganar tiempo, reorganizarnos y coger fuerzas, se firma; pero no tenemos la más mínima intención de respetarlo más tiempo que el mínimo imprescindible, porque la vida es una carrera de fondo que solo se pierde cuando mueres. Somos apaches, y eso es lo que un verdadero apache hace: lucha con toda la inteligencia y todos los recursos a su alcance.

¿Conceptos como el honor y el respeto a la palabra dada? Esas cosas son para la gente que no tiene que alimentarse de cactus o pasar días enteros sin beber, porque no cuenta con acceso a agua potable más que una o dos veces por semana, dependiendo de por dónde se mueva.

¿Me sigues? No se puede negociar con ellos. Te van a decir que sí, que vale, pero luego van a hacer lo que les salga de los cojones. Y lo que les sale de los cojones es robarte, matarte o ambas cosas. Porque así son y eso es lo que hacen.

Así que, si Goyathlay («El Que Bosteza»), más conocido como Gerónimo (1829-1909), chiricagua orgulloso de serlo, hablaba español era porque luchaba contra los mexicanos, además de con los yanquis. Y si no se levantó contra los españoles (cierto) fue porque nos habíamos ido de allí en 1821, ocho años antes de que naciera. No me cabe la menor duda de que, de haber vivido en la época del virreinato, nos habría dado caña con tanto encono como lo hicieron sus ancestros.

Total, y con esto ya me centro, que, para cuando encontramos las minas de Zacatecas, el mapa de la «apachería» está más o menos así.

   

Tenemos que cruzar todo esto para llegar a territorio chichimeca, establecernos en el área de las minas, asegurarlo y construir caminos que nos permitan transportar la plata hasta los puertos y llevarla a España. Como dije ayer, necesitamos un plan. Y este se va a asentar sobre cuatro patas:

1. Las misiones.
2. Los presidios.
3. Las haciendas.
4. Los pueblos.

Dichas patas funcionan como los eslabones de una cadena.

El propósito de las misiones es evangelizar a los nativos e incluirlos en el cristianismo y, por ende, en la Corona. Pero, sobre todo, funcionan como centros administrativos, económicos y políticos de su área de influencia. Al principio, cada orden religiosa se va montando su franquicia a su bola. Los dominicos por un lado. Los franciscanos por otro. Los agustinos, por ejemplo, son más de irse a valles perdidos, para afanarse allí en construir iglesias desde las que evangelizar indios. Matan a unos cuantos, claro. La orden religiosa se queja a la Corona. Las noticias llegan a España. Se concluye que hay que construir fuertes para protegerlas, etc.

Los presidios (del latín praesidium, «guarnición militar», «protección», «ayuda») son las fortalezas militares que prestan apoyo y defensa, tanto a las misiones como a las haciendas y los pueblos, y también cumplen la función de puestos de avanzada en tierra hostil. Aunque el nombre llame a engaño no eran prisiones, sino bases militares. Fue muy común durante un tiempo para designarlas en toda Europa.

Las haciendas son las fincas de los latifundistas civiles, no militares, en las que se cría el ganado y se cultiva la comida que alimenta tanto a las misiones como a los presidios como a los pueblos. Algunas llegan a ser más grandes que las propias misiones, y otras, más pequeñas, acaban recibiendo el nombre de ranchos. Hubo muchas y muy grandes en Texas, donde introdujimos las vacas de cuernos largos y planos que hoy conforman la raza cimarrón texana. ¿Texana? No, vacas marismeñas.  

Por último, los pueblos son los asentamientos en los que viven los colonos que van llegando, bien a los pies de una misión, un presidio o una hacienda, bien en las cercanías o en algún cruce de caminos estratégico. Todo esto, lógicamente, levantado a la vera de un río o una fuente de agua potable.

Ahí es donde se va dando el proceso civilizador. Pero durante los dos primeros siglos es mucho más costoso y superficial de lo que parece, porque los pueblos apache son los más jodidos de todas las Naciones Indias. De hecho, fueron los últimos en rendirse a los estadounidenses. Lucharon con nosotros hasta que nos fuimos, y después lo siguieron haciendo contra los mexicanos y contra los yanquis hasta que ya no hubo manera. Los problemas del virreinato con ellos van a ser una constante desde 1540 hasta el puto 1821.

No obstante, por dejar las cosas claras. Cuando nos hacemos por fin con las minas de Zacatecas, ¿a quién crees que ponemos a trabajar en ellas? A esclavos chichimecas derrotados, en efecto. Porque todavía estamos en la fase conquistadora. Pedir una licencia para «cazar indios» es legal, además de una de las formas más fáciles que un colono recién llegado desde Europa tiene para encontrar trabajo nada más bajar del barco.

Llegado a este punto, me doy cuenta de que si no quiero irme a las 6.000 palabras por entrada tengo que ir poniendo el foco en unas cosas o en otras, así que vuelvo al recurso de la votación.

¿Qué hacemos con el capítulo 4?

A) Nos paramos un poco para explicar cómo era la apachería cuando llegamos y cómo se fue transformando en los siglos XVI y XVII.

B) Seguimos contando la historia del virreinato cronológicamente como hasta ahora.

Voy a ver si jamo algo, que tengo un jambre canina.

Ah, @Marveler, yo a ti también, que lo sepas. Y a muchos de vosotros. Si no de qué iba a darle tanto a la tecla. Durante todo este tiempo, no me he sentido capaz de meterme con el wéstern porque llevaba todo esto dentro.  Blush
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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#15
Todo esto es cojonudo. Ya no solo por el qué, sino el por el cómo. Una puta pasada. Mis respetos caballero.
Que dure mucho.

Lo de las armas me ha recordado a la última de Predator y las lecciones para cargar un arma: "Lo justo de polvora, ni mucho ni muy poco". Preparar un solo tiro era un auténtico galimatías, casi que les salía más a cuenta utilizar tirachinas.

PD: Voto B.
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#16
(13-08-2024, 02:10 PM)Peckinpah escribió: ¿Has visto El jinete pálido? ¿Te acuerdas de que, en el tiroteo final, tito Clint se va sacando tambores ya cargados del cinto?

Sí, sí que la había visto pero mira tú por donde, no me acordaba y ahora no sólo recuerdo el tiroteo final sino que además sé el porqué.

Muchas gracias por detalles como éstos y por la extensa lección de historia (y muy entretenida).

Respecto a la acción de los españoles en América no pude evitar acordarme de esta serie de cuando éramos niños (echadle un vistazo a partir del minuto 21):

Y comparadlo con esto (evidentemente comentado en tono más jocoso):

Y en cuanto a la elección me inhibo. Las 2 opciones me parecen válidas.
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#17
@Peckinpah por matizar y aclarar, habiendo leído el texto un poco en diagonal, que ahora no tengo tanto tiempo para zambullirme en él como me gustaría, decir que si bien estoy en contra de la leyenda negra, también lo estoy de la leyenda rosa. Es muy acertado el decir que una de cal y otra de arena ya que allí se iba a conquistar, y se cometieron las atrocidades propias de una guerra y conquista. Las encomiendas estaban a la orden del día, las cuales, si no me falla la memoria, eran concesiones de terrenos y esclavos a conquistadores. No obstante, mi punto también iba por el hecho de que, dentro del marco del que hablamos, es decir, una época violenta y dura, en la que la esclavitud era un aspecto más y estaba normalizado, no creo que el imperio español hiciese cosas peores que otros imperios (ni europeos, ni precolombinos). Iba un poco a eso. Por matizar, ya digo. De hecho, hay historiadores que califican al imperio español más como el imperio romano en cuanto a sus ansias expansionistas y también, "civilizadoras" y la inclusión del territorio conquistado como provincias dentro del imperio, y no tanto como colonias. Con la pérdida de cultura (o sustitución, si se quiere), esclavitud, y muerte, pero también prosperidad y avance a lo largo del tiempo. Lo cual no quita que los inicios fueron como fueron. Una cosa no quita la otra.

Un último apunte. El debate que se da en España en pleno siglo XVI sobre los derechos de los indígenas es extraordinariamente avanzado a su tiempo, y también creo que es un aspecto a recalcar. Sin embargo, aunque se hiciesen leyes para proteger a los indígenas, era común el pasárselas por el forro al otro lado del Atlántico. En una charla sobre el tema entre Eslava Galán y Pérez Reverte sobre el tema los dos llegaban a la misma conclusión. "Naturaleza humana allí" a pesar de las leyes civilizadoras y de "derechos humanos" que se trataban de instaurar desde España.

Quería aclarar una cosa en breve y me salen tochos XD. Un placer, como siempre.

Voto por la A, pero sin dejar en el saco la B, la cual imagino que iría justo después si sale la opción de los apaches.

Por cierto, la inclusión de los caballos en el continente americano empieza con el imperio español, no? Digo, porque es algo que se nos presenta como obvio y natural los caballos salvajes correteando por ahí en libertad, pero antes de los españoles ese animal no estaba por esos lares.

Edit: @manuwar una chincheta al tema?
¡Estúpido hombre sabio!
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#18
@Peckinpah Permítame una sincera genuflexión ante tamaño curro caballero.

Yo voto A y B porque lo quiero TODO y me lo estoy pasando como la primera vez que me comí una tetaWink

Por favor continúe.
GAÑÁN, TRAVIESO, BALA PERDIDA, INMADURO A MÁS NO PODER, TIPO ENTRAÑABLE.
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#19
@Leto83 Chincheteado.
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#20
@manuwar - Agradecido de corazón quedo por sus palabras, que vienen de un titán de este santo lugar. Lo de Predator es asombrosamente preciso. Pon pólvora de más, y te volarás la mano o incluso la cara. Pon de menos, y no tendrás disparo. Lo mismo si te fallaba la mecha. Aquí un ejemplo de cómo un arcabuz de mecha dispara al recibir el chispazo de una mecha con un plano detalle.



Por eso los combates acaban siendo siempre cuerpo a cuerpo. Incluso en tiempos tan tardíos como la batalla de Gettysburg. Espadas, lanzas y, más tarde, bayonetas eran las armas principales.

@Raziel Monsalud. Te lo creerás o no, pero lo que estoy haciendo está basado en esta serie. Lo de aportar los años como hilo del que tirar. Lo de ir «narrando una historia»… Ese tipo de cosas. Ah, y lo del revólver de tito Clint tiene más miga y es matizable, pero no quiero abrumar con información ni volveros locos. Lo más difícil de hacer algo como es encontrar el punto de equilibrio entre contar cosas y no hacerme aburrido. Es un reto.

@Leto83. Tienes todísima la razón con todo en general, y sobre todo como el tema de la legislación en particular. Quiero hablar sobre esto último con más detalle en la siguiente entrega sobre el virreinato, que, si no me subo mucho de madre, nos dejará bien plantados entre el 1680 y el 1700. A partir de ahí, podemos bifurcarnos en dos caminos diferentes: seguir en México con el ojo puesto en España hasta 1821, o irnos al norte y al centro de América, para simultanear la conquista que tanto franceses como ingleses van a ir efectuando por esas zonas.

Al mismo tiempo, quiero tener un ojo puesto en lo que sucede de forma simultánea en Europa para aportar ese contexto. A lo mejor tengo que hacer malabares, pero lo veo viable. No obstante, soy sincero y confieso que ya he estado sufriendo durante la redacción de esta entrega porque siento que me dejo cosas fuera. Encontrar el punto de equilibrio para hacer algo como esto es jodidísimo. Estamos hablando de trescientos años de historia, un montón de frentes en los que ahondar… etc. Y la premisa básica es que tiene que ser entretenido.

El tema de las encomiendas es un melón en sí mismo. Uno que no sé en qué momento de la serie abrir. Para la cosa del wéstern (que es donde preveo que desemboque todo esto), solo nos interesan las de México, pero las hubo también en Colombia, Perú, Venezuela, Guatemala y Bolivia. Además, está directamente relacionado con otro melón por abrir: el de los «hombres de mala corte». Conquistadores y encomenderos españoles rebotados con la Corona que empiezan a adquirir una conciencia criolla, lo que los lleva a plantar la semilla de las diferentes revoluciones iberoamericanas, con vistas a la independencia. Melonazo. Te recomiendo este libro, que no recuerdo como especialmente ameno, pero tiene mogollón de chicha.

Lo del caballo lo quiero tratar cuando hable más de los indios y de la apachería. Creo que la siguiente entrega va a ser finalmente esa, aunque, en parte, el cuerpo me pide seguir palante. Merece la pena que sepamos cómo vivía esta peña antes de nuestra llegada y hasta qué punto fuimos un elemento disrruptor y transformador para ellos. Hacemos esa pausa y seguimos adelante. ¿Os parece?

@Grijaldo. Si votas por A y B, entonces creo que primero llegará la B y luego la A. 

Voy a esperar un poco a ver si se pronunciar alguien más en la votación.

Abracete per tutti.
Soy una puta, pero una puta muy cara.
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